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Publicado el 3 enero, 2021

Claudio Hohmann: La despreocupación por el crecimiento

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Más allá de las particulares razones que dieron origen al estallido social, la creación de riqueza sigue y seguirá siendo una tarea indispensable para el desarrollo de nuestro país.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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El Reporte de Desarrollo Humano 2020 de las Naciones Unidas, publicado en diciembre pasado, resulta esclarecedor. Debiera prestársele mayor atención, siquiera para ubicarnos en el concierto mundial, cuando no para extraer de sus conclusiones guías y criterios que orienten nuestro propio desarrollo, que viene perdiendo impulso desde hace unos años y que, peor todavía, ha retrocedido súbitamente a causa de la pandemia.

Observando a los países de mejor desempeño se constata que los quince de más alto desarrollo humano del mundo han alcanzado esa condición privilegiada gracias a un PIB per cápita promedio de US$54.000. Es decir, más del doble del que ostenta nuestro país, que con sus US$23.200 (el dato utilizado por el estudio es de hace tres años) se ubica fuera de las cuarenta naciones más desarrolladas, en la posición 43, que es la mejor de América Latina. En contraste, el PIB per cápita promedio de los quince países de peor desarrollo humano apenas alcanza a los dos mil dólares (un poco más de cuatro salarios mínimos chilenos). Nótese que allí viven más de trescientos setenta millones de personas.

No está demás observar el caso de Venezuela, que con poco más de siete mil dólares per cápita queda fuera de las cien naciones más desarrolladas del orbe, donde se posicionaba cómodamente hace un par de décadas.

El referido reporte, y los que lo han antecedido, indica que, por regla general, mientras mayor es el PIB per cápita mejor es el desarrollo humano. Desde luego, no es una correlación perfecta. Un país puede tener un índice de desarrollo humano superior al que se esperaría de su PIB per cápita. Notablemente es el caso de Chile (y también el de Cuba, aunque este país está lejos de las posiciones más aventajadas). Lo inverso también es posible: por ejemplo, Emiratos Árabes, cuyo PIB per cápita, uno de los más altos del mundo, no le asegura todavía un lugar entre las naciones de más alto desarrollo humano. Pero en lo grueso lo que muestran estos Reportes (que el PNUD viene elaborando desde hace tres décadas) es que el crecimiento económico -la única forma de hacer crecer el PIB- es la palanca fundamental del desarrollo humano. La versión de 2020 muestra que sólo tres países de los 68 clasificados en la categoría de desarrollo humano medio o bajo superan la barrera de los diez mil dólares per cápita. En otras palabras, la gran mayoría de ellos ni siquiera ha alcanzado todavía el nivel de desarrollo que Chile comenzó a dejar atrás ya hace más de treinta años a punta de altas tasas de crecimiento.

Estos estudios recurrentes nos dicen con numérica elocuencia que no es posible alcanzar un desarrollo humano elevado (o muy alto, grupo en el que el PNUD clasifica a nuestro país) con un PIB per cápita inferior a los veinte mil dólares. Y que cuando se duplica esa cifra una nación se aproxima a los más elevados niveles de desarrollo humano, gozando su población de la mejor calidad de vida a la que se puede acceder actualmente. También se observa que cuando los países dejan de crecer se estanca su desarrollo y cuando su economía retrocede, estrepitosamente como en el caso de Venezuela, empeoran las condiciones de vida de sus habitantes.

Cabe preguntarse entonces cómo es que la política chilena, sobre todo el progresismo, ha dejado de lado el crecimiento económico cual si fuera una aspiración de dudosa índole (“economicista” o, peor aún, “neoliberal”, el adjetivo que cierta sensibilidad progresista le ha venido adjudicando), en lugar de considerarlo un aspecto fundamental de nuestro avance hacia el pleno desarrollo. Al respecto, se suele poner como referencia a los países nórdicos, que clasifican entre los de más alto desarrollo humano del mundo, sin reparar que esas naciones más que duplican el PIB per cápita chileno (de hecho, Noruega supera los US$65.000) y ninguno abjuró de la modernización capitalista para alcanzar tan elevados niveles de desarrollo.

La carencia de una economía política que haga posible el crecimiento es doblemente preocupante. Por un lado, porque nos pone a un paso de la trampa de los países de ingreso medio, clausurando las posibilidades de alcanzar el pleno desarrollo que hasta no hace mucho pareció una meta realizable para nosotros. Por el otro, tal como lo destacaba José Joaquín Brunner en este mismo espacio unos días atrás, porque se crean las condiciones para un nuevo estallido social, derivadas de la frustración y el resentimiento que generaría una economía incapaz de producir más y de ofrecer a las nuevas generaciones las oportunidades y distribución de beneficios.

Más allá de las particulares razones que dieron origen al estallido social, la creación de riqueza sigue y seguirá siendo una tarea indispensable para el desarrollo de nuestro país. Pero en el contexto actual pareciera haberse convertido en un desafío político extemporáneo, uno que quizás podríamos postergar para más adelante, sobre todo de cara al debate constitucional que se aproxima. Nada más equivocado. Por de pronto, quienes abogan por otorgarle rango constitucional a una variedad de derechos sociales debieran desde ya mostrar el más alto interés en el financiamiento de las enormes obligaciones que podría tener que asumir el estado chileno en los próximos años. No sólo la creación de riqueza no resulta extemporánea sino que constituye un requisito indispensable para quienes aspiran a mejorar las condiciones de vida de los chilenos y para evitar una nueva frustración a los anhelos que se expresaron con fuerza en la movilización social.

Cuando Ud. vaya votar en los próximos actos eleccionarios no tenga dudas: hágalo por propuestas políticas que promuevan la creación de riqueza si desea que el país y los suyos progresen. Es que nunca debe olvidarse la sabia frase de Martin Luther King que encabezaba el Reporte de Desarrollo Humano de 2014: “el progreso humano no es ni automático ni es inevitable”.

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