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Publicado el 2 febrero, 2021

Claudio Hohmann: Los deberes de una generación

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

La Convención Constituyente exigirá a fondo el tipo de acuerdos que hace un poco más de tres décadas, y a partir de ellos, dieron lugar al país que se atrevió a mirar hacia el desarrollo como una meta posible.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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Tras el atentado a Pinochet en 1986, negros presagios se dejaron caer sobre el futuro del país. El fallido intento en la cuesta Achupallas del Cajón del Maipo pareció por momentos que alejaba inexorablemente el anhelado retorno a la democracia. Pero apenas dos años después, en octubre de 1988, Chile votó mayoritariamente por el No en el plebiscito, abriendo el camino que desembocaría en el fin de la dictadura. Quienes participaron activamente en esa gesta constituyen lo que Eugenio Tironi denominó en una reciente columna la “generación de la alegría ya viene”. Líderes políticos de fuste, que tienen ya un lugar prominente en la historia, condujeron el proceso de salida de la dictadura militar sin violencia o sacrificio de vidas, ni tampoco inestabilidad institucional.

Esa generación puede reclamar logros que muy pocas podrían igualar aquí o en otras partes del mundo. No sólo fue capaz de recuperar la democracia de manos de una poderosa dictadura militar. Fue también responsable de esa otra gesta nacional, que llevó el porcentaje de la indigencia y de la pobreza por debajo de los dos dígitos, el primer país de América Latina en alcanzar semejante logro (con la pandemia, dolorosamente, han vuelto a crecer por primera vez en más de 30 años). No menos importante, desterró por largos años la violencia -desde luego, la violencia política- de la vida cotidiana del país, dando lugar a uno de los tiempos más pacíficos de su historia, librándose de toda forma terrorismo por más de dos décadas. Recuperación de la democracia, seguridad y crecimiento económico, superación de la pobreza, constituyen un cuantioso saldo a favor para una generación que, mirado con perspectiva, cumplió con buena parte de sus deberes.

La que le sigue, la del “Chile cambió” (de nuevo en palabras de Tironi), tiene sus propios desafíos por delante, tanto o más exigentes que los que enfrentaron sus progenitores. Para empezar, aunque la institucionalidad de la democracia parecía hasta hace poco firme y segura, las fuerzas liberadas por el estallido social y la polarización impulsada por las redes sociales la han debilitado peligrosamente. Simultáneamente, las bases de nuestro crecimiento económico se han erosionado, poniendo a Chile al borde de la trampa de los países de ingreso medio. La aspiración de alcanzar el pleno desarrollo pareciera, de pronto, un objetivo mucho más lejano de lo que imaginamos años atrás durante la celebración de nuestro bicentenario. Ni que hablar del agudo deterioro de la seguridad que asola barrios y hasta regiones enteras, con visos de terrorismo en la Araucanía. Hasta la desigualdad, que había venido retrocediendo -a un ritmo demasiado lento, es cierto- podría ahora empeorar con la severa recesión económica causada por la pandemia.

Como se puede ver, las tareas de la generación que se apronta a asumir sus responsabilidades son extraordinariamente demandantes. Hará bien en observar el ejemplo de quienes la precedieron, que, después de todo, estuvieron a la altura de la mayoría de los desafíos que enfrentó en su tiempo. Uno de sus rasgos distintivos fue su capacidad de alcanzar grandes acuerdos. Dejados de lado ya por demasiado tiempo, y aunque parecieran cosa de la historia, éstos serán de nuevo requeridos para hacer frente a las formidables tareas que el país tiene por delante -entre otras, ni más ni menos que transitar hacia una nueva etapa de nuestra democracia, plasmada en una nueva Constitución-. Para ello la generación actual, quién lo iba a decir, deberá dar con su propia versión de la política de los acuerdos, para evitar a toda costa una versión siglo 21 de ese desolador cuadro que pintó el economista Aníbal Pinto Santa Cruz en 1959 en su libro “Chile, un caso de desarrollo frustrado”. La Convención Constituyente exigirá a fondo el tipo de acuerdos que hace un poco más de tres décadas, y a partir de ellos, dieron lugar al país que se atrevió a mirar hacia el desarrollo como una meta posible. Entre los más caros deberes de una generación, sobre todo de una que está enfrentada al futuro incierto que plantean las actuales encrucijadas, está el de acordar el camino para recorrerlas y salir de ellas hacia el destino compartido de la patria justa y buena. Justo lo que hizo, a su manera, la “generación de la alegría ya viene”.

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