La entrevista concedida por Carlos Peña a La Tercera del domingo último ha sido objeto de nutrido comentario en estos días. En ella reitera su tesis acerca del estallido social –al que prefiere llamar revuelta–, la que ha sostenido imperturbable desde que ese dramático acontecimiento viniera a remecer los cimientos de nuestra convivencia. Como se suele decir ahora cuando una idea mantiene vigencia después de transcurrido un cierto tiempo, su tesis ha envejecido bien. En tanto se cumplen tres años de un momento que quedará vívidamente grabado en la historia del país, era la oportunidad para que el rector echara una mirada a un tiempo que, aunque reciente, parece ir quedando suficientemente atrás –después de la grave pandemia y, sobre todo, del elocuente resultado del plebiscito del 4 de septiembre pasado– como para aquilatarlo ya con cierta distancia. Peña, vale la pena apreciarlo, dicta cátedra sobre lo que fue, pero sobre todo lo que no fue la revuelta del 18-O: “una masa empobrecida en manos de un pequeño grupo de abusadores que de pronto se rebeló” (esfuerzo al que se acaba de sumar el Presidente Boric al afirmar el martes pasado que tampoco fue “una revolución anticapitalista… ni una pura ola de delincuencia”).

Menos comentada ha sido la columna de Ascanio Cavallo publicada en ese medio el mismo día. Pero no debiera pasar ni por un momento desapercibida. La idea central allí esbozada no había sido escrita con tanta crudeza hasta aquí: “El programa de gobierno era esencialmente anticapitalista. Nada para extrañarse. Compartía en esto los rasgos del proyecto chavista, apenas atenuados: desarmar el tinglado comercial que consideraba dominado por ´el imperio´ y las transnacionales, y fundar sobre sus ruinas el socialismo del siglo XXI”. La remata con la afirmación que “eso era también lo que estaba en el fondo del proyecto constitucional”. Por cierto, no se trata de la tesis febril enunciada por un aficionado a las teorías conspirativas, sino que por uno de los analistas políticos más finos y reputados de la plaza.

La amplia derrota del Apruebo en las urnas adquiere así la connotación de un momento salvífico, que resuena bien en sectores de la derecha, pero mucho menos en la élite intelectual que adscribe al progresismo. De acuerdo a Cavallo, el país se habría librado de caer al precipicio por el que ha rodado Venezuela, donde el chavismo hizo de las suyas sin contenciones como en ningún otro lugar donde se ha hecho del poder. Esta vez sí, y no en diciembre de 2017, cuando Sebastián Piñera derrotó cómodamente a Alejandro Guillier y a la debilitada Nueva Mayoría en la competencia presidencial, nos salvamos del fantasma de Chilezuela –un ocurrente juego de palabras acuñado en esa campaña electoral–. Este año, y no hace seis en la referida contienda presidencial, y ni siquiera en el 18-O, se libró la “batalla de las batallas” (Guillermo Teillier dixit). Su resultado todavía resulta incomprensible para muchos de quienes imaginaron una segura victoria.

El Rechazo, siguiendo al columista, fue entonces mucho más que un sonoro portazo a la propuesta de la Convención. Fue, en cambio, el repudio mayoritario a una refundación en toda la línea –la revolución anticapitalista por la vía constitucional–, y, por consecuencia, la aceptación de la continuidad de la modernización capitalista, corregida y aumentada, como estrategia de desarrollo.

Para Carlos Peña, a la hora de inteligir las causas del estallido social, las élites intelectuales “allí donde las hay, brillaron por su ausencia”, adormecidas por el simplismo del Chile desigual y cierta beatería juvenil. Ascanio Cavallo, sin decirlo explícitamente, va más lejos todavía: una parte no menor de esa élite que apoyó activamente el Apruebo lo hizo respecto de una propuesta constitucional que implicaba riesgos para la democracia y el desarrollo del país. ¿No es eso lo que significa un “proyecto chavista, apenas atenuado”? La dura derrota de esa opción en el plebiscito ha dejado en descampado a muchos de los que vislumbraron la refundación del país o la aceptaron sin reparar en los peligros que encerraba el texto de la Convención. El simplismo que adjudica el rector a cierta élite en la comprensión del estallido social tampoco servirá para explicar razonablemente el histórico plebiscito del 4 de septiembre, cuando una contundente mayoría rechazó la propuesta constitucional.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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