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Publicado el 20 de marzo, 2019

Claudio Arqueros: Movimientos y partidos

Tanto la marcha feminista como la por No + AFP permiten constatar que los partidos no están siendo protagonistas ni menos aún capaces de domiciliar los malestares. Por eso (entre otras causas) la política sigue entrampada en un presentismo cuyo horizonte parece no superar las coyunturas.

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Desde hace ya un tiempo los malestares y querellas ciudadanas vienen irrumpiendo y expresándose por fuera de la institucionalidad partidocrática, dando cuenta de más de algún déficit sobre los cuales vale la pena reparar. Claro, pues, de un lado, las subjetividades que explotan en las marchas y en las redes sociales develan el ascenso de la emocionalidad como una herramienta política que desplaza la racionalidad y el diálogo. De otro, es posible observar con preocupación que la representación catalizadora de las demandas sociales se asienta casi monopólicamente en los movimientos, dejando a  los partidos inmovilizados sin saber cómo reaccionar.

La marcha por No + AFP se gestó y expresó en una dimensión lateral a los partidos; incluso el entonces candidato Guillier se reunió con quienes lideraban aquel movimiento para negociar apoyo para la segunda vuelta presidencial, dejando ver la importancia que se les asignaba. Del mismo modo, la disputa política-mediática de la semana pasada sobre si el feminismo le pertenece a la izquierda o  responde a una preocupación transversal, oculta -a modo de  síntoma- el desplazamiento de la conflictividad hacia un imaginario movimientista que tensiona y debilita el rol  de los partidos como instituciones llamadas a avenar malestares y demandas ciudadanas. La izquierda reclama  el “derecho de propiedad” de esta ola, pero tanto la radicalidad de algunos sectores, como la proliferación acéfala con la que se han expresado los diferentes movimientos y el fracaso del llamado a huelga, han dejado hasta ahora un punto de fuga que posibilita transversalizar y subjetivizar el feminismo. Sin embargo, lo más relevante es que tanto este conato como la marcha por No + AFP permiten constatar que los partidos no están siendo protagonistas ni menos aún capaces de domiciliar los malestares. Por eso (entre otras causas) la política sigue entrampada en un presentismo cuyo horizonte parece no superar  las coyunturas.

A estas alturas, considerando cómo ha avanzado la pérdida de hegemonía partidocrática en materia de representación, una mixtura entre partidos y movimientos no parece un escenario tan crítico.

Una conflictividad sin partidos es riesgosa por cuanto la diseminación acéfala e indignación con la que se expresan los malestares pueden abrir paso a caudillismos y modus operandi populistas. Sin embargo, si la arteria institucional no es representativa y a la vez los malestares sociales adquieren un estatuto político (como el feminismo) en medio de un clima de conflictividades e insurgencias, entonces la política arriesga volverse caótica y estéril, quedando en deuda consigo misma y con la responsabilidad que la sociedad le endosa.

La ausencia de proyecto político en la izquierda aporta a este problema, tanto porque no logra encauzar las querellas como también porque alimenta la pasividad del gobierno y la mayoría