Cuando se recuerda un año en particular, de los muchos que transcurren a lo largo de nuestra existencia, suele ocurrir que un acontecimiento de características inéditas o impactantes -y solo ese- lo marca a fuego, dejando en el olvido otros hechos que también tuvieron lugar en ese periodo.

Así, el 2010 lo recordamos sobre todo por el terremoto del 27 de febrero de ese año y escasamente por el ingreso de Chile a la OCDE como miembro pleno unos meses después. Del mismo modo, el 2019 nos trae a la memoria el estallido social y muy poco más -aunque para los osorninos seguramente evocará también el recuerdo de un prolongado corte del suministro de agua potable en julio de ese año.

¿Cómo será recordado este 2022 que termina? ¿Cuál es el hecho que lo marcará indeleblemente de cara al futuro? Con toda seguridad será el año del Rechazo. Nada se compara en impacto y relevancia al resultado del plebiscito de salida el pasado 4 de septiembre, ni siquiera el ascenso al poder del gobierno de Gabriel Boric el 11 de marzo pasado, el primero de la nueva izquierda -y también el primero sin la conducción de la centroizquierda o la centroderecha que gobernaron ininterrumpidamente poco más de 30 años.

Por donde se lo mire el Rechazo es un hecho del todo inédito en nuestra historia republicana. Nada se le asemeja, entre otras cosas porque nunca antes se emprendió un proceso político que levantara tantas expectativas y que acabara con las manos vacías.

La aprobación de una nueva Carta Fundamental se daba por segura, incluso cuando la Convención Constitucional ya cometía sus peores excesos. No es posible exagerar los efectos del Rechazo en el devenir del país, que serán profundos y duraderos. Es cosa de revisar el Acuerdo del nuevo proceso que se emprenderá el próximo año para aquilatarlos en toda su dimensión. Hemos pasado “del cielo a la tierra”, el cielo para quienes estimaban que la propuesta constitucional se acercaba a lo que siempre soñaron y la tierra para los percibieron el peligro que su refundación entrañaba y la virtud de una reforma mucho más aterrizada -lo que el Acuerdo procura garantizar a todo evento.

A casi cuatro meses del rotundo Rechazo, todavía no deja de extrañar el ambicioso y disparatado intento de la Convención Constitucional por refundar un país cuya situación, descrita por una serie de indicadores comparativos -desarrollo humano, calidad de la democracia, pobreza, calidad de la salud y de la educación, incluso la desigualdad-, sale bien parada en la Región, cuando no lidera en algunas de esas categorías.

Un país así no se refunda, se reforma, que es la esencia de la democracia. Es cierto que el sistema político dejó de hacerlo -reformar allí donde era ya indispensable- con la profundidad y la velocidad que el país estaba demandando. Fue una de las causas del estallido social. Pero de ello no se sigue que fuera preciso refundarlo hasta sus cimientos.

No hay un caso parecido a éste, de una nación de “muy alto desarrollo humano” (en ese grupo de países nos ha clasificado por años el Reporte de Desarrollo Humano de la ONU, y además en el primer lugar de América Latina), con una democracia en pleno funcionamiento -más allá de los perfeccionamientos que todo sistema político amerita-, en el que su refundación encuentra un espacio político y elabora una propuesta formal como ocurrió en la Convención Constitucional.

Con razón no pocos expertos en el mundo miraban con interés lo que aquí estaba ocurriendo. Era territorio desconocido: un país que funciona razonablemente, que elige con plena normalidad a sus autoridades, que aprueba leyes en un Parlamento elegido democráticamente, que decide por una aplastante mayoría reemplazar su Constitución, se enfrenta a la alternativa de optar por su refundación. Si se lo piensa bien era un hecho previsible que un país de tales características se resistiera a una propuesta de tal calado. La propia democracia terminó de plano con el experimento y sepultó las ínfulas refundacionales que, ahora lo sabemos, se albergaban en una minoría.

Ese elocuente Rechazo reverberará por largo tiempo en el país, confiriéndole contornos -bordes para el nuevo proceso constitucional- que lo encauzan derechamente por el camino del reformismo democrático, el mismo que le dio a Chile los que han sido quizá sus mejores 30 años.

Qué duda cabe entonces que este fue el año de Rechazo.

Claudio Hohmann

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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