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Publicado el 02 de diciembre, 2015

Crisis de confianza: ¿qué salidas hay y hacia dónde?

No es, evidentemente, un escenario feliz el que se puede vislumbrar; pero tampoco es el fin de la historia, ni el derrumbe de la democracia, ni la ira rampante provocada por el colapso de las desconfianzas.
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I

Se ha vuelto común decir que estamos en medio de una crisis de confianza, tanto interpersonal como respecto a las instituciones. Es vox populi, se dice, implicando que es, además, vox dei, pues por intermedio de la opinión pública encuestada se expresa -ya lo sabemos- el conocimiento (superior si no infalible) de la mayoría.

Efectivamente, en Chile ante la pregunta “se puede confiar en la mayoría de las personas”, la mayoría responde lo contrario; por la afirmativa solamente un 22% en 1990, un 22% en 2000 y un 12% en 2011(sobre la base de datos del World Values Survey, años respectivos).

En cambio, la mayoría prefiere un trato precavido y cuidadoso con los demás. ¿Qué países en el mundo acompañan a Chile en esta actitud de desconfianza social? Un grupo variopinto: Uzbekistán, Uruguay, Jordania, México, Marruecos, Turquía, Armenia, Malasia, Perú y Chipre. En cambio, son países con alta confianza Holanda, China, Suecia, Nueva Zelanda, Australia, Hong Kong, Alemania, Estonia y Kazajstán.

Como estamos acostumbrados a los rankings, en este caso puede decirse que ocupamos un lugar más bien bajo en la tabla de posiciones de confianza social o interpersonal a nivel mundial. “Chile nunca ha sido un país donde haya habido mucha confianza […] Sí, Chile se ubica dentro del 30% de los países con menor confianza social del mundo, siendo el 5º más desconfiado de Latinoamérica y el más desconfiado junto a México de los países de la OCDE” (Centro UC de Políticas Públicas, Confianza, la Clave para el Desarrollo de Chile).

Sin duda, en el anterior párrafo es interesante la mención a México y Chile -a los que debe agregarse Turquía- como países aparentemente deficitarios en confianza social dentro de la OCDE. Esto lleva a suponer que pudiera existir, igual como ocurre con numerosas otras dimensiones de la vida colectiva, una correlación positiva entre nivel de desarrollo medido por el ingreso per cápita y su distribución y la confianza manifestada por las personas en los demás.

Tal asociación podría llevar a pensar que los regímenes de confianza interpersonal tienden a tener un más alto grado de solidaridad moral (en el sentido de Durkheim) en aquellos países con más ingreso mejor distribuido y con instituciones económicas y políticas habitualmente de mejor desempeño. En realidad, no es una hipótesis sorpresiva. Pero requeriría explorar, además, una segunda asociación, esta vez entre las diversas culturas nacionales y los grados de confianza social declarados por las personas en encuestas de opinión.

¿Podría ser que existen culturas donde las personas ‘espontáneamente’ (o sea, culturalmente) tienden a confiar más en los otros, ya sea por razones de socialización familiar, valores religiosos, trayectorias de aprendizaje a lo largo de la vida, etc.? Si la cultura importa, como de seguro ocurre, ¿no cabe pensar que podrían existir regímenes de confianza social distintos entre las culturas de valores confucianos, protestantes, católicos, modernos, tradicionales, propensos al individualismo o al colectivismo, etc.?

Por otra parte, a propósito del título del informe más arriba citado –Confianza, la Clave para el Desarrollo-, ¿no es acaso Chile, precisamente, un contra ejemplo, en el sentido que su fuerte desarrollo durante los últimos 25 años ha estado acompañado por un régimen de baja confianza interpersonal, la que según vimos ha oscilado entre 25% y 12%? ¿No podría pensarse entonces, como hipótesis a explorar, que hay países y culturas donde la confianza en los otros es reemplazada por una solidaridad funcional, nacidas de la división del trabajo, los contratos y el formalismo legal?

En breve, ¿por qué imaginar que las virtudes económicas, políticas y sociales se desarrollan únicamente sobre el terreno de la confianza, del comunitarismo y de la integración moral?

¿Acaso no hay otras formas posibles de reciprocidad, de colaboración y de convivencia? Si aceptamos el multiculturalismo y la diversidad, ¿por qué resulta tan difícil entender que las culturas nacionales poseerán también diferentes regímenes de confianza, igual como poseen también diferentes regímenes de socialización infantil, educación masiva, producción de verdades y disciplinas, creencias y valores?

