Cuando alguien cercano va de viaje a España, sobre todo si lo hace por primera vez, se me ocurre advertirle que arribará no a uno, sino que a dos países en un mismo territorio: uno que ha creado un respetable producto interno bruto –su PIB per cápita es de US$41.000– y otro de similar tamaño al anterior, consistente en gran medida de ahorro externo importado desde los países europeos más prósperos. De hecho, la deuda pública de España es equivalente al 100% de su PIB.

El de la Madre Patria no es el único caso ni mucho menos. Su vecino, Portugal, un país al que muchos en Chile ven como una referencia, también ha capturado un enorme volumen de ahorro externo, el que actualmente alcanza al 115%% de su PIB. Italia no se ha quedado atrás: la deuda pública allí supera el 120% del PIB. El caso de Grecia es quizá el más extremo. En su caso, ha alcanzado el exorbitante nivel de un 200% del PIB, una cifra casi inimaginable para naciones como las nuestras, que habitan en una región donde no existe nada parecido a una fuente crediticia como la Comunidad Europea, desde donde fluyen en abundancia los préstamos a las economías comunitarias.

Como si fuera poco, esos países pagan intereses muy por debajo de los que gasta Chile por el servicio de su deuda externa –en los últimos 3 años se duplicó, alcanzando actualmente al 40% del PIB–, la que ha sido contraída en los mercados crediticios internacionales a tasas de mercado, calculadas en función del riesgo país. Son los “fondos buitre”, como los denominó inelegantemente en su tiempo el gobierno de los Kirchner, cuando los prestamistas quisieron hacer efectiva la cuantiosa deuda adquirida con ellos por Argentina.

A la luz de estos antecedentes, no resulta inoficioso preguntarse cómo sería Chile si en las últimas décadas –por ejemplo, en las últimas dos– hubiese podido captar volúmenes de ahorro externo de tales magnitudes, esto es, un PIB completo o más de dinero ajeno pagando intereses baratos a los prestamistas. Imagine por un momento el lector lo que habría sido de nosotros con una hipotética inyección de 10 mil millones de dólares adicionales cada año, prestados por alguna generosa entidad internacional, desde el inicio del nuevo milenio en adelante –ni aun así se habría alcanzado una deuda externa equivalente al 100% de nuestro PIB–. La respuesta no admite dudas: seríamos con toda seguridad un país desarrollado. Con esos ingentes recursos ciertamente habríamos resuelto el grave problema de las pensiones, el no menos grave de la educación pública y también el de la salud pública.

Semejante ejercicio no nos debe resultar deprimente ni desolador. Sin un ápice de ese ahorro externo barato, en el último Reporte de Desarrollo Humano de la ONU Chile sigue de cerca a Portugal –no hace mucho que estábamos a la par con la nación lusitana– y supera por poco a Hungría, cuya deuda externa roza el 80% de su PIB (el doble de la de Chile, pagando una fracción de los intereses de la nuestra). No debe haber una prueba más elocuente y palmaria del inmenso aporte al desarrollo del país que significaron los últimos 30 años. Mientras otros lo hacían de la mano del dinero ajeno, pagado en cómodas cuotas anuales, Chile crecía a puro ñeque abriéndose al mundo como pocos –tratados de libre comercio mediante–. Para muestra, en 2021 las exportaciones de bienes y servicios alcanzaron a los US$90.000 millones, superando en esta materia a algunos de los vecinos más populosos de la región como Argentina, Colombia y Perú (increíblemente Venezuela registró el año pasado exportaciones por apenas US$3.000 millones, un 3,3% de lo exportado por nuestro país en el mismo periodo).

Aunque estos datos revelan que el vecindario también importa, y mucho, también indican que una adecuada estrategia de desarrollo y de políticas públicas permiten alcanzar elevados niveles de desarrollo sin el aporte del ahorro externo del que han gozado varias naciones europeas para traspasar el pasillo estrecho (Acemoglu y Robinson dixit). Nuestros países, Chile entre ellos, no tienen más alternativa que impulsar el crecimiento sostenido y sostenible, la inversión y el comercio exterior para alcanzar la meta del desarrollo. Ya nos quisiéramos esos magníficos flujos crediticios de que disponen naciones a las que solemos contemplar con admiración. Pero ni por un instante debiéramos menospreciar lo que hemos logrado en Chile sin esos recursos, a punta de un gran esfuerzo productor y exportador, de una apertura comercial y disciplina fiscal como pocas en el mundo. El desprecio a los 30 años es también el incomprensible desprecio al nivel de desarrollo alcanzado por nuestro país, el más alto en América Latina (Índice de Desarrollo Humano, 2022), sobre la base de las políticas públicas adecuadas a la realidad de un país sudamericano que todavía puede, si se lo propone, ser desarrollado más temprano que tarde.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta