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Publicado el 6 julio, 2021

Claudio Hohmann: Tres períodos que marcaron a Chile. ¿Cómo será el que sigue?

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

El verdadero dilema es si el ocaso de este ciclo arrastrará consigo al proceso de modernización capitalista que llevó al país a las puertas del desarrollo.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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En el casi medio siglo que transcurrirá entre 1973 y el fin del segundo gobierno de Sebastián Piñera asoman tres períodos distintivos, de similar longitud, que han marcado al país y la trayectoria vital de la mayoría de los chilenos, especialmente la de aquellos que han vivido la totalidad de ese tiempo cuyo origen se remonta al último tercio del siglo 20 y que concluye ya entrado el siglo 21.

En primer lugar, cada vez más lejano en el tiempo, está el lapso de la dictadura militar, originada en el dramático quiebre de la democracia en 1973. Son años de una profunda división entre los chilenos, con trágicas consecuencias para no pocos compatriotas. A esta dura vivencia le sigue un extraordinario período de 16 años, singularizado por la recuperación de la democracia y el crecimiento económico -que sienta las bases de una vibrante clase media y una fuerte expansión del consumo-. La modernización capitalista madura y alcanza allí su máxima expresión. Aylwin, Frei y Lagos gobiernan con mano segura los que son, quizá, los mejores momentos de la República, que transcurren en paz -después del deleznable asesinato del senador Guzmán en 1991, el país no volverá a sentir el horror del terrorismo político-, y en ausencia de la conflictividad social que emergerá con fuerza en el período siguiente. Este, el último de los tres, también de 16 años, se inicia con la primera mujer en ocupar la más alta magistratura de la nación, seguida por el primer presidente de derecha en más de 60 años, cuyo segundo mandato cerrará este tercer ciclo. Entre ambos, alternándose el mando, gobernarán los 16 años más turbulentos desde el regreso de la democracia, mientras la economía deja de expandirse al ritmo del lapso precedente, poniendo freno a las expectativas de una clase media cada vez más demandante. En este período la confianza en las instituciones y en el sistema político se desploma de la mano de sucesivos escándalos en el seno de la Iglesia, de las empresas y del sistema político. Durante el segundo gobierno de Bachelet el crecimiento se frena -es el de más bajo desde la recuperación de la democracia- justo cuando el endeudamiento, el CAE y las malas pensiones afligen a un creciente número de familias chilenas que ya habían vislumbrado los destellos -y experimentado los frutos- de una incipiente prosperidad. Así llegamos al año 2019, cuando  cuaja un abierto malestar con el estado de cosas imperante; bastó una chispa -el alza de $30 del pasaje del metro- para generar la explosión social del 18 de octubre, que marca a fuego el tercer y último período del casi medio siglo que terminará con este gobierno.

Un nuevo ciclo muy distinto a los anteriores comenzará a tomar forma a partir del octavo gobierno desde 1990, que será elegido a fines de este año y, sobre todo, de una nueva Constitución –si es aprobada en el plebiscito de salida– que con alta probabilidad modificará las bases sobre las que tendrá lugar el desarrollo futuro del país.

¿Cómo serán los próximos 16 años? ¿Qué se dirá cuando culmine el período que ya se inicia con la instalación de la Convención Constitucional? ¿En qué ámbito vamos a destacar a nivel mundial como lo hicimos con la reducción de la pobreza en el período 2000-2015?

Siempre es difícil, sino imposible, pronosticar el futuro, pero una cosa parece que se puede decir con un razonable grado de certidumbre: que el Chile “neoliberal”, el de la Constitución de Pinochet -remendada por Lagos-, llegará a su fin cualesquiera que sean las disposiciones que va a contener la nueva Carta Fundamental. El verdadero dilema es si el ocaso de ese ciclo arrastrará consigo al proceso de modernización capitalista que llevó al país a las puertas del desarrollo. A juzgar por la composición de la Convención Constituyente existe un riesgo no menor que así sea, y que las instituciones necesarias e indispensables para alcanzar el pleno desarrollo sean profundamente reformadas o removidas en la nueva Constitución. De ser así se cumpliría el sombrío augurio de Sebastián Edwards: “Chile volverá a sus orígenes de país latinoamericano del montón”, reescribiendo en clave siglo 21 el libro de Aníbal Pinto Santa Cruz, “Chile, un caso de desarrollo frustrado”, publicado a mediados del siglo pasado.

La Convención Constitucional hizo historia al constituirse como tal, un hito inédito en nuestra historia (valga la redundancia). Lo que allí se acuerde será determinante en la trayectoria vital de millones de chilenos que se aprestan a vivir los próximos años y décadas en un país mejor. Nada menos va a traer alivio al malestar que han venido acumulando en estos años. A esa dura prueba se someterá el resultado de la Convención en el plebiscito de salida. Mucho más que la del domingo, esa será su más trascendental cita con la historia.

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