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Publicado el 24 octubre, 2020

Cristián Garay: Crisis climática y enfermedades en el Imperio Romano de Occidente

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Prácticamente, no hay tema moderno que no se hubiera presentado en Roma, cabeza de un imperio multinacional, llena de tensiones étnicas, sociales y culturales en un mundo interconectado por el Mediterráneo.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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Me permitirán los lectores tratar una crisis antigua con reflexiones actuales. Seguiré el derrotero de Norberto Bobbio, que cuando un diario de izquierdas le pidió un artículo sobre la corrupción y la democracia, contestó con un artículo sobre la crisis de la República Romana. Los editores, perplejos, le dijeron que de eso no se trataba la columna; él respondió que de eso mismo se trataba la columna, del tema de la demagogia ayer y en el mañana también. En suma, del poder de la analogía histórica y del argumento para contrastar la tentación actual que todos los temas se inventaron con la Republica de Twitter y otras redes sociales.

Ahora bien, el problema que nos trae acá son los paralelos entre el sistema global y este microcosmos moderno que fue en la Antigüedad el Imperio Romano. Prácticamente, no hay tema moderno que no se hubiera presentado en Roma, cabeza de un imperio multinacional, llena de tensiones étnicas, sociales y culturales en un mundo interconectado por el Mediterráneo. Justamente en ese escenario que podríamos llamar global a escala antigua (el otro fue China, ciertamente) se dieron interrelaciones entre personas y bienes y se hicieron genéricos los problemas del clima y sus efectos sobre la producción agropecuaria, la alimentación, la demografía y la aparición de pandemias que devastaron vastas zonas del campo y de las ciudades. Eso permite recordar que el historiador ruso Mijail Rostovseff escribía, con datos proporcionados por la burocracia romana, que las vacas de los siglos anteriores eran más grandes que las de los III y IV DC, parte de la decadencia de ese macrocosmo político.

En la caída del Imperio Romano se han hecho grandes repertorios de causas, recopiladas desde el célebre libro de Gibbons: el control político de los pretorianos, las guerras civiles, la extensión del imperio, la introducción de la religión cristiana y el reblandecimiento de la moral pagana. Ahora se suma el aporte del cambio climático y las enfermedades destacado por Kyle Harper, historiador de la Universidad de Oklahoma, quién escribió en 2017 El fatal destino de Roma. Cambio climático y enfermedad en el fin de un imperio (Barcelona, Crítica,2019).

El Imperio Romano construyó caminos, relacionó pueblos y culturas, y limpió el Mediterráneo de piratas. Los bandidos dejaron de interrumpir el comercio y el tránsito, pero al hacerse más interconectado el mundo, también se hizo más vulnerable a movimientos migratorios, la presión por los alimentos, las crisis productivas y la crisis ambiental. Hoy se sabe, por ejemplo, que las llamadas invasiones bárbaras fueron también desplazamientos de masas hambreadas, que deseaban llegar al Imperio por falta de alimentos y la presión de otros pueblos, como los mongoles, que los estaban desplazando de sus lugares de origen. Migraciones masivas con que los romanos respondieron en forma militar, pero también facilitando en otros momentos su integración. El problema estuvo en cuántos de aquellos conservaron su cultura inicial y fueron destructores del Imperio, versus los que se sintieron romanos y estuvieron dispuestos, con Teodorico I, rey de los visigodos, a combatir bajo Flavio Aecio para salvar a Roma en Campos Cataláunicos (451 DC) de Atila y los hunos.

La otra variable fue la climática. Efectivamente hubo un Óptimo Climático Romano entre el 200 AC y el 150 DC. Luego sobrevino el Periodo Transicional Romano Tardío (150 al 450 DC) y la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía (450 a 700 DC).  En el periodo transicional, observa el autor, se manifestaron la peste antonina (165 DC) y la Plaga de Cipriano (249 a 262 DC). En la última fase se afectó sobre todo al Imperio Romano de Oriente o Bizancio con la plaga de Justiniano (541 a 543 DC) y brotes posteriores hasta el 749. Las crisis climáticas y las pestes no tienen una relación lineal, pero el exceso de lluvias expandió los ratones. Del mismo modo se sabe que en 530 DC las erupciones sacaron a las marmotas de sus madrigueras y ello ocasionó una peste a los roedores.

Las epidemias viajaron por todo el imperio. Como dice Harper, “el drama de las enfermedades radica en la incesante colisión de la evolución de los patógenos y la conectividad humana. En el Imperio Romano, esas dos fuerzas se unieron con consecuencias especialmente trascendentales”.

El cuadro de “fin de los tiempos” que acompañaron primero al fin del Imperio Romano de Occidente y la crisis del Imperio Bizantino, su otra sede, fueron reflejo de estos cambios, de migraciones causadas por cambios climáticos, enfermedades y guerras. También la fortaleza del Imperio de Roma se empezó a resquebrajar. Las crisis sociales, la lucha por la ciudadanía, los problemas de liderazgo, se hicieron más pronunciados. En suma, la geopolítica del Mundo Antiguo cambió decisivamente. Primero apareció el Imperio Persa, luego los germanos empezaron a filtrarse por las fronteras de manera pacífica o no, y finalmente vino la crisis prolongada para cada sección del Imperio, una más temprana (Occidente, 476 DC) y otra más larga que afectó a Bizancio (Constantinopla). Al sentimiento apocalíptico por las malas nuevas se unió el descontrol sobre el Mediterráneo, y la plaga de Cipriano devastó la confianza mientras se extendía de la crisis del siglo III (250 a 270 DC). La periferia empezó a anexarse los centros vitales del Imperio. La crisis permitió el ascenso del islamismo. “Era el fin del mundo” (p. 296).

La conclusión de esto es que un imperio interconectado fue un vehículo idóneo para la lengua, el comercio, las poblaciones, y también las pestes y las migraciones. Algunos hoy día podrían llamarse migrantes climáticos. Lo cierto es que el Imperio Romano, el más moderno de los imperios antiguos, refleja muchas disyuntivas de esta Pos Guerra Fría que empiezan a ser generadoras de cambios geopolíticos globales, a mayor escala y con más intervención humana (antrópica) pero muy análogos.

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