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Publicado el 11 de diciembre, 2019

Claudio Hohmann: Un cisne negro político y social en Chile

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Debemos reconocer que un estallido social de estas proporciones no estuvo en el mapa de riesgos de nadie en Chile. Como consecuencia de ello no se adoptaron esfuerzos ni se asignaron recursos para mitigar un riesgo al que se juzgaba inexistente. Por otro lado, debemos disponernos a un período de reconstrucción y reparación que no se limita a lo material -algo de suyo demandante como hemos comprobado en estos días-.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado

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El lunes 14 de octubre todo era -o parecía- normal en Chile. La mayoría de nosotros nos levantamos ese día en el país nuestro de cada día, con sus grandezas y miserias. Los titulares de los medios se referían a noticias del fin de semana que apenas capturaban la atención y que, si lo hicieron, olvidaríamos al caer la noche. Nada durante esa jornada, el inicio de una semana casi cómo cualquier otra, permitía presagiar lo que estaba pronto a desencadenarse en el país, un terremoto social de intensidad inédita y acontecimientos de esos que marcan el devenir de las naciones; un momento de la historia que modifica su transcurso hacia adelante, sacándola del que traían hasta ahí, dando lugar a un nuevo espacio de relaciones en el que se desenvolverá en adelante la sociedad y sus integrantes.

Pero ese lunes tuvo lugar un hecho singular que los medios reportaron como uno más de muchos que se venían dando en el país protagonizados por estudiantes. Esta vez se trataba de escolares que eludían el pago del pasaje del metro saltando por encima de los torniquetes. Esas evasiones, así las llamaron sus organizadores, comparadas con los graves hechos que se venían sucediendo en el Instituto Nacional, no parecieron en principio gran cosa. Pero para el jueves 17 ya se habían extendido por toda la red del transporte subterráneo con graves daños a su infraestructura. Estos desórdenes no pintaban bien, y aunque ya ocupaban los primeros lugares de los noticieros nocturnos, parecían confinados a los límites de las estaciones del metro. La noche del 17, la última en la que por un buen tiempo imperaría la normalidad entre nosotros, los chilenos nos abandonamos al sueño sin la menor sospecha de la revuelta social que estallaría a la vuelta de unas horas. ¿Cómo es que no la vimos venir, nos preguntamos una y otra vez, si ahora, a poco menos de dos meses después del estallido, pareciera que abundaban las señales de una olla que acumulaba presión muy por encima de su capacidad de contención?

En realidad, lo que hemos experimentado es un auténtico cisne negro. La metáfora remite a la extendida creencia en la Europa del siglo 16 respecto a la inexistencia de cisnes de plumaje negro… hasta que fueron descubiertos por una expedición holandesa en Australia Occidental. El concepto se usa ahora para describir un suceso inesperado que está fuera del ámbito de las expectativas normales, y que es considerado virtualmente imposible. Hasta que ocurre inesperadamente, después de lo cual se intenta construir un relato de su evidente predictibilidad. Pero digámoslo sin remilgos: el lunes 14 de octubre habríamos adjudicado una probabilidad nula a una revuelta social del tipo que experimentó el país cinco días después. Nadie en su sano juicio habría pronosticado la inimaginable magnitud de los daños que luego se causaron, y menos todavía el extendido clima de desconfianza, inseguridad y temor que hemos experimentando, con decenas de compatriotas heridos y fallecidos. ¿Una economía en recesión enfrentada a un serio desafío macroeconómico? Ni el más mal pensado pudo concebir una debacle de tales características que en cosa de semanas ha asomado sus peores contornos en la mayoría de los hogares chilenos.

Los cisnes negros son del todo imprevisibles, pero no son imposibles de explicar. Al contrario, con posterioridad a su ocurrencia las causas de la inesperada erupción van quedando inevitablemente al descubierto. En nuestro caso cabe decir que nunca estuvieron del todo ocultas. Si es cierto que la cultura en nuestros días sería, al decir de Carlos Peña, “un dispositivo productor de deseos y expectativas”, la nuestra fue extraordinariamente eficaz para gestar expectativas sociales de aquellas que albergan los mayores anhelos y entusiasmos que suelen impulsar a una sociedad: por un lado, la igualdad, y por el otro, la prosperidad. Dos meta-relatos que se instalan en el país en el breve lapso de una década, como soportes fundantes del segundo gobierno de Bachelet -y su promesa del combate a la desigualdad-, y del segundo gobierno de Piñera -y la esperanza del regreso a la prosperidad perdida en el que lo antecedió-. Ambos, en una secuencia desafortunada como pocas, se frustran estrepitosamente. La sociedad chilena, seducida por estos relatos que generan expectativas desmesuradas, descubre con perplejidad que ninguno está a la altura de sus promesas. Y lo que emerge desde lo profundo del tejido social es otro relato, un estremecedor sentimiento de abuso que aflora transversalmente en un año 2019 pletórico de símbolos lacerantes, sobreendeudamiento y tarifazos.

¿Cómo salir de esta increíble encrucijada en la que nos hemos puesto en la primavera del año en que se cumplen justo tres décadas desde la épica recuperación de nuestra democracia? Lo primero es aceptar humildemente el cisne negro cuya irrupción no fuimos capaces de advertir ni cercanamente. Debemos reconocer que un estallido social de estas proporciones no estuvo en el mapa de riesgos de nadie en Chile. Como consecuencia de ello no se adoptaron esfuerzos ni se asignaron recursos para mitigar un riesgo al que se juzgaba inexistente. Por otro lado, debemos disponernos a un período de reconstrucción y reparación que no se limita a lo material -algo de suyo demandante como hemos comprobado en estos días-. Recuperar la confianza entre nosotros será todavía más desafiante y tomará un tiempo considerable. Pero una cosa se puede decir con toda seguridad: en lo que viene serán requeridas las más altas dosis de talento político que nuestro alicaído sistema pueda poner sobre la mesa. Otros acuerdos políticos similares al del 15 de noviembre serán necesarios para sacar al país de esta encrucijada, antes que la ciudadanía se pronuncie en el ámbito constitucional. Es el momento en que la política deberá escribir sus mejores capítulos, de aquellos que suelen ser registrados como hitos en la historia de las países.

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