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Publicado el 27 de diciembre, 2019

Claudio Hohmann: ¿Nuestro propio Brexit?

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

“La verdad ha sido la primera víctima de esta elección”, se lee en una columna reciente en The Economist referida al proceso del Brexit. De acuerdo al autor, los partidos políticos en Gran Bretaña se comportaron como si la verdad no importara, repitiendo falsedades incluso cuando se había demostrado fehacientemente que lo eran. Conclusión: la combinación de una “epidemia de mentiras” y un clima de profunda desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones dificulta en extremo la representación política, la misma que deberíamos elegir próximamente los chilenos para escribir por nosotros -y en representación de nuestros intereses- un nuevo texto constitucional.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado

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Una reciente columna de la revista The Economist debiera llamar poderosamente nuestra atención, especialmente ahora que podríamos comenzar a escribir sobre una hoja en blanco ni más ni menos que una nueva Carta Fundamental, para luego someterla a votación en un plebiscito. Allí se describe descarnadamente el contexto en el que se dio la campaña eleccionaria que tuvo lugar en Gran Bretaña en días recientes, cuyo trasfondo ha sido un Brexit que no termina de producirse.

Lo que se puede apreciar de su lectura no es precisamente alentador. No sólo el título de la columna -“Liar, liar”- es muy elocuente, sino que también la afirmación “la verdad ha sido la primera víctima de esta elección”. Lo que sigue es un vívido relato de cómo se polarizó la sociedad británica, de la mano de la “máquina de la furia” -como denomina Jonathan Haidt a las redes sociales, en un lúcido ensayo publicado este mes-. La verdad, los hechos comprobables que pueden argüirse en favor o en contra de una postura, fue completamente desplazada por una rampante “campaña de la posverdad”, sustentada en noticias falsas y en “una escalofriante cantidad de mentiras”. De acuerdo al columnista, los partidos políticos se comportaron como si la verdad no importara, repitiendo falsedades incluso cuando se había demostrado fehacientemente que lo eran. Conclusión: la combinación de una “epidemia de mentiras” y un clima de profunda desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones dificulta en extremo la representación política, la misma que deberíamos elegir próximamente los chilenos para escribir por nosotros -y en representación de nuestros intereses- un nuevo texto constitucional.

Cabe preguntarse si acaso podremos librarnos de ese tóxico ambiente que rodeó la elección de hace unos días en Gran Bretaña. Es altamente improbable. Las redes sociales vienen jugando entre nosotros un papel cada vez más efectivo en la distribución de noticias falsas y en la construcción de posverdades, que se nutren del sentimiento y la emoción, desplazando a la razón en materias que la requieren intensamente. Nada indica que aquí sería distinto a lo que vienen experimentando sistemas políticos tan avanzados como los del Reino Unido y Estados Unidos, en los que domina la polarización mientras los acuerdos escasean como el agua en el desierto. Más bien al contrario, de cara al complejo proceso que estamos emprendiendo es de esperarse que se repliquen en Chile comportamientos similares a los que se relata la columna referida. No debe olvidarse que la nuestra puede ser una de las primeras constituciones desarrollada en un contexto político y social fuertemente determinado por las redes sociales, que potencian a grado sumo los sesgos cognitivos que todos llevamos con nosotros. Estos son los tiempos del mayor sesgo de confirmación de la historia -nuestra tendencia a buscar y recordar la información que confirma las propias creencias-, lo que ya hemos experimentado en carne propia en estos meses del estallido social.

Las altas expectativas que muestran las encuestas respecto a la aprobación de una nueva Carta Fundamental podrían verse frustradas en el contexto descrito, donde es altamente probable que predomine la polarización (la falta total de acuerdos) y, en última instancia, la percepción de falta de legitimidad.

Cuando David Cameron decidió llamar a un referéndum por el Brexit, de seguro no imaginó el escenario radicalmente distinto, el de la hiper-conectividad y vertiginosa viralización de los últimos años en el que terminaría jugándose ese partido eleccionario. Por nuestra parte, no estaría de más tomar nota del tipo de partido que nos aprestamos a jugar, que bien podría transformarse en nuestro propio Brexit, una salida de la Constitución de 1980 sin acuerdos y en un ambiente de alta polarización.

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