Para el análisis de la política, la confianza interpersonal -y sus diversos regímenes- si bien es importante, ofrece nada más que el entorno o clima general dentro del cual se expresan las confianzas más directamente relacionadas con los juegos del poder y la influencia.

Así, por ejemplo, la encuesta MORI-CERC (2015), que ha venido siguiendo la confianza en distintas élites desde 1988 hasta ahora, muestra que los políticos tienen una reducida y declinante confianza, que parte en 30% en 1988, llega a 17% en 2000, a 12% en 2010 y apenas a 7% en marzo de 2015. La élite religiosa cae de 58% a 18%. Los senadores de la República de 43% a 11%. Y los jueces de 48% a 17%.

En cuanto a las instituciones, en 2015 mantienen una confianza del 50% o más solamente las radios y Carabineros de Chile. En el segmento entre 40% y 49% se sitúan la TV y la Fuerza Aérea. En el siguiente segmento, de 30% a 39%, se ubican la Policía de Investigaciones, la Marina, Fonasa, el Ejército y los sindicatos. Entre 20% hasta 29% se encuentren la CUT, el Banco Central, la Iglesia Católica y el SII. Con menos de 20% y más de 10%, el Ministerio Público, los bancos, la Sofofa, el poder judicial, las organizaciones empresariales, la Cámara de Diputados y las Isapres. Por último, con menos de 10%, el Senado y los partidos políticos.

II

En la sociedad chilena coexisten pues un régimen de baja confianza social con un régimen de baja intensidad en cuanto a la confianza (política) en las élites y las instituciones.

¿A qué puede atribuirse la confianza política, o bien, cuáles son los factores que la determinan?

La literatura distingue entre dos tipos de componentes (para una revisión, véase por ejemplo Schoon y Cheng, 2011).

Por un lado, los valores y actitudes aprendidos tempranamente en la vida y transmitidos intergeneracionalmente a través del hogar, que luego se desarrollan y consolidan durante los años adultos. Según Ronald Inglehart, reputado politólogo de la Universidad de Michigan, cristalizan cuando el individuo llega a la adultez y luego apenas cambian. Según esta visión, basada en la transmisión cultural, la confianza política sería una extensión de la confianza interpersonal que se adquiere durante la infancia y que más tarde se transfiere a las instituciones.

Por otro lado, el enfoque institucionalista concibe la confianza política en términos más cognitivo-racionalistas, a la manera de una respuesta generada por los individuos según la evaluación que hacen del funcionamiento y resultados de las instituciones principales de la sociedad. En otras palabras, las actitudes de confianza varían con la experiencia y el conocimiento adquiridos respecto el desempeño de las instituciones y sus agentes.

Mirando la realidad chilena y la evolución de sus regímenes de baja confianza general (difusa) en los demás y en las élites e instituciones políticas, parece evidente que aquí se hallan en interacción tanto los factores de tipo cultural y de socialización temprana como los de tipo cognitivo-evaluativo. Mientras los primeros afectan principalmente el marco general evaluativo que las personas desarrollan a lo largo de su niñez y juventud, los segundos intervienen en los juicios declarativos de coyuntura que las personas emiten frente a la cambiante coyuntura.

Es probable que los niveles altos de desconfianza social ‘espontánea’, o sea culturalmente condicionada, tengan que ver con las características y condiciones de socialización en una amplio espectro de hogares de bajos recursos y altos grados de toxicidad, en el sentido de la pobreza, condiciones de (mala) salud, violencia intrafamiliar, anomia, desintegración comunitaria, intenso estrés, etc. Hay abundante información sobre estos fenómenos que podrían invocarse para fundamentar y desarrollar esta hipótesis.

Dentro de ese marco de desconfianza social generalizada, que todo lo tamiza, filtra y colorea con unos tonos gris-aprensivos-depresivos; es probable que los hechos político-institucionales de la coyuntura -como popularidad y aprobación de los gobiernos, ciclo de escándalos durante el annus horribilis de la administración Bachelet, frenada económica, fuerte marea de expectativas insatisfechas entre los nuevos sectores medios, etc.- tiendan a retroalimentar negativamente los juicios evaluativo a sobre la clase dirigente y sobre las instituciones.

