La convivencia estrecha entre seres vivos es imposible sin el respeto irrestricto a un código de conducta, que puede ser hasta tácito y confiado a los instintos. Si aceptamos eso, aceptamos la necesidad de que en la comunidad de que se trate exista un ente interno que custodie e imponga el respeto a ese código y que tenga el imperio para eso y para castigar las infracciones a él.

A ese ente interno lo llamamos “Estado”. De ese modo, nuestra concepción del Estado es el de una necesidad natural impuesta desde el exterior de la comunidad y por la propia naturaleza de los individuos que la componen. Es esa concepción la que fluye de las varias veces milenaria tablilla sumeria en escritura cuneiforme que recoge la exclamación “¡la monarquía (Estado) bajó del cielo!”, que es la forma de graficar que es un don externo y divino, o sea, natural. Debido a ese carácter, el Estado es imprescindible para todas las comunidades de seres vivos y es por eso que el eminente historiador y antropólogo Edouard Mayer concluye que el Estado es anterior a la especie humana porque existía incluso en todas las comunidades de seres vivos gregarios (los que viven en sociedad). 

La concepción marxista del Estado es completamente distinta. Es el invento de la propia sociedad para que la clase burguesa gobierne y explote a la clase proletaria y trabajadora. En su concepto, el Estado nace cuando la sociedad reconoce que no tiene forma de conciliar a las clases sociales antagónicas que ha producido indefectiblemente la aceptación de la propiedad privada de los medios de producción. Veamos cómo expone Lenin ese postulado: “El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables”. (“El Estado y la Revolución”, Moscú 17 de diciembre de 1918).

En esta reflexión y, tal vez en otras posteriores, invito a analizar las consecuencias lógicas que se derivan de ese dogma fundamental del marxismo. En algunas reflexiones anteriores he señalado las razones por las que miro al marxismo-leninismo como una religión más que como una corriente política, y la principal causa de ello es el carácter fieramente dogmático que define a los comunistas. Para ellos, aceptar otra definición de Estado es como para un cristiano rechazar la divinidad de Cristo.

Por de pronto, creo que la definición marxista de Estado que postula Lenin ya fue aberrante en su tiempo, cuando todavía podía pensarse que la sociedad humana estaba ordenada en dos clases excluyentes. Era la época de pleno auge de la revolución industrial, bajo cuyo alero se había formado el llamado “proletariado urbano”, pero resulta todavía más aberrante el que hoy lo acepten como dogma seres racionales de un siglo después, cuando la sociedad exhibe nítidamente una larga serie de clases si estas se definen por conceptos tales como “ricos”, “propietarios privados de los bienes de producción”, etc. La complejidad actual de la sociedad humana debería bastar para desechar el dogma marxista antes señalado, de modo que quienes lo sostienen son mucho más retrógrados que cualquier no marxista.

De la aceptación de ese dogma proviene, por una concatenación bastante lógica, casi toda la praxis política del Partido Comunista y que, espero demostrar, lo convierte inexorablemente en enemigo declarado de la democracia representativa. A continuación, enumero las razones como para considerar aberrante la afirmación de Lenin que he citado antes.

La división en dos clases antagónicas e irreconciliables de la sociedad deriva del dogma del materialismo histórico que afirma que la única explicación del devenir humano es el interés económico. Eso implica desconocer todo lo que la humanidad ha obrado bajo el impulso de motivaciones de índole no material (curiosidad científica, confianza en una vida posterior  a la muerte, genuina solidaridad con el prójimo, etc.). Ciertamente afirmar que el ser humano solo busca riqueza y poder es simplemente aberrante y, más bien, digno de lástima.

Por otra parte, la historia ha demostrado, en todo su milenario desarrollo, que la iniciativa privada es el mayor motor del progreso material general que conoce la humanidad, de modo que condenarlo equivale a condenar a todo el cuerpo social a un progreso muy restringido. Esa consecuencia es la explicación última del fracaso económico de los regímenes marxistas. Se podría decir que fracasan porque, al definirse como enemigos de la propiedad privada de medios productivos, matan la “gallina de oro”, que produce el progreso general. 

Es el dogma de suponer que el Estado es la trampa de la burguesía para esclavizar al proletariado es algo todavía más aberrante. Si tal fuera el caso, no existirían los impuestos directos, ni las obras benéficas, ni el ámbito de libertad de creación y desarrollo que es la máxima característica del ser humano. Sin embargo, ese es el resultado de aplicar las doctrinas marxistas al cuerpo de una sociedad, lo que en realidad la convierte en la peor clase de tiranía porque cercena la dimensión capital del ser humano. Resulta increíble que sean, precisamente, los regímenes de esa naturaleza los que dicen querer “liberar al hombre”, cuando en realidad lo que pretenden es encadenarlo.

En reflexiones posteriores me comprometo a derivar del dogma del Estado marxista todas las consecuencias políticas que prevén tres etapas para llegar al comunismo: la etapa de la democracia burguesa, la etapa socialista y, finalmente, la etapa comunista en que el Estado desaparece porque ha sido radicalmente eliminada la clase llamada plutocrática y burguesa si no hay dos clases en perpetua lucha, no existe la necesidad del Estado y, por tanto, desaparece.

*Orlando Sáenz es empresario.

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