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Publicado el 25 mayo, 2021

Claudio Hohmann: Cruzando el desfiladero

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

Lo más propio de una élite es la capacidad de avizorar alternativas en la ruta y de influir en las decisiones que llevarían a mejor puerto.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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José Joaquín Brunner ha escrito dos columnas sobre la circulación de las élites. La primera en este mismos espacio y la última hace una semana en un diario, a propósito de los resultados de las elecciones recientes. Allí afirma que la historia política consiste en el cambio y la rotación de las élites y que la democracia es, entre otras cosas, “un método para autorizar, controlar y renovar continuamente a la élite política por medios pacíficos”. Es quizá, agrega, “el único régimen político que actúa como un estímulo para la circulación y renovación de las élites”. Luego, el sociólogo se pregunta si la renovación que está en curso entre nosotros seguirá dentro de las reglas y procesos institucionales consagrados o se impondrá desbordándolos, sin descartar la posibilidad de un “desbordamiento y agudización de los conflictos”.

Esta reflexión se complementa con la de Carlos Peña en su columna “El tiempo de la voluntad”, también de hace una semana, en la que observa que en la sociedad chilena “ha cundido la idea de que la vida social depende, ante todo, de la voluntad, de la capacidad de empujar por esto o aquello hasta lograr alcanzarlo”. Afirma el rector de la UDP que cuando “la vida pública chilena comienza a anegarse de pura voluntad” y es enarbolada por figuras independientes, que reniegan de los partidos políticos, se deteriora la democracia. Una nueva élite inspirada por la subjetividad, sin la contención de las instituciones –es lo que hacen, entre otras, los partidos–, no augura nada bueno para el futuro del país, ni mucho menos para la solución de sus problemas, la mayoría de los cuales no serán resueltos, ni siquiera aminorados, por la mera voluntad de sus líderes.

La dura realidad de la nueva escasez que ya afecta al país, que los grupos medios no han conocido en décadas, requiere más que nunca de liderazgos políticos realistas y constructivos, de esos de viejo cuño –vaya paradoja–, dotados de la sabiduría y talento político para avizorar el rumbo y la salida en el peligroso desfiladero por el que estamos cruzando. La escasez, la razón de ser de la economía política cuando la voluntad se estrella con la implacable realidad, reclamará esa clase de liderazgos más temprano que tarde.

Una élite que no se hace cargo de este aspecto crucial e indispensable del desarrollo -esa es la implicancia del voluntarismo a que alude Peña- no podría erigirse como una élite en propiedad. Adolecería en ese caso de una función consustancial a su vocación de liderazgo, cuál es la de proveer de orientaciones y propuestas respecto de una cuestión fundamental para la vida social. Es evidente que la sola voluntad no va a multiplicar los panes ni mucho menos mejorar las pensiones. No asumir el exigente desafío intelectual que implica tomar decisiones trascendentales en un contexto de escasez de recursos, el más acuciante desde el retorno de la democracia, y en cambio entenderlo como una cuestión de mera voluntad -¿no consisten en eso los retiros de fondos previsionales?- constituye una flagrante carencia de la nueva élite en gestación, “envuelta en la ilusión de que no hay nada, o casi nada, que se le oponga”, en palabras de Carlos Peña.

Al contrario, lo más propio de una élite es la capacidad de avizorar alternativas en la ruta y de influir en las decisiones que llevarían a mejor puerto. Su mayor virtud es la de anticipar mejor que nadie los escollos y las grietas que se despliegan por delante -por ejemplo, la inescapable realidad de la escasez que se ha incrementado entre nosotros- y discernir la forma de sortearlos a tiempo. Para avanzar exitosamente por el pasillo estrecho de Acemoglu y Robinson, el país requiere ese tipo de liderazgos aquí y ahora.

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