Llevo casi un mes en Alemania por motivos de estudio y algo que ha llamado mi atención estas primeras semanas es la ausencia de agresividad en la vida pública. Al llegar notaba una especie de silencio al que no lograba poner nombre: esperaba un exabrupto por una mala maniobra en bicicleta o por errores surgidos de la limitación del idioma. Me ha sorprendido no encontrarlos ni tampoco presenciar recriminaciones por motivos políticos o ideológicos hacia nadie: evidentemente se trata de primeras impresiones y pueden relacionarse con cuestiones de carácter, pero lo que se percibe en las calles, en la universidad y en la conversación pública en general es un tono de respeto recíproco que contrasta fuertemente con nuestro clima nacional.

Leer la prensa chilena estos días solo hace constatar el ambiente de crispación y violencia al que quizás nos hemos habituado en los últimos años. El piedrazo al Presidente, las tomas de colegios o el matonaje de convencionales a algunos de sus pares por el modo que votan son solo síntomas de una agresividad que se ha infiltrado en nuestro espacio común y que nos afecta también a los ciudadanos. Quizás el rumbo del proceso constituyente o la preocupante inflación tiendan a acaparar las miradas, pero el deterioro progresivo de la convivencia es un problema político de primer orden que nos puede costar caro.

Todos somos conscientes de que este problema se ha manifestado con más nitidez desde el estallido de 2019: cuánta rabia ha salido a la superficie desde entonces, en distintos niveles y en todos los sectores políticos. Pareciera que, junto a su dimensión contingente, esta agresividad se relaciona con cuestiones que se arrastran en el tiempo, vinculadas a nuestra historia reciente, al proceso de modernización que ha vivido el país y a las diversas lecturas sobre estos hechos. ¿Cuánto tardaremos en sanar el resentimiento recíproco? ¿Cuáles son los caminos? ¿Cómo recuperar la confianza social en un país que sigue gravitando en torno a sus divisiones históricas? Indagar en las causas e intentar comprender las motivaciones de todos, aunque no se compartan, resulta imprescindible si queremos dar algún paso adelante en este ámbito.

Alguien puede pensar que la cuestión del trato mutuo no es una prioridad frente a los grandes problemas que nos aquejan. Pero, ¿qué es la vida política sino fundamentalmente convivencia, el desafío de aprender a vivir en común en cada generación? Pretender una solución a nuestra crisis sin atender a esta dimensión es menos realista que utópico. Nada puede ahorrarnos el esfuerzo de comprender los motivos de este deterioro de la convivencia y de pensar cómo pueden contribuir los políticos, los intelectuales, los medios, los educadores, los empresarios, las distintas agrupaciones de la sociedad civil, las familias y cada ciudadano a recomponerla.

El caso alemán sugiere que es posible superar los traumas históricos -y vaya traumas- y conseguir que las legítimas diferencias de una sociedad plural no pongan en riesgo el reconocimiento recíproco. Nuestros problemas en Chile no son más severos.

*Francisca Echeverría es investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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