La pregunta que se plantea entonces es si la crisis de confianza -al menos si la tomamos en su valor aparente medido en la opinión pública encuestada- es el origen o un efecto de la crisis de conducción que ha caracterizado al segundo año del gobierno Bachelet, aunque ya se había insinuado en 2014.

Mi respuesta es ambigua. Pienso que el régimen de desconfianza social o generalizada dentro de la sociedad chilena tiende a producir un vínculo relativamente frío y demandante de la opinión pública con las élites, sus liderazgos y con las instituciones centrales del sistema. En Chile, salvo momentos excepcionales de polarización, no hay ni grandes entusiasmos carismáticos con la política ni tampoco hay activas demostraciones de rechazo, rebeldía y furia antisistémica. Más bien, predomina un ambiente evaluativo desconfiado hacia las autoridades, las figuras de poder y las instituciones del orden dominante.

Como enseña Marc J. Hetherington, en tales condiciones, la baja confianza crea un entorno político en el cual los líderes políticos tienen más dificultades para desempeñarse exitosamente. Y agrega: más que simplemente reflejar insatisfacción con los incumbentes y las instituciones, una confianza política declinante contribuye a esa insatisfacción. Y crea, agrego yo, ese medio ambiente hostil en que las fallas de los gobernantes son intensamente escrutadas y sus éxitos apenas son registrados en el radar evaluativo.

Por otra parte, no parece fácil desautorizar la conjetura -al menos yo no lo intentaría- según la cual una conducción confusa, zigzagueante, poco efectiva desde el punto de vista de la gestión política y comunicacional, contribuye -por su mal desempeño y resultados- a aumentar el juicio negativo y por ende a rebajar la confianza en los dirigentes (élite política y, en particular, le gobierno.). Es esto, justamente, lo que ha estado ocurriendo en Chile a lo largo del último año.

Sobre una base abonada de desconfianza social o generalizada, se ha ido desenvolviendo una mala gestión política, golpeada reiteradamente por sus propios errores y por los escándalos de la política y los negocios, lo cual ha repercutido en un deterioro aún mayor de la escasa confianza generalizada y ha provocado también un aumento de la desconfianza específica frente a las élites, la élite política en particular, y el gobierno.

En el caso chileno se agrega a esto, igual como ha estado ocurriendo antes en Italia, España, Francia, Argentina y Brasil -para citar sólo los casos más conocidos- un mayor ‘empoderamiento’ de los medios de comunicación, donde la élite periodística ha sumado poder en la misma medida que exponía las falencias, errores, faltas y delitos de las demás élites, poniéndolas bajo un foco de intenso escrutinio y rodeándolas de un sentimiento progresivo de desconfianza y malestar.

Este último aspecto es poco analizado en Chile, pero habitual en la investigación sociológica y comunicacional de los países del norte. Por ejemplo, Thomas Hanitzsch y Rosa Berganza (2012), al observar el alarmante declive de la confianza en las instituciones políticas de Occidente, relacionan este fenómeno con la desfavorable cobertura medial que reciben los actores y las organizaciones públicas de la política. Otros autores han vinculado ese patrón negativo de la información con la ‘espiral de cinismo’ y el decrecimiento de la participación y el compromiso político.

Varios estudios recientes analizan comparativamente los medios de comunicación y buscan establecer el grado de confianza que existe dentro de la élite informativa y la forma como sus miembros se relacionan con la esfera política. Por ejemplo, los mismos dos autores recién citados dan cuenta de un estudio que compara a periodistas de Alemania, Dinamarca, España y Gran Bretaña buscando establecer sus respectivos niveles de cinismo ante la política, sus actores e instituciones. Relaciona esos niveles con factores que emanan de la interacción entre periodistas y políticos (presión política, rol de los voceros, doble cara de los actores, relaciones manipulativas, complicidades e intercambios, etc.) y del contexto sistémica en que esas interacciones tienen lugar (culturas organizacionales, rol de los editores, grado de permeabilidad de las élites política y periodística, etc.).

En Chile, parece de suyo evidente que la élite medial ha ido ganando poder -junto con algunos agentes del Ministerio Público y el Poder Judicial- frente a las demás élites (política, religiosa y empresarial), las que se han visto sacudidas por escándalos y por un rápido descenso de los niveles de confianza por parte de la opinión pública encuestada.

En breve, lo que en nuestro medio se llama -por analistas, la academia, los media y las redes sociales- una crisis de confianza parece ser una entidad cambiante y de múltiples rasgos y dimensiones. Mucho más compleja que sus representaciones simplificadas y esquemáticas que circulan en el mercado de opiniones.

Ante todo, es un constructo de la opinión pública encuestada y de quienes la construyen, interpretan y utilizan. En seguida, abarca diversas dimensiones; en lo particular una que tiene que ver con la confianza social o generalizada (de la mayoría en la mayoría de las demás personas) y otra que se relaciona directamente con la polis, la (des)confianza política que cubre a las élites y las instituciones. Además, es un fenómeno esencialmente dinámico, de larga duración en el caso de sus elementos culturales de socialización y aprendizaje, y de temporalidad más corta en el caso de las evaluaciones del desempeño funcional de las élites, los agentes e instituciones de la polis. Las direcciones en que corren las crisis de confianza son variadas y pueden o no retroalimentarse en espiral. Por ejemplo, a lo largo del presente año, hemos sostenido como hipótesis que la crisis de conducción que experimenta el gobierno de Bachelet ha sido una constante fuente de alimentación de la crisis de confianza que afecta a las instituciones de la democracia.

Pero hemos agregado ahora que esa crisis de conducción gubernamental generada en sus inicios exógenamente -desde los escándalos de los negocios y la política y del enfriamiento de la economía- se multiplicó en sus efectos de opinión pública encuestada debida al régimen de baja confianza generalizada que existe en el país. Luego se internalizó en el gobierno, transformándose en una suerte de surtidor y retroalimentador de desconfianzas específicas referidas a incumbentes e instituciones de la polis.

De allí que, en conclusión, nuestro propio análisis de la crisis de confianza nos lleve a favorecer aquella corriente de la literatura que sostiene que la confianza en las instituciones refleja las condiciones objetivas de desempeño del gobierno (su conducción) y de las élites gobernantes, antes que la corriente que basa sus interpretaciones en la socialización y aprendizaje de valores culturales. Esa perspectiva de análisis cultural, ya lo vimos, ocupa sin lugar a dudas un lugar dentro del cuadro y aporta una valiosa manera de explorar el tema de la confianza social y generalizada y la formación de marcos evaluativos específicos del campo de la política. Pero estos últimos responden ante todo, de manera directa, al desempeño de los actores y de las instituciones que son objetos de una evaluación cognitivo-racional. Si dicha evaluación es negativa, como lo es muy pronunciadamente en la actual coyuntura debido a la crisis de conducción gubernamental y a los bajos resultados y consiguiente frustración de expectativas, entonces la desconfianza en los incumbentes y las instituciones tenderá a aumentar.

¿Hasta cuándo y dónde?

Ese ya es otro tema, mas mi hipótesis intuitiva es la siguiente: que la confianza política caerá hasta un punto de desacoplamiento de la subjetividad de las personas respecto de lo esperado del desempeño de las instituciones y la política. Llegará un momento en que el juicio negativo será generalizado pero no apasionado, enojado, furioso o resentido como suelen imaginar los analistas que perciben en cada crisis una puerta abierta hacia el abismo o el derrumbe del orden; es decir, que cultivan una versión apocalíptica de las crisis.

En cambio, puede uno imaginar una salida de la crisis que la supere pero no la cambia de signo. Sencillamente, altera la ecuación de confianza y expectativas, llevando estas últimas (en cuanto a la política) a un grado cercano a cero. Luego el juicio evaluativo se mantiene igualmente negativo pero las expectativas caen drásticamente, modificándose con ello los efectos subjetivos y conductuales de la crisis.

Como es fácil imaginar, apunto aquí a un escenario donde la participación política se reduce al mínimo, el nivel de cinismo se incrementa, la esfera política se desvaloriza, el ‘privatismo’ de la vida civil se extiende (lo importante ocurre en la esfera del trabajo, la familia, las relaciones privadas y los proyectos de carrera individual) y, en general, el Estado pasa a ser monitoreado y evaluado por sus desempeños, resultado, efectividad y eficiencia. No es, evidentemente, un escenario feliz el que así se puede vislumbrar; pero tampoco es el fin de la historia, ni el derrumbe de la democracia, ni la ira rampante provocada por el colapso de las desconfianzas.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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