Solemos referirnos a un “milagro” cuando algo de carácter extraordinariamente virtuoso tiene lugar entre nosotros, cuya ocurrencia es altamente improbable en circunstancias normales. En el último tiempo diversos pensadores han venido poniendo al desarrollo de los países -y a la superación de la pobreza que le es consustancial- como un acontecimiento de ese carácter, en tanto un hecho extraordinario en la historia de la humanidad, que no conoció el crecimiento económico sostenido sino hasta hace dos siglos.

Por cierto, la gran mayoría de nuestros antepasados lejanos vivieron en condiciones de extrema pobreza. Y es que, como lo escribe Steven Pinker en su notable libro “En defensa de la Ilustración”, la pobreza fue (y es todavía, no hay que olvidarlo) el estado natural de las cosas. Pero como desde el siglo 20 y en el actual dejó de serlo en la mayoría de los países del mundo, tendemos a ignorar lo infrecuente e insuficiente que fue la creación de riqueza a lo largo de los milenios que el ser humano ha deambulado por los confines de la Tierra.

Todos nosotros somos hijos de un tiempo, el de los últimos dos siglos, cuando el “milagro” del desarrollo económico se extendió por doquier en un movimiento sin pausa, hasta transformar a la prosperidad en una suerte de nueva normalidad de la humanidad.

Pero hay otro acontecimiento que en pleno siglo 21 no es todavía la normalidad en el mundo ni mucho menos, aunque solemos estar convencidos en Occidente de lo contrario. “La democracia representativa es un milagro” escribió Cristián Warnken hace poco. Y añadió “es un milagro que estemos aquí a punto de llegar a un acuerdo razonable, después de haber estado cerca de hundirnos en el abismo de la intolerancia”. Y es que la democracia liberal es un sistema político sorprendentemente contraintuitivo (Alejandro Vigo dixit), en tanto aquellos que detentan el poder en un sistema democrático no hacen las cosas que intuitivamente se esperaría de quien lo detenta que haga con él, esto es, lo que le permita ese poder.

Ahí reside el milagro al que hace referencia Warnken: un sistema que elige un gobernante por la mayoría de los votos -después de todo, alguien tiene que gobernar-, para ejercerlo respetando escrupulosamente la libertad de los gobernados y, sobre todo, de la minoría que no lo eligió. Este extraordinario invento de la civilización le fue negado a la gran mayoría de nuestros antepasados y también a no pocos ciudadanos de los tiempos modernos.

Cuando se vive en un contexto gobernado por la democracia rápidamente se la da por sentado. No pocos jóvenes chilenos la viven como un hecho del todo normal, al que incluso se puede poner de pronto en grave riesgo -es lo que a mi juicio hacía la propuesta constitucional-, olvidando que fue recuperada entre nosotros no hace tanto, treinta y dos años atrás, después de un largo periodo cuando fue solo una quimera, un “milagro” que parecía que ya no se daría entre nosotros.

Para que finalmente se hiciera realidad dedicaron sus mejores esfuerzos insignes chilenos -Aylwin entre ellos- y una generación que supo valorar en toda su magnitud las virtudes del sistema democrático.

Desde luego, en América Latina la democracia representativa no es la normalidad. Los cubanos llevan más de medio siglo sin vivir en libertad, la más preciada entre sus virtudes. Ahora mismo varios países de la Región están en riesgo de verla interrumpida o irremisiblemente perdida. En América Latina sabemos bien que el milagro puede devenir en autocracia o dictadura en menos de lo que canta un gallo.

Cierto, la democracia representativa y la creación de riqueza son de las cosas más extraordinarias que ha producido la modernidad. Pero no son de generación espontánea; no están entre nosotros con la naturalidad del aire o del paisaje.

Como bien dijo alguna vez Martin Luther King: “El progreso humano no es ni automático ni inevitable. Requiere sacrificio, sufrimiento y lucha; esfuerzos incansables y la preocupación apasionada de individuos dedicados”. Es decir, de todos los que creemos en la democracia y el progreso.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones

Claudio Hohmann

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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