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Publicado el 14 diciembre, 2021

Claudio Hohmann: El descarte de un relato

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

El principal resultado de las elecciones de noviembre ha sido la superación de una narrativa desquiciada que sólo admitía como camino de salida la refundación del país.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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Yuval Harari escribe en su libro Homo Sapiens que “la vida de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras”. A lo largo de su historia Chile no ha escapado a la primacía de un relato común como articulador del devenir social. No podríamos ser la excepción ni mucho menos. La última vez que nos contamos una historia entre nosotros está demasiado fresca en la memoria. Fue a partir del 18 de octubre de 2019. Apenas pasadas las primeras escaramuzas del estallido social, irrumpió de pronto una nueva narrativa, la de un país abusado a lo largo de 30 años, que se oponía frontalmente a toda noción del país exitoso, a las puertas del desarrollo, que había dominado por años la escena nacional. En cosa de días los chilenos descubrieron, y se convencieron, que éramos una sociedad abusada. El estallido social no habría sido gatillado por los 30 pesos del alza del metro, no. Eran ni más ni menos que tres décadas de un poder económico y político abusando sin misericordia de la ciudadanía. Ese ominoso relato despojaba a los gobiernos de la Concertación –algunos de ellos los más exitosos de nuestra historia–, e incluso a la democracia (que otra que la de los acuerdos), de buena parte de sus logros. La modernización capitalista no habría sido otra cosa que un vergonzante neoliberalismo abusador.

La consecuencia de un relato tan corrosivo saltaba a la vista: no podía haber virtud en la reducción de la pobreza –la mayor que haya experimentado un país en vías de desarrollo en las últimas décadas– si había sido conseguida a costa de un abuso extendido y prolongado para beneficio de unos pocos. La incorporación de un amplio sector de grupos medios al trayecto de la modernización palidecía ante el abuso sistemático y deliberado. La pavorosa violencia que se desplegó en esos días en buena parte del territorio (y que volvió a sus anchas en octubre pasado) se tornaba para muchos comprensible –y hasta era dable justificarla–. Chile había despertado violentamente de su larga pesadilla y era el momento de refundarlo.

Cómo fue que semejante relato pudo instalarse transversalmente y que vastos sectores de la sociedad lo hicieran suyo será materia para investigación de los especialistas en el futuro (y, por cierto, esclarecer el rol que le cupo a lo que Jaime Rubio, columnista de El País, llama la guerra memética, “el bombardeo incesante de memes y videos”). Hizo falta someterlo al indispensable examen de la democracia para develar su falta de arraigo, cuando no su falta de sentido para una mayoría de los electores. En efecto, el resultado de la primera vuelta en noviembre pasado dejó sin piso un relato que no resistía análisis y, de paso, canceló los arrestos refundacionales que le siguieron. Por supuesto, no es que no hayan existido abusos en los últimos 30 años. Todo lo contrario: una serie de escándalos de la más alta connotación pública, una perfecta cadencia que iba a pulverizar la confianza en las instituciones, tuvo lugar a lo largo de una década particularmente desafortunada en este ámbito para los chilenos.

Pero no era cierto que la violencia desatada fuera necesaria para reparar la anomia y el enojo (hubo quienes teorizaron al respecto), o que hubiera en ella algún objetivo superior y virtuoso. Mucho menos que el país tenía que partir de cero y rediseñarse en una hoja en blanco. El contundente resultado del Apruebo fue, ahora lo sabemos, algo muy distinto al anhelo imposible de una refundación. Una mayoría de los electores opta decididamente por la política de los acuerdos, cosa que por lo demás diversos estudios de opinión pública venían revelando. No otra cosa deberá hacer un Parlamento que estará notablemente empatado a partir de marzo y, desde luego, la Convención Constitucional –obligada como está por el quórum de dos tercios y, sobre todo, por el plebiscito de salida–.

El principal resultado de las elecciones de noviembre, entonces, ha sido la superación de una narrativa desquiciada que, asumida en plenitud, sólo admitía como camino de salida la refundación del país. Prueba de ello es la campaña de la segunda vuelta, en la que no se ha vuelto a oír de “refundar este país”, el llamado que hiciera Elisa Loncon en el discurso inaugural de la Convención Constituyente en julio pasado. Esto es lo que ha sido descartado con toda claridad en las pasadas elecciones, independientemente del resultado de la segunda vuelta que se avecina.

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