“El fenómeno más relevante del Chile contemporáneo ha sido el gigantesco cambio en las condiciones materiales de la existencia”, escribió Carlos Peña en una columna publicada por El Mercurio (y lo ha repetido en numerosos textos y entrevistas). Compartir ese punto de vista –no compartirlo es otra historia– nos lleva inescapablemente a un particular orden de ideas, excluyente de otros, sobre todo en el ámbito político. Si, en efecto, el cambio en las condiciones materiales de la existencia y la extraordinaria expansión del consumo de individuos y familias en las últimas décadas son el nuevo clivaje de la sociedad chilena, y ya no la adhesión religiosa o la clase a la que pertenecemos, por ejemplo, entonces son “las peripecias inmediatas de la vida” (Peña dixit) las que influyen decisivamente en la formación de expectativas de los ciudadanos y sus preferencias políticas.

En consecuencia, cuando esas condiciones materiales –ahora transformadas en principal dimensión de la vida cotidiana– se resienten o las expectativas de su mejoramiento no se realizan, puede esperarse un efecto directo en la satisfacción de las personas, un renovado malestar, reforzado incesantemente por las redes sociales, el mismo que estuvo en el origen del estallido social de 2019 y que fue mitigado por el acuerdo de la clase política en noviembre de ese año para darnos una nueva Constitución. En noviembre próximo habrán pasado tres años desde entonces, un tiempo largo para la paciencia cada vez más corta de los ciudadanos del siglo 21.

Entremedio, casi como un entretiempo, asomó la pandemia, no solo para desordenar el cronograma derivado de ese acuerdo –la conformación de la Convención Constitucional se debe en no poca medida a la reprogramación de la elección de sus integrantes–, sino que para empeorar las condiciones materiales de la existencia de la mayoría de los chilenos, que solo encontraron alivio en los ahorros destinados a sus pensiones y en las transferencias de un Estado bien abastecido de fondos durante años de vacas gordas.

Agotadas esas vías pecuniarias, la mirada se tendrá que volver forzosamente al empleo y los salarios que, de hecho, fueron la fuente casi exclusiva de la prosperidad que gozaron los chilenos en los últimos 30 años –en otras palabras, crecimiento económico que genera empleo y mejora las remuneraciones–. En una sincronía que sorprendería al mejor guionista, el fin de los retiros (de los fondos de pensiones) y de las transferencias ocurre justo cuando asume un nuevo gobierno. Vaya paradoja, una alianza política inexperta que nunca lo tuvo en el centro de sus preocupaciones deberá poner al crecimiento entre sus más altas prioridades. No hacerlo sería políticamente suicida. La designación de Mario Marcel en el ministerio de Hacienda puede entenderse precisamente en ese sentido.

Más allá de esas otras dimensiones de la vida cotidiana –desafortunadamente la violencia se ha transformado en una de ellas– las condiciones materiales de la existencia a las que se refiere Carlos Peña, que ocupan un lugar central en el devenir de la experiencia vital de la mayoría de los chilenos, serán quizá la vara con la que medirán el desempeño del gobierno. Menuda tarea la del equipo económico que debutará en marzo próximo.

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