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Publicado el 26 octubre, 2021

Claudio Hohmann: 18 de octubre: ¿El lumpen o la otredad?

Ingeniero civil, ex ministro de Estado Claudio Hohmann

El lumpenfascismo/lumpenconsumismo y su violencia, que en su momento no pocos justificaron, sigue completamente fuera de control y no se divisa la forma de contenerlo.

Claudio Hohmann Ingeniero civil, ex ministro de Estado
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En un desgarrador ensayo escrito poco después de 18 de octubre de 2019, que últimamente ha cobrado notoriedad, la escritora y licenciada en filosofía Lucy Oporto Valencia caracteriza al estallido social como una “impostura insurreccional” protagonizada por el lumpenconsumismo y lumpenfascismo que depreda, saquea y destruye al compás de lo que ella denomina el teorema de la sociedad de consumo: la secuencia “tener, poseer, destruir”. En entrevistas recientes ha reafirmado su descarnada apreciación de entonces, escrita al calor de los restos humeantes de la revuelta de hace dos años, mostrándose abiertamente pesimista del curso de la crisis social y de su eventual salida: “nada ha cambiado en lo esencial, sólo veo la precipitación de esta pendiente a la barbarie”; “de la Convención Constitucional no espero nada” (Ex-Ante, 18 de octubre).

Su postura contradice casi en todo a la del sociólogo Manuel Canales, que ve en el estallido social el albor de una esperanza. “El 18 fue un grito, la marcha multitudinaria del 25 fue el anuncio de esa esperanza”, que dos años después seguiría viva. El proceso constituyente y la elección presidencial “han permitido que no se extinga” (La Segunda, 18 de octubre).

La tesis de Canales es que “octubre no es lumpen”, sino que sería la otredad, sujeto popular que ha salido de la pobreza, pero que a poco andar se queda atascado en la promesa meritocrática incumplida de un modelo que “no admite la movilidad social”. A su juicio el 18/O fue una revuelta de los defraudados que han vivido un doble castigo: no tener lo que querías y haberlo intentado, jugando en un sistema con puertas cerradas. Así se acumula una rabia masiva que en 2019 estaba pronta a estallar. Son los excluidos del modelo, “el baile de los que sobran”, que marchan por un cambio radical al orden de privilegios imperante. Y es en la Convención Constitucional donde, a juicio del sociólogo, la otredad, “que siempre fue como algo que no existía”, se hace presente y queda fielmente representada. En esa asamblea “aparece el pueblo y es mestizo”, todo un retrato de la diversidad chilena. De hecho, la preside Elisa Loncon, una profesora y mujer mapuche, que pronuncia el discurso inaugural del originalísimo dispositivo institucional sobre el que descansa en buena medida la posibilidad de una salida pacífica a la grave crisis política y social del país.

Pero allí donde Canales ve una otredad institucionalizada, un actor que hasta ahora no había podido mostrarse quién era -políticamente hablando-, Oporto teme en cambio “polarización, disolución, irracionalidad, corrupción, claudicación moral y derrumbe institucional”. Allí donde el sociólogo aprecia “una conciencia social inédita en la historia de Chile”, de sujetos que fueron invitados a ser individuos y siguen siendo masa hasta que protagonizan las marchas de octubre, la filósofa divisa “oscuridad, luchas intestinas por el poder y descomposición, como en los casos de Rojas Vade y Ancalao”.

El aniversario del 18 de octubre recién pasado ha sometido a una exigente prueba la validez de estas visiones a primera vista contrapuestas. Mirado con la perspectiva del tiempo -aunque dos años no es mucho todavía- resulta cada vez más claro que en el estallido social de 2019 confluyeron al mismo tiempo el lumpenfascismo/lumpenconsumismo -incendiando, asaltando y saqueando- con la otredad, cuyo territorio predilecto de expresión fue la explanada de la Plaza Baquedano, donde los primeros también se enseñorearon a sus anchas (en sus cercanías se sucedieron algunos de los actos más violentos del estallido social). Quiso el destino -¿o fue más bien deliberado?- que el mismo día en que la otredad institucionalizada daba inicio al debate de contenidos de la nueva Constitución, el lumpenfascismo/lumpenconsumismo volvía por sus fueros con la fuerza incontrolable de la violencia, desdibujando la que debía ser una fecha simbólica en el itinerario de la Convención. Ese trascendental momento, cuando por primera vez en la historia de la República se daba la partida a un debate democrático para escribir la nueva Carta Fundamental, fue interrumpido -invisibilizado- en medio de los graves disturbios que se sucedían an en numerosas comunas y plazas del país.

¿La esperanza de Canales o la pesadumbre de Oporto? Para no pocos chilenos, esperanzados como el sociólogo, el 18 de octubre de 2021 fue un choque de frente con la dura realidad que la filósofa había descrito con crudeza dos años antes. El lumpenfascismo/lumpenconsumismo y su violencia, que en su momento no pocos justificaron, sigue completamente fuera de control y no se divisa la forma de contenerlo. La masiva votación por el Apruebo, la alta representación de la otredad en la Convención Constitucional, la presidencia de Elisa Loncon, todo eso tiene sin cuidado a los violentistas. Pero esta vez la violencia está pasando la factura como de seguro iba a suceder, justo cuando su “legitimidad” social se ha reducido drásticamente. La inhabilidad o falta de disposición del sistema político para controlarla se constituye, ahora sí, en una amenaza viva para el proceso constitucional y, en definitiva, para la democracia misma.

Hace algunos años John Mickelthwait, exeditor de la revista The Economist, solía definirse como un “optimista paranoico”, declarando que “era razonablemente optimista del mundo en que vivíamos, pero profundamente paranoico de que las cosas pudieran salir mal”. En nuestro caso, ¿podríamos sentirnos optimistas paranoicos? Me temo que hemos transitado hasta un punto en que la pesadumbre de Oporto ha comenzado a instalarse también entre nosotros.

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