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Publicado el 25 de abril, 2019

Claudio Hohmann: La polarización en Chile

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Hay entre nosotros factores identitarios, que están en la base de lo que somos o nos concebimos como sociedad, que tienen un gran potencial divisivo. Estos factores, reposando la mayor parte del tiempo en la aparente tranquilidad del statu quo, podrían activarse inadvertidamente.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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En una columna reciente, el analista político venezolano Moisés Naím escribió sobre el fenómeno de la polarización, asimilándolo a una enfermedad política autoinmune, en tanto una parte de la nación se alza en guerra contra el resto del cuerpo social, dando lugar a posiciones irreconciliables que hacen inviables los acuerdos necesarios para el desarrollo de los países. No debe confundirse con el que se encuentra usualmente en la élite política -es el caso de Chile-, que se encapsula en el entorno de un pequeño grupo de personas y no se traslada al conjunto de la sociedad.

Cuál signo de los tiempos actuales, el mal se enseñorea en el mundo desarrollado causando estragos allí donde echa raíces. Gran Bretaña, la cuna de la democracia occidental, lo está padeciendo agudamente con efectos para su salud social que seguramente no serán menores. La pertenencia a la comunidad europea o su salida de ella, ni más ni menos, ha producido una profunda división entre los británicos, para la que no se avisora un pronto remedio. Por otra parte, los efectos de la globalización, entre otros la inmigración, ha generado también una honda fractura en la sociedad norteamericana, que actualmente divide a ese país en nítidas mitades, “dos Américas, dos realidades públicas paralelas, cada una escuchando a sus fuentes de noticias preferidas”, según una cruda descripción de la BBC.

La polarización social no es en modo alguno un fenómeno nuevo que pudiera asociarse a la masificación de las redes sociales como forma de comunicación dominante de las personas. Pero a diferencia de los procesos de este tipo que experimentaron numerosos países durante el siglo 20, originados en posiciones ideológicas antagónicas que permeaban a la mayoría de la población, el que se viene incubando y cristalizando en las democracias más avanzadas del mundo tiene su raíz en factores identitarios que ahora determinan con mayor intensidad los comportamientos de los grupos sociales. La identidad de estos grupos, que suele hundirse en su pasado histórico, sus lenguas o sus religiones, y la pertenencia a ellos, se constituyen ahora en un factor de diferenciación más fuerte que la ideología a la que se adscribe. También cobran importancia los beneficios desiguales de la globalización sobre las distintas poblaciones que componen dichas sociedades.

Todo sugiere que la globalización de la polarización tocaría más temprano que tarde las costas chilenas. ¿O podría ser, contra todo pronóstico, que seamos capaces de librarnos de semejante amenaza?

Nuestra historia es pródiga en fenómenos mundiales que se replicaron aquí con inusitada rapidez. En 1968 los estudiantes chilenos demoraron apenas unos meses en emular a sus congéneres parisinos, dando origen a lo que se conoce como la Reforma Universitaria. Por su parte, el hipismo de inicios de los 70 encontró en Chile una rápida acogida. Un año después del legendario festival de Woodstock, en octubre de 1970 se llevó a efecto un recital de música de tres días en el sector precordillerano de Piedra Roja. Más importante que los casos anteriores, la llamada Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética tuvo un efecto determinante en el devenir de la política chilena a lo largo de un período significativo de nuestra historia durante el siglo 20.

Todo sugiere, entonces, que la globalización de la polarización tocaría más temprano que tarde las costas chilenas del mismo modo que en la década pasada una gripe porcina originada en lejano oriente lo hizo en cosa de días. ¿O podría ser, contra todo pronóstico, que seamos capaces de librarnos de semejante amenaza? Esta segunda posibilidad tiene fundamento en el hecho macizo que los beneficios de la globalización han alcanzado a una vasta mayoría de los chilenos. Por cierto, existen grupos a los que ha impactado negativamente, pero constituyen una minoría. Parece entonces que no reúne las condiciones de masa crítica para desencadenar la polarización entre nosotros. Tampoco la inmigración ha alcanzado en Chile la magnitud necesaria para causar una división transversal de las características que se conocen en Europa y Estados Unidos. En consecuencia, no son estos los factores divisivos que conducirían al país a una inevitable escisión, a esas “dos realidades públicas paralelas” que caracterizan al fenómeno en el mundo desarrollado.

¿Será que somos inmunes a esta nueva enfermedad que nos describe Naím? En el corto plazo -el período que le resta al segundo gobierno de Piñera- resulta altamente improbable que el país se polarice en dos mitades. Los datos de las encuestas no muestran síntomas en este sentido. Pero en la era de las redes sociales y del mayor sesgo de confirmación de la historia, ningún país está libre de esta enfermedad política.

Hay entre nosotros factores identitarios, que están en la base de lo que somos o nos concebimos como sociedad, que tienen un gran potencial divisivo. Estos factores, reposando la mayor parte del tiempo en la aparente tranquilidad del statu quo, podrían activarse inadvertidamente, por ejemplo, en el contexto del conflicto de la Araucanía, que ha llegado a un punto en el que ya no es posible seguir adelante sin un reconocimiento formal de los pueblos originarios, una deuda que el país se ha demorado excesivamente en saldar. Existen distintas alternativas para llevarlo a cabo, pero todas ponen en juego de una u otra forma nuestra identidad cómo nación. Algunas podrían conducir a la sociedad chilena a una polarización de similares características a las que se han instalado en otras latitudes, particularmente si la discusión se diera en el contexto de una agudización del conflicto. Es un riesgo que seguramente deberemos correr, conscientes del abismo profundo de la parálisis política, que es por lejos la consecuencia más dañina de la polarización. Dios nos libre de semejante atolladero.

FOTO:FRANCISCO SAAVEDRA/ AGENCIAUNO

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