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Publicado el 26 diciembre, 2020

Claudio Hohmann: El más resistente de los sesgos cognitivos

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Un sesgo de escasa notoriedad, si es que alguna, que a falta de otro nombre mejor podríamos denominar “not me”. Consiste en la percepción “asintomática” del sujeto respecto de una afección generalizada en la sociedad que a él no le aquejaría en modo alguno.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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Un documental de Netflix emitido este año bajo el título “El dilema de las redes sociales” se anuncia con un subtítulo de tonos orwellianos: “La tecnología que nos conecta también nos controla”. Ahí se nos informa que ese control se despliega aprovechando al máximo nuestros sesgos cognitivos, debilidades que en algún momento fueron fortalezas en la evolución del homo sapiens, y que hoy están constriñendo el conocimiento y lo subvierte al calor de nuestras emociones y sentimientos, inesperadamente reforzados ad nauseam por las redes sociales.

Aunque el documental no lo dice, debe notarse que ese control orwelliano se aprovecha de un sesgo de escasa notoriedad, si es que alguna, que a falta de otro nombre mejor podríamos denominar “not me” (parafraseando a una marca de reciente aparición en el mercado chileno). Consiste en la percepción “asintomática” del sujeto respecto de una afección generalizada en la sociedad que a él no le aquejaría en modo alguno. La misma persona que pasa diariamente horas en su celular conectado a las redes sociales, alberga la convicción que sus sesgos cognitivos -explotados inteligentemente por esas plataformas- no juegan un rol en su comprensión de la realidad. La suya estaría descontaminada de las distorsiones a las que lo induciría, por ejemplo, el eficiente sesgo de confirmación. Es la opinión de los demás la que es deformada por las redes sociales, pero no la suya. ¿Quién admitirá que sus apreciaciones de la realidad son el fruto de sus sesgos, escalados por diversas aplicaciones, y que, a consecuencia de ello, son sesgadas -valga la redundancia-, cuando no alejadas de verdad? Más aún, ¿quién va a dudar de sus certezas, sea lo que sea de que se traten, cuando éstas le han sido confirmadas repetidamente en esas mismas redes sociales?

Imagine por un momento el lector a un sujeto en una pieza encerrado con una gran cantidad de personas enfermas de gripe, varias tosiendo y con fiebre, dotado de una convicción más allá de toda duda que él no será víctima del mal, aunque ya exhiba los primeros síntomas, porque una suerte de inmunidad lo libra de esa enfermedad contagiosa. Los otros en la pieza podrán sufrirla, pero él no, “not me”.

De este sesgo ninguno de nosotros se libra fácilmente, quizás con excepción de un escéptico de la escuela de Pirrón (el filósofo que hizo de la duda el problema central de toda su filosofía). Se trata de un impulsor extraordinariamente poderoso de la posverdad, pues para quien la sostiene no hay tal posverdad, ni éstá le ha podido ser “contagiada”. Su versión de la realidad se erige pura e impoluta -mientras las demás cargan con sesgos, cuando no con falsedades-. Ninguna evidencia la podrá desvirtuar.

Este sesgo, que opera en forma del todo natural (no se precisa ningún artilugio para su activación), está en la raíz del fenómeno de la posverdad -y las teorías conspirativas que lo subyacen-, y es lo que hace extraordinariamente difícil que pueda ser corregido. El problema está en la completa ausencia de síntomas del mal. Ud. podrá creer que la Tierra es el centro del sistema solar, sin que sienta ningún mal que lo aqueje; ningún malestar que lo empuje a corregir semejante creencia. Pero es difícil exagerar la trascendencia que tiene para la sociedad del conocimiento un fenómeno que crece a la velocidad de la ley de Moore, erosionando a ojos vista uno de los pilares fundamentales de la democracia: la verdad.

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