En una época de grandes tribulaciones, transcurriendo lo que algunos consideran la crisis del bicentenario, el país eligió hace menos de un año al gobernante más joven de su historia. Su principal soporte político es un variopinto conjunto de agrupaciones y pequeños partidos –de donde el mismo Gabriel Boric proviene– que forman el Frente Amplio. Uno de sus aspectos más distintivos es la juventud y hasta puede decirse la inexperiencia en los asuntos públicos de sus militantes y simpatizantes. Adicionalmente, son jóvenes que rechazan sin ambages la estrategia política de “crecimiento con equidad” (Aylwin dixit), que desde el regreso de la democracia impulsó al país a los más altos niveles de desarrollo de su historia.

El así llamado modelo chileno, que ya para la segunda década del milenio daba señales de cierta fatiga, ha sido para muchos de ellos una de las expresiones más extremas del neoliberalismo. Superarlo está en la centralidad de su estrategia política. Aspiran a que el estado subsidiario, lo que sea que eso signifique, acabe sus días de una buena vez y sea reemplazado por un estado muy distinto, solidario, inclusivo y, ¿por qué no?, emprendedor.

Pero en tanto opción política que se quiso apta para gobernar, impulsando una nueva estrategia de desarrollo, el Frente Amplio ha carecido hasta aquí de una propuesta que es central a la política: la creación de riqueza, o más precisamente, la forma cómo concibe que esta debe ocurrir en la sociedad pos neoliberal. En cambio, tiene ideas relativamente más acabadas –convicciones sería mejor decir– acerca del Estado pos neoliberal, influidas por economistas como Mariana Mazzucato.

Un Estado más eficiente, que gasta y distribuye mejor, no ha sido una preocupación del frenteamplismo; es una obsesión atribuida al estado subsidiario. En cambio, el Estado al que aspiran sería uno hambriento de ingentes recursos para financiar derechos sociales en ámbitos que por lo menos abarcan la seguridad social, la educación y la salud. Pero, como se sabe, algunas de las peores crisis políticas en América Latina han tenido su origen en el establecimiento de derechos sociales sin ocuparse de su financiamiento de largo plazo. Rehúye así, cuál si fuera más bien una cuestión propia del neoliberalismo, del enorme desafío que presenta la creación de riqueza, la fuente del crecimiento económico –que, a su vez, provee buena parte del financiamiento del Estado–. Una forma de financiar los derechos sociales, el ahorro externo, no elude el problema de la creación de riqueza, sino que apenas lo posterga, en tanto más temprano que tarde esa deuda soberana debe pagarse con recursos fiscales.

No ocuparse del crecimiento como una tarea esencial del quehacer político ni disponer de una estrategia para alcanzarlo está en la base del Estado fallido, que no dispone de recursos para financiar sus obligaciones y se torna crónicamente deficitario. El Frente Amplio tiene una mayúscula tarea por delante, esta vez cuando ya es gobierno, que consiste en imaginar el sistema que habrá de generar riqueza en el país pos neoliberal al que aspira, y en ese diseño el rol que le cabría a la modernización capitalista (si es que alguno), que ha sido el camino que han elegido los países de más alto desarrollo humano en el mundo. 

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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