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Publicado el 06 de agosto, 2015

Cónclave exitoso

El cónclave no debe ser visto como una culminación, sino como un comienzo; y es un buen comienzo, en que el gobierno definió claramente su disposición y sus prioridades.

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El sólo título de esta columna puede ser visto como una provocación para columnistas, comentaristas y voceros políticos empeñados, desde antes del lunes, en demostrar lo contrario. Antes de la reunión de la Nueva Mayoría, esas voces auguraban que de allí no saldría nada, que las divisiones entre los partidos acerca de cada uno de los temas de la agenda impediría resultados, y ponían por delante el fantasma del retroceso. La consigna de «realismo sin renuncia» era entendida como una disyuntiva: lo único realista era renunciar al programa. Y claro está, la conclusión para unos era «abajo el programa» y para otros, «cuidado con el realismo».

Después del cónclave, los temas variaron, pero el tono negativo se mantuvo: que no se trataron algunos temas clave, que no está claro cómo se seguirá adelante, que las prioridades fijadas no fueron definidas en toda su extensión, que quiénes fueron los vencedores y quiénes los vencidos. Como si alguien pudiera esperar que de una reunión de cinco horas saliera un programa de quinientas páginas, detallando una cadena de acciones para cada prioridad y asignando los recursos necesarios (con realismo, claro está). Las críticas llegan al punto que un conocido columnista de este diario «ningunea» el cónclave porque no estaban algunos ex Presidentes y los posibles candidatos presidenciales, como si ya nadie pudiera hablar con seriedad sin su presencia, algo que no ocurre ni siquiera durante las campañas.

Confieso que, en el clima actual que afecta a la política nacional, no esperaba lo contrario. Es imposible que ningún evento, por significativo que sea, cambie de golpe el sombrío ánimo nacional o la actitud de quienes parecen regocijarse en él, compitiendo cotidianamente por el cetro de la negatividad.

Pero en algún momento hay que empezar a cambiar el tono y contribuir a retomar un camino positivo, en que sin modificar la agenda ni exigir la rendición de nadie, podamos enfrentar los  principales desafíos del país. Creo que en los discursos de la Presidenta Michelle Bachelet y algunos de sus ministros, en las conclusiones planteadas esa noche y complementadas en los últimos días y en la unidad mostrada por los presidentes de la Nueva Mayoría después del encuentro, existen bases suficientes para iniciar ese cambio.

El cónclave no debe ser visto como una culminación, sino como un comienzo; y es un buen comienzo, en que el gobierno definió claramente su disposición y sus prioridades. Su éxito definitivo estará dado por la capacidad de los ministros y ministras de formular la hoja de ruta para cada área y en la voluntad de los partidos de apoyar la agenda, haciendo las concesiones que correspondan en sus posiciones iniciales.

Los que exigían un cambio de programa deberían haber entendido que en ningún caso la Presidenta dejaría de lado el corazón de su programa: reforma tributaria, reforma educacional y reforma laboral constituyen la trilogía virtuosa para un esfuerzo efectivo contra la desigualdad, que fue su principal compromiso desde que retornó al país para ser candidata. Esa reafirmación surge con claridad del cónclave, así como su decisión de avanzar en un diálogo amplio que conduzca a una nueva Constitución.

Pero surge también claramente la flexibilidad con que el gobierno está dispuesto a enfrentar ese programa básico. La decisión de la Presidenta de aceptar las demandas de muchos sectores, para incluir a más universidades en el plan de gratuidad para 2016 es un mensaje nítido de esa flexibilidad, que se expresa en el resultado del Cónclave de varias maneras.

En primer lugar, si existen temas que puedan ser conciliados en torno a las reformas, ellos pueden y deben ser abordados mediante el diálogo, en la Nueva Mayoría y con todas las demás fuerzas políticas y los actores sociales. La fijación de prioridades claras en las reformas y la gradualidad en su ejecución son la mejor interpretación del «realismo sin renuncia».

En segundo lugar, aunque el programa se mantiene, han surgido también otras áreas que hay que atender con prioridad: la salud, la seguridad pública y la transparencia son las tres más visibles. Hay ya una agenda corta de seguridad, hay un cronograma para despachar las principales leyes de transparencia y hay propuestas claras sobre salud, aunque este tema rebasa con mucho el ámbito legislativo.

En tercer lugar, en materia constitucional, si bien se requieren decisiones que esperamos a finales de este mes, hay dos aspectos que destacan: la Constitución se dicta con un amplio debate, inclusivo de todos los sectores de la vida nacional, pero supone la participación las instituciones del Estado democrático y a través de procedimientos que garanticen un papel preponderante al Congreso Nacional.

En cuarto lugar, la Presidenta puso con claridad en la agenda el tema del crecimiento económico, condición fundamental para que se pueda avanzar en el resto de los programas. La lección de las décadas pasadas, en que la pobreza descendió visiblemente en nuestro país y otros de la región, es que ello ocurre en períodos de buen desarrollo económico y de políticas públicas adecuadas para llegar a los más pobres. Ese es el realismo de la receta: si no crecemos, no podemos distribuir más equitativamente.

Finalmente, es importante reconocer que nuestra gestión de gobierno no ha sido siempre la mejor; las buenas intenciones y los buenos proyectos pueden naufragar en la ejecución equivocada. Que haya, en las conclusiones del cónclave, un descarnado reconocimiento de las insuficiencias y una disposición a mejorar la gestión y calendarización de las reformas, es también un signo muy alentador de la etapa que se inicia.

Este es el comienzo y esperamos conocer en los próximos días más detalles de la nueva «Hoja de Ruta». Entretanto, aunque sea para variar, miremos el vaso medio lleno. Si lo hacemos, hasta podemos sentirnos más optimistas, en un país que tiene problemas, pero que está lejos de vivir la crisis que diagnostican algunos profetas.

 

José Miguel Insulza, Foro Líbero.

 

 

FOTO:FELIPE FREDES FERNANDEZ/AGENCIAUNO

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