La mayoría de los líderes de lo que últimamente se ha dado en llamar el socialismo democrático –que reúne principalmente al Partido Socialista, al Partido por la Democracia y al Partido Radical– estuvieron por el Apruebo, compartiendo sin reservas con la izquierda radical, la misma que no participó en el trascendental plebiscito de 1988 que permitió a los chilenos volver a vivir en democracia a partir de marzo de 1990. Algunos de esos dirigentes defendieron la ratificación del borrador constitucional con fuerza y por momentos con inusitado ardor, haciendo caso omiso a los notorios riesgos que entrañaba. No era perfecto, más se acercaba a lo que siempre soñaron: una Carta Fundamental que convertía a Chile en un estado social de derechos con un extenso catálogo de derechos sociales como pocos en el mundo.

Los serios problemas que el articulado presentaba en las más diversas materias, algunas de primerísima importancia para la democracia y para el desarrollo del país, no les parecieron que tuvieran suficiente envergadura como para frenar el ímpetu refundacional. No faltó quien los negara vivamente en la misma línea del ex convencional Fernando Atria, para quién casi no había nada o muy poco que corregir en el borrador constitucional. No era perfecto, como toda obra humana, pero para ellos era lo más parecido a la perfección constitucional.

Hubo otros que “cruzaron el Rubicón” separando aguas con los que habían sido sus compañeros de ruta por décadas en el duro quehacer de la política. Fueron considerados traidores, y tratados duramente. Algunos sufrieron ataques sin contemplaciones en las redes sociales. Pero estaban convencidos que la traición más grande no era la de separar aguas con la tribu política de la que hasta entonces habían sido parte, sino que la de facilitar el debilitamiento de la democracia y del desarrollo aprobando un conjunto de disposiciones que –no había que ser un experto constitucional– tenían el potencial de generar un severo retroceso en la modernización del país y su desarrollo humano.

Con posterioridad al estallido social se hizo frecuente hablar de la desconexión de las élites, ajenas a las necesidades y preocupaciones de las mayorías. Pues bien, habrá que decir que el reciente plebiscito ha dado una muestra palmaria de una todavía más aguda desconexión de esa nueva élite octubrista que dominó a sus anchas en la Convención Constitucional, una que no provino, como la anterior, de unos pocos colegios particulares o de unas pocas comunas de altos ingresos, sino que de la rica diversidad del pueblo, incluso de los pueblos históricamente marginados. 

El contundente resultado del plebiscito es también prueba que esa desconexión se puede gestar con independencia de la proveniencia, como ocurrió en este caso. La Convención incumplió, ahora lo saben bien sus integrantes, el mandato de construir la Casa de Todos anhelada por la mayoría de los chilenos. Lo que resulta del todo incomprensible es que la mayoría de los líderes y representantes del socialismo democrático dieran su apoyo cerrado a un borrador constitucional refundacional emanado de una Convención a todas luces partisana, cuya ratificación debió ser imposible para quienes se habían jugado en su tiempo por la recuperación de la democracia y por su posterior perfeccionamiento. El pueblo fue más sabio y, ahora como entonces, pronunció su inexorable e indiscutido veredicto.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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