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Publicado el 30 de noviembre, 2019

Claudio Hohmann: El relato del abuso

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Extendido a otras actividades, como se ha hecho en estos días, la función empresarial queda severamente cuestionada por el relato social que nos envuelve. Hay una fuerte simbología en la destrucción de supermercados, malls y farmacias, arrasadas por bandas organizadas, pero también con la colaboración de casuales ciudadanos que aprovecharon la oportunidad para tomar la justicia por sus propias manos y vengar años de abuso.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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Yuval Harari escribe en su libro Homo Sapiens que “la vida de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras”. A partir de esto, el historiador sostiene que el sentido y la confianza en una comunidad humana se construye a partir de un relato común, que para serlo ha de constituirse en una síntesis -una simplificación- de la inherente complejidad de la vida de los hombres. Durante siglos la religión lo nutrió casi completamente, en ocasiones con entera exclusión del conocimiento. Hace poco más de 200 años el concepto de nación comienza a ocupar un lugar central del relato común, y con ella el estado y los derechos humanos. En el siglo 20 las ideologías dan vida a algunos de los relatos más totalizantes que haya conocido la humanidad, enfrentados en una guerra fría en la que chocaron dos miradas opuestas de cómo se desarrolla una sociedad y la vida de las personas en ella.

Chile no ha escapado de ningún modo a esta noción de un relato común como el articulador del desarrollo. No hace tanto que nos seducía la idea del jaguar de América Latina, un país que se enorgullecía de estar a las puertas del desarrollo, la meta que varios gobiernos se propusieron afanosamente. Ahora hemos descubierto abruptamente la enorme distancia que nos separa de ese soñado destino que parece escapársenos de entre las manos.

Con el estallido social se ha instalado de pronto un nuevo relato transversal -en tanto atraviesa vastos sectores de chilenos- que ya venía anidando con anterioridad en el tejido social: el del abuso sostenido a lo largo de 30 años. En cosa de días hemos constatado que somos una sociedad abusada. Es casi seguro que la extraordinaria marcha del 25 de octubre fue una movilización animada, entre otras cosas, pero sobre todo en contra del abuso. “No son 30 pesos, son 30 años de abuso” reza el nuevo credo. Pero no sólo habría sido la motivación de esa enorme manifestación. También lo sería en alguna forma de la violencia desatada que se expandió como reguero de pólvora en el vasto territorio de un país sometido por el abuso.

El movimiento estudiantil del 2011 logró instalar exitosamente la idea que el lucro era, en efecto, un abuso, aunque lo refiriera en particular al «negocio de la educación».

¿Puede haber un relato común más desgarrador que este para una sociedad que se pretende moderna y democrática? Por de pronto, despoja a la modernización capitalista que ha impulsado el desarrollo del país, e incluso a la democracia, de buena parte de su valor. No habría virtud en la reducción de la pobreza y la consolidación de los grupos medios si ha sido conseguida a costa de un abuso extendido y prolongado. Y aunque este relato se sostiene en aspectos objetivos de la realidad, es amplificado por la subjetividad -¿qué es exactamente un abuso, cómo se contabiliza?-. La transversalidad de su instalación es a estas alturas un hecho irrefutable. No hay un chileno, de cualquier grupo social, que no tenga una experiencia de abuso que contar. Es posiblemente la palabra más repetida en estos días en que hemos sido remecidos por un terremoto social cuyos efectos superarán largamente los del movimiento telúrico de febrero de 2010.

Desafortunadamente para el futuro del país, la principal institución que encarna el abuso es la empresa privada y los negocios, en tanto realiza una actividad que busca el lucro, demonizado por el movimiento estudiantil de 2011. Esa movilización logró instalar exitosamente la idea que el lucro era, en efecto, un abuso, aunque lo refiriera en particular al «negocio de la educación». Extendido a otras actividades, como se ha hecho en estos días, la función empresarial queda severamente cuestionada por el relato social que nos envuelve. Hay una fuerte simbología en la destrucción de supermercados, malls y farmacias, entre otras instalaciones, arrasadas por bandas organizadas, pero también con la colaboración de casuales ciudadanos que aprovecharon la oportunidad para tomar la justicia por sus propias manos y vengar años de abuso.

Le llevará un tiempo considerable a nuestra sociedad superar el relato del abuso y reemplazarlo por una idea-país positiva y constructiva. Se hace difícil imaginar siquiera cuál podría ser su contenido. La noción de alcanzar el desarrollo ha quedado seriamente en entredicho. En cambio, la más modesta de la reparación -en todo sentido, material y moral-, nos va a ocupar en los próximos años. Pero incluso esta no será una tarea fácil de acometer por un ecosistema político que no es pródigo en liderazgos iluminados capaces de asumir semejantes desafíos y conducir al país hacia un nuevo rumbo de mayor desarrollo y bienestar.

Por su parte, las empresas enfrentan un desafío formidable: recuperar su legitimidad en tanto actores centrales del desarrollo del país, lo que también llevará tiempo y demandará uno de los mayores esfuerzos a los que se han visto enfrentadas en décadas.

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