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Publicado el 10 octubre, 2020

Cristián Garay: El futuro de la Antártica

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Se vislumbra un cuestionamiento creciente al estatus quo del Tratado Antártico, especialmente con la sospecha que lo siguiente será la prospección minera y su inclusión en circuitos de aviación y transportes de nueva dimensión.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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Hace algún tiempo recibí un libro maravilloso de Kyle Harper, El fatal destino de Roma (2017, en inglés), acerca de la caída del Imperio Romano y las causas ambientales y pandémicas en su crisis de los siglos III y IC D.C. Esto habría alentado el trasvasije de pueblos germanos y el cambio de la geopolítica del mundo antiguo de forma decisiva.

Con ese marco de reflexión podemos valorar con mayor razón el enjundioso informe elaborado por James Rogers, Andrew Foxall y Matthew Henderson de la Henry Jackson Society (Reino Unido) publicado por Athena Lab sobre Chile y el hemisferio sur: ¿Antártica en transición? El estudio plantea cuatro escenarios posibles, los que denomina Glaciación, Escaramuza, Gaia e Infierno, nombres que interrelacionan el impacto del calentamiento global y la competencia geopolítica. Al respecto, en referencia al continente antártico, indica una mayor factibilidad de explotación y acceso de nuevos y viejos signatarios del Tratado Antártico de 1959, y el aumento explosivo de reclamaciones que contradicen los esfuerzos de otro lado por proclamarle bien común de la Humanidad.

Pero, como precisan los autores, los tiempos de conflictividad se avienen mejor a los escenarios propuestos, donde los recursos posibles de la Antártica y la búsqueda de prestigio y poder en la zona, como un espejo invertido, advierten paralelo con el Ártico, que también sucumbe a las intenciones de control y exploración económica entre los países ribereños.

No se trata de profecías ni anticipaciones, sino de un cálculo de qué consecuencias tienen las interrelaciones entre las variables (megatendencias) antes señaladas. En el escenario 1, Glaciación, la temperatura se estaciona en + 1.5º C y aumenta la competencia geopolítica. En el 2º, Escaramuza, sube a más de 1.5º C e implica más competencia global signada por el impacto en el hemisferio sur y la desestabilización del estatus jurídico actual. En el tercer escenario, Gaia, el cambio se mueve a los 2.0 °C y la desaparición de buena parte de los hielos la hace directamente accesible a la geopolítica. El cuarto y más pesimista, Infierno, el aumento de la temperatura supera los 2.0 °C y la competencia geopolítica es desatada.

Desde luego convengamos que los reclamantes jurídicos de 1957, que establecieron el congelamiento de nuevas reclamaciones, renunciaron al despliegue militar y suspendieron las controversias de soberanía, han sido sobrepasados desde los años 80 por nuevos habitantes del Polo Sur, especialmente bases rusas y chinas que son abiertamente revisionistas sobre los títulos de posible soberanía. Esto afecta a Chile, del mismo modo que una zona reclamada por tres países se vuelve más y más vulnerable tanto por el ingreso de nuevos socios, no parte del Tratado, como por el hecho que algunos Estados, como Argentina, están empleando el Tratado de la Convención del Mar (CONVEMAR) para erosionar tratados bilaterales de límites y alterar los acuerdos del Tratado Antártico, proclamando líneas de base de territorio marítimo que al menos en el papel han dado a Buenos Aires la apariencia de único dueño de un vector de la Antártica donde Chile tiene establecida su territorialidad desde 1940 con el Presidente Pedro Aguirre Cerda.

Los autores sostienen que la Antártida entra de lleno ahora en la política mundial. No había sucedido en décadas anteriores, pero no hay razones para creer que cualquier fecha posterior al 2020 será más benigna en términos climáticos y geopolíticos, y parte de eso será el cuestionamiento creciente al estatus quo del Tratado Antártico, especialmente con la sospecha que lo siguiente será la prospección minera y su inclusión en circuitos de aviación y transportes de nueva dimensión, además de la instalación masiva de personal militar, más allá de la investigación científica.

Todo ello tiene innegables lecturas. Primero, en la toma de decisiones respecto del continente helado, para proteger el núcleo del Tratado (motejado de un anticuado club de caballeros), pero teniendo en cuenta que este podría ser desechado por las grandes potencias si ello obstaculiza sus objetivos nacionales. La zona antártica se está convirtiendo, en palabras de un general británico, en un “área gris”. China ha sido claro desde hace un tiempo en querer liderar la gobernanza de esa zona, realizando actividades de tipo dual, que implican dimensiones militares y de poder, también accediendo a la pesca y participar del régimen del Sistema Antártico (pp. 33 y ss.), acceso facilitado desde 1983 por Chile y Argentina por lo demás.

Es difícil para un país como Chile apostar a algo más que el multilateralismo en la gestión de este continente de 14,2 millones de kilómetros cuadrados, pero sin olvidar en esta escalada soberanista la necesidad de reafirmar sus derechos, donde la competencia argentina y británica es otro obstáculo a vencer, como fue décadas atrás cuando el Presidente Gabriel González Videla sorteó la presencia de un crucero británico para arribar a tierra antártica.

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