El Congreso del Futuro, realizado con singular éxito la semana pasada en el Teatro Oriente, se inició con una charla del octogenario cineasta alemán Werner Herzog sobre «el futuro de la verdad», un título de suyo inquietante. ¿Es que la verdad podría decaer en el futuro próximo como si se tratara de un producto que pasa de moda o de un utensilio que es sustituido por otro más eficiente? ¿Tiene la verdad un presente que de pronto, sin mediar otra cosa que las emociones y los sentimientos, se puede volver obsoleto?

Hace ya más de 40 años otro intelectual, el francés Régis Debray, escribió una frase premonitoria que está en la base de lo que tiene lugar en la actualidad en espacios cada vez más amplios de la sociedad: «Una idea no es eficaz porque ella sea verdadera, sino por ser creída como tal». De acuerdo a este razonamiento, no es su validez -por ejemplo su validez científica o legal- lo que determina la relevancia de una idea, sino su capacidad de ser creída por las personas. Para existir y propagarse, una idea dependería entonces de la credulidad de los ciudadanos más que de la razón o la verdad que encierra. La apariencia, el atractivo, un cierto sentido común, la manera en que es descrita y difundida, todo esto puede hacer que una idea sea creída como válida con independencia de la razón o falsedad que la sostiene.

El sentido de estas reflexiones no puede ser más oportuno en un momento de la historia cuando la mayoría de los seres humanos tenemos más disponibilidad mental que nunca antes. Se trata de tiempo mental que nos queda disponible restando el tiempo dedicado al trabajo, que se ha incrementado extraordinariamente en el curso de la modernidad. Pero simultáneamente y en perfecta sincronía con el anterior se da otro fenómeno también inédito en la historia: la enorme disponibilidad de información y de contenidos que existe actualmente, que no cesa de crecer.

Gerald Bronner, un sociólogo francés que también participó en el Congreso del Futuro, afirma que este es «un momento histórico de la humanidad en el que tenemos acceso a un nivel de información sin precedentes y, a su vez, cada vez más tiempo libre para para dedicarlo al ocio y al conocimiento del mundo». Dicho de otra forma, el colosal torrente de información y contenidos que circula por las redes sociales encuentra un amplio espacio cognitivo en la mayor disponibilidad mental del ser humano del siglo 21 (de la que apenas gozaron a cuenta gotas nuestros antecesores, concentrados sobre todo en alimentarse y sobrevivir).

Esta extraordinaria abundancia informativa deviene en lo que Bronner llama un “apocalipsis cognitivo” (el título de su último libro), causado por los sesgos que portamos desde la prehistoria y que cumplieron un rol clave para la sobrevivencia de la especie, pero que ahora operan a sus anchas en un espacio cognitivo amplificado por la modernidad, procesando sesgadamente el exceso de información al que nos vemos enfrentados cotidianamente.

Tales sesgos dan una clara preferencia a los contenidos asociados al conflicto por sobre la armonía, y a nuestras obsesiones a expensas de la racionalidad. Nos hacen creer ideas que no necesariamente se condicen con el conocimiento o la evidencia, escalando nuestra capacidad de deformar la apreciación de la realidad, hasta el extremo de construir versiones alternativas que prescinden del conocimiento y la evidencia acumulada.

En la sociedad del conocimiento, que parecía el momento cúlmine de la civilización -cuando ya incluso sabemos a ciencia cierta cuándo y cómo todo comenzó, el Big Bang-, la posverdad, esa pretendida “verdad” después de la verdad, deviene en un fenómeno del todo inesperado y de imprevistas consecuencias.

La velocidad a la que se ha difundido por todo el mundo es verdaderamente asombrosa. No hace una década que nada de esto era previsible. Recién en 2016 fue acuñada por primera vez la palabra posverdad para referirse a ideas que desafían abiertamente el conocimiento. Ese mismo año fue incorporada al diccionario de Oxford. Hasta entonces prevalecía la idea que internet y las redes sociales contribuirían a una profunda democratización de las sociedades y que viviríamos a plenitud en la sociedad del conocimiento. Pero con el advenimiento de la tecnología 4G a mediados de la década pasada se produjo un aceleramiento de dos tendencias hasta entonces incipientes: la hiperconectividad, es decir, la capacidad de conectar a casi todos los seres humanos con casi todos sus congéneres; y, la viralización de contenidos entre teléfonos móviles.

En lugar de esa virtuosa sociedad del conocimiento, que se acompañaría de una profundización de la democracia, estamos asistiendo en cambio a una disrupción social y política de dimensiones planetarias que nadie pudo prever cuando en 2007 Steve Jobs orgullosamente lanzó el primer teléfono móvil con pantalla táctil (que todavía operaba con la tecnología 3G). Nadie vislumbró entonces que la disrupción tecnológica iba a remecer los cimientos no sólo de industrias completas sino que el edificio sobre el cual se ha construido Occidente: la democracia representativa y la prevalencia de la verdad.

Un malestar crónico se apodera de las más diversas naciones, incluso de las más desarrolladas, y la polarización las escinde en territorios irreconciliables. Pero, ¿cuánto de ese malestar es real o es subproducto del uso masivo de las redes sociales donde nuestros sesgos cognitivos, extrapolados a un uso cotidiano para el que no fueron “diseñados” por la evolución, determinan cómo nos sentimos y cómo pensamos? ¿Cuánta de la polarización es también real o la producen unos algoritmos que maximizan cotidianamente la acción de esos eficientes sesgos divisivos?

Lo cierto es que la democracia se enfrenta ahora mismo a una nueva amenaza que no pudimos advertir antes del advenimiento de las redes sociales: la imposibilidad de dar satisfacción a un malestar social crecientemente artificial, en un contexto de una sociedad polarizada por algunas de las pulsiones y obsesiones más primarias de los seres humanos.

En la última parte de su charla Herzog se preguntó si acaso nos aproximamos a una era de la posverdad. Se respondió a sí mismo que no lo creía, en tanto -razonó- la verdad no tiene futuro, ni tiene tampoco pasado; ha estado y está siempre entre nosotros. A condición, habría que agregar, que la democracia, el sistema político que se funda en ella como ninguno, no sea derribada por el poder de uno de los artilugios más extraordinarios de la modernidad que llevamos todos los días en la mano.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones

Claudio Hohmann

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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