Hay contagios y contagios. Físicos como el coronavirus que aún nos da leña, y culturales, aquellos que operan en el mundo de la ideas, de los gustos, de los prejuicios y las ideologías; en fin, contagios que condicionan nuestras opciones de vida, en las grandes decisiones personales o en la minucias de cada día, como el cotidiano consumo de productos perecibles.

Quiero referirme en esta nota al contagio del populismo como una contaminación mundial que, como el Covid, no tardó en llegar a Chile. Un fenómeno internacional que eclosionó con Trump en la gran caja de resonancia de los EE.UU.

En Chile también el populismo muestra su creatividad y variantes de múltiples maneras, pero siempre apelando al sentimiento más que a las razones, la eficaz fórmula que tan bien le resulta al líder populista, el otro elemento necesario para el laurel de la popularidad. Cierto carisma personal, ideas genéricas, manipulación de las emociones colectivas y el juego está listo y preparado para el triunfo político, que no se mide solo en las urnas, pues a veces basta influir en los lances, ser integrante del tablero político.

Ejemplos en la reciente historia nacional hay varios: desde el recordado Fra Fra Errázuriz y su lema “Por la unidad de la familia chilena”, una mezcla de sensibilidad parental y nacionalismo de viejo cuño; Marco Enríquez-Ominami y su discurso contra las cúpulas políticas (a pesar de ser él mismo producto cupular del PS); Franco Parisi y su rebelión antipolítica; hasta Jadue y su populismo neoproletario.

Un autor italiano (Marco Revelli) nos habla del populismo como “enfermedad senil de la democracia”, aludiendo a la larga edad de este sistema en la historia humana. Le dimos alguna vuelta al concepto y concluimos que efectivamente el populismo (o más bien el neopopulismo, pues populistas han existido siempre) es la respuesta a la crisis de un tipo de democracia, la democracia representativa, o liberal si usted prefiere.

En el plano electoral, el neopopulismo se caracteriza por la abstención electoral (“votar no sirve de nada”) y por la movilidad del votante. Los bolsones electorales de los partidos tradicionales se ven cada día más esmirriados de frente a movimientos y partidos que capturan el momento, pero que no entregan garantía de conservar el caudal electoral por mucho tiempo. Claro, no tienen el adhesivo doctrinario ni ideológico que haga perdurar su consenso, solo la agitación y la credibilidad (también evaporable) del líder. Es la política sin política, carente de una cierta visión política de largo respiro.

El populismo no es una criatura surgida de la nada, sino la respuesta no deseada a la mala política, aquella política hecha de acomodos y silencios ante lo que “se supone” que el pueblo reclama, aunque ello sea errado y vaya contra principios y convicciones del político en la cresta de la ola, en el gobierno, en los partidos o en una butaca congresual.

La ruptura entre la promesa al pueblo y la realidad de lo posible en democracia, lleva inevitablemente al descrédito de la clase política, a la desconfianza y a la decepción de grupos sociales que se sienten marginados del bienestar general o, como en Chile, en su clase media, sectores amenazados en sus logros, inseguros y víctimas propiciatorias de una posible debacle económica y social.

Con estas simples premisas, el terreno está abonado para cualquier inspirado líder populista, con suficientes agallas para enfrentarse al sistema y a los poderosos (izquierda), o a los malhechores y enemigos de la Patria (derecha), o simplemente a todos quienes el sentir popular califique como los “malos” de la sociedad (la última encuesta CEP, de noviembre-diciembre, entrega al Congreso solo el 8% y a los partidos el 4% de la confianza ciudadana).

¿Cuáles son los síntomas del contagio populista? Pruebo a enumerar algunos: en primer lugar el llamado a la superioridad moral y política del pueblo “de la calle” en contra de la élite y el sistema, sin hacer mayor distinción entre república, instituciones, poderes del Estado, ricos y políticos profesionales, colocando como único sujeto al pueblo indistinto, sin divisiones, como un todo único que, naturalmente, el líder populista y su entorno representa.

En segundo lugar, la base del populismo no se identifica con las tradicionales clases sociales, sino que constituye un vasto sector social esponjoso, formado por los marginados de todo tipo, excluidos del consumo general y alejados del conformismo de los ciudadanos y de su inercia social. Es un fenómeno sin gran articulación y escasas bases programáticas, no tiene un horizonte político claro, que vaya más allá de reivindicaciones básicas y de la retórica de “los de abajo”. Sus medios son modernos: el medio televisivo (un Julio César Rodríguez, una Tonka Tomicic, de improviso paladines de la gente común), y el medio de la web o el populismo de las redes sociales, un tambor digital que ha contagiado casi toda la política. Como el coronavirus.

Se necesita una vacuna para salvar y recuperar la buena política. Los anticuerpos están precisa y paradójicamente en las instituciones políticas tradicionales que, con todos sus defectos, han constituido la estructura de la nación republicana y las bases de la democracia recuperada. Para ello se requiere el coraje de alzar diques contra el populismo y la antipolítica, saliendo al paso de la demagogia facilona que contamina y degrada la convivencia democrática.

*Fredy Cancino es profesor.

Fredy Cancino

Profesor

Deja un comentario

Cancelar la respuesta