Alemania vive un tránsito extraño en procura de una utopía verde. Otros países intentan pasos similares. Y es que nadie podría negar o menospreciar el poderoso embrujo provocado en todo el mundo por los esfuerzos alemanes.

Sin embargo, los dioses suelen interponerse en el camino de las grandes utopías, y sugieren siempre plantearse objetivos más acotados.

En 2018, Angela Merkel declaró el fin del carbón como combustible y fijó el año 2038 para su erradicación definitiva en el país. Anunció el cierre de todas las centrales carboneras.

Anteriormente, en 2011, conmovida con el accidente de Fukushima, había sentenciado el fin del uso de energía nuclear, pese a que este tipo de energía no emite CO2. Consecuente con esto, el año pasado, clausuró tres centrales y sus sucesores en el gobierno, la alianza socialdemócrata-verde, se comprometieron a sacar de funcionamiento las tres restantes ahora en 2022.

Alemania demostró ser un caso muy excepcional. Cambios ecológicos metamórficos, dotados de vasto consenso político y societal.

Si a ello se le une el reconocido empuje y laboriosidad de su pueblo, parece razonable suponer que su deseo de convertirse pronto en una potencia mundial descarbonizada, era alcanzable.

El sustento de estos cambios radica en su profunda incomodidad con los combustibles fósiles, y con el sentimiento de inseguridad con la energía nuclear. El espanto vivido en 1986 con Chernobyl (a poco más de 1.300 kms de Berlín) se revivió con el accidente de Fukushima, pese a la enorme distancia geográfica. Eso explica que la senda verde de Merkel fuese visualizada como un futuro esplendoroso, a la vanguardia civilizatoria. Un orgullo y un estímulo gigante a la proyección de soft power alemán.

Sin embargo, el destino a veces es cruel y, en este caso, echó por tierra los deseos de Merkel y herederos. Su senda verde se vio sacudida por las secuelas de la guerra en Ucrania, una pesadilla que ni ella (como exciudadana de la RDA), ni toda la generación de políticos que le acompañó en su larga gestión gubernativa, pudieron imaginar.

Como suele ocurrir en los países con largos períodos de paz, aquel liderazgo alemán pareció olvidar el aserto que toda conflictividad armada, sin excepción, impone límites a muchos deseos, destroza sueños y obliga a ajustes tremendos.

La Alemania post-Merkel ha empezado a sentirlos en carne propia. Ajustar sus deseos de ser un modelo global descarbonizado a las realidades geopolíticas ha terminado en situaciones cuasi ignominiosas para su clase política.

Ocurre que, como muy bien describe Vaclav Smil, el físico checo-canadiense más reconocido en el mundo por sus estudios sobre energía, el ser humano está obligado a producir ésta, y lo hace de la manera que le parece más eficaz.

“Somos una civilización energívora, -apunta Smil- que podremos pensar millones de cosas, pero si no tenemos los medios para convertir esas cosas en acciones, seguirán siendo meros pensamientos. Y esas cosas se producen con energía. No existe otra forma. Dependemos de la energía para nuestra subsistencia, y el principal medio que ha tenido la humanidad para producir energía son los combustibles fósiles”.

Palabras, sin duda, muy duras, especialmente para quienes ya se sienten del todo inmersos en el siglo 21, y creen tener plena conciencia de los costos de producir de manera no sustentable.

Por lo tanto, el interruptus vivido por los alemanes en su deseo de descarbonizar, demostró que clarividencia, tesón y tenacidad nunca son suficientes. Toda política pública necesita una ligera mano de los dioses.

En este caso, de aquellos que dictaminan las cuestiones de la guerra, dado que, con alguna frecuencia, atraviesan el destino de los seres humanos. Esta divertida premisa sugiere un deseo excesivamente terrenal en el esfuerzo alemán. Por eso, su senda verde sucumbió a la furia de Ares y Enio, esas deidades que tanto intranquilizaban a los antiguos griegos y hoy se han hecho presentes en Ucrania. Demasiado cerca de la futura utopía.

El destino quiso que fuese el propio vicecanciller y ministro de Economía y Protección Climática, Robert Habeck, quien haya debido anunciar la reapertura de las centrales a carbón, y el imprescindible aumento de producción de la contaminante hulla. Habeck es un connotado activista ecológico desde su juventud y, hasta pocos meses, co-presidente del partido Los Verdes. ¡Vaya ironía!

Parece pertinente recordar la gran contribución del movimiento ecologista alemán de trasladar esa melancolía por la naturaleza de Herder o Rousseau al campo del debate político contemporáneo, especialmente en Europa. Fueron los primeros en hablar del costo ambiental de la quema de combustibles fósiles, cuyo clímax ocurrió en los años 60 e inicios de los 70. Ahí está el germen de Los Verdes.

En un lapso de muy pocas generaciones, la opción verde se instaló, no sólo como entretención de unos cuantos ciudadanos, sino como alternativa política real. Los jóvenes contestatarios, y rebeldes del 68, irrumpieron en la escena pública germana, inicialmente como movimiento antibélico (de la mano de Petra Kelly y Gert Bastian), para transformarse muy pronto en movimiento ecologista con ansias de poder, dirigidos por Joschka Fischer. Lo que pareció inicialmente algo disruptivo y atrevido, muy pronto hizo carne y se popularizó en Alemania. Los Verdes se hicieron famosos y, a poco andar, comenzaron a llegar a los parlamentos de los Länder. Un nuevo trato con la naturaleza se puso a la orden del día, aunque curiosamente la idea arraigó más en las grandes urbes y menos en el campo.

Pero independientemente de ello, con gran velocidad, se hicieron famosas palabras nuevas, sacadas de la ciencia, como holoceno, antropoceno, cambio climático, planeta finito, bioética y muchísimas más.

Tal como dice esa frase, atribuida a Victor Hugo, en el sentido que pocas cosas hay tan poderosas como una idea a la que le ha llegado su tiempo, el ecologismo irrumpió también en la política mundial. Adquirió inusitado protagonismo, al punto que ni la fuerte división entre aquellos de impronta jacobina (llamados Fundis) y los más aterrizados, propiciadores de caminos más viables (Realos) mermó su ascenso. Prueba de ello es que el partido no sucumbió ni se atomizó. En ese sedimento se encuentra la explicación a la decisión descarbonizadora de Merkel.

Por lo tanto, el obligado retorno al carbón -y paradójicamente de la mano de un ministro verde- invita a visualizar algunos elementos para una reflexión más profunda.

Uno: es absurdo pensar que los problemas medioambientales son más importantes que los económicos. Dos: a mayor avance económico, mayor conciencia ecológica y sólo en la comprensión de esa conexión radican las posibilidades de éxito de las políticas medioambientales. Tres: las decisiones políticas (en este caso aplicar sanciones a Rusia) siempre tienen costos, muchas veces impensados, que desatan verdaderos boomerangs hasta en los asuntos más nobles. Cuatro: No hay soluciones globales idénticas ni mágicas. Puede ser fácil aplicar políticas destinadas a reducir emisiones CO2 en países avanzados, pero no en los países menos desarrollados. Smil recuerda que hoy Nigeria emite tanto CO2 como Dinamarca en 1850.

En síntesis, el retorno alemán a las carboneras es una señal de alerta universal. Los atajos en procura de utopías provocan fuertes sinsabores. Las políticas pro medioambiente no son ajenas a tal aserto.

Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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