La emergencia del Frente Amplio es uno de los fenómenos políticos de mayor relevancia de la última década en Chile. Una generación de jóvenes, nacidos a fines de los ochenta y en los noventa, la más educada y plagada de oportunidades de nuestra historia, hizo del rechazo a la modernización capitalista y al modelo chileno de desarrollo la base de sustentación de su posicionamiento político. Pocas veces se ha visto un avance tan fulgurante como el suyo, partiendo por las marchas masivas del movimiento estudiantil a inicios de la década pasada, pasando por el Parlamento, donde varios de los suyos lograron elegirse sin mayor demora, hasta arribar a la más alta magistratura del país con Gabriel Boric; todo, en poco más de diez años, de la mano de líderes que apenas rozaban los 30 años de edad cuando ya influían decisivamente en el rumbo de la nación.

Pero, así como fue de vertiginoso el ascenso podría ser también el descenso, uno que podría ocurrir con la celeridad de los derrumbes causados por una no del todo inadvertida debilidad en sus fundaciones. El elocuente resultado del plebiscito de salida constituye un golpe devastador para un proyecto político que se había propuesto la ignota tarea de superar el neoliberalismo –y por qué no el capitalismo– sin más que unas rudimentarias ideas (de economía casi ninguna) y una pobrísima preparación para la conducción del estado y sus asuntos más apremiantes, que asumió tempranamente antes de vislumbrar siquiera sus enormes complejidades.

Nunca resultó más tristemente oportuna esa coloquial frase “otra cosa es con guitarra”, repetida con sorna desde hace meses entre nosotros. La escasez de cuadros directivos competentes quedó de manifiesto a la partida del gobierno, con la designación de un ministro de Hacienda que provenía de los nunca bien ponderados elencos que gobernaron exitosamente la economía durante los gobiernos de la Concertación. Mario Marcel, un destacado economista “prestado” del semillero concertacionista, fue la prueba fehaciente que en las huestes oficialistas no había nadie de esa talla para asumir un puesto que exige altas cuotas de sabiduría y experiencia, justo lo que no abunda en el Frente Amplio. Lo mismo reza, por ejemplo, para un ministerio sectorial como Vivienda y Urbanismo, que de pronto se volvió un atolladero de proporciones, donde fue requerido uno de los más experimentados políticos del socialismo democrático. El cambio de gabinete, que amplió la presencia de directivos curtidos en la gestión de los siempre álgidos asuntos de gobierno, alejados del perfil nítidamente generacional que tuvieron los inexpertos reemplazados, ha dejado al desnudo la preocupante escasez de militantes con capacidad para asumir las exigentes tareas que aguardan en el Estado. Una monumental paradoja para un conglomerado que se vio a sí mismo como el reemplazo de una generación de políticos brillantes que descollaron en los últimos 30 años. Más todavía para quienes se han asumido moralmente superiores (Jackson dixit) a sus antecesores. Es, peor aún, no solo otra cosa con guitarra, sino que la canción ya no es la misma.

La cuestión es que la élite, que parecía estar renovándose a la velocidad con la que el Frente Amplio crecía y dominaba el escenario político, de pronto se ha vaciado de sus nuevos y bisoños integrantes. Quienes lo apostaron todo a un borrador constitucional que ha sido rechazado en forma rotunda por el pueblo; quienes abrazaron la plurinacionalidad –quizá el dispositivo más radical del fallido proyecto–; quienes quisieron el fin del Senado; y quienes, al fin, estuvieron por la refundación del país sin pensarlo dos veces, se han incapacitado para ser parte de esa minoría “selecta y rectora” a la que la sociedad reconoce por su capacidad para influir y tomar buenas decisiones en contextos cambiantes. Sus figuras más prominentes, que no hace tanto eran apreciadas entre los personajes políticos más valorados en el país, han desaparecido de esos rankings en los recientes estudios de opinión pública.

La pregunta es entonces: ¿cómo queda la élite, que parecía estar renovándose sin pausa, después de la estruendosa derrota que ha sufrido la generación que la estaba nutriendo generosamente? ¿Cómo se recupera de la implosión del progresismo que abrazó sin reservas el Apruebo? Encontrar la respuesta, o siquiera atisbarla, es urgente, porque nunca pasa mucho tiempo antes que esa minoría selecta y rectora se reconstituya y haga de las suyas: influir, guiar, liderar y, en última instancia, intentar la conquista del poder (considérese que la competencia por la sucesión presidencial se iniciará en apenas dos años más). Lo que se puede pronosticar casi con toda seguridad es que el espacio vacío que deja la generación de jóvenes progresistas, derrotada inapelablemente en las urnas, será llenado más pronto que tarde por quienes de un lado o de otro del espectro político los han precedido en el tiempo, una inédita inversión etaria del proceso normal de recirculación de la élite. 

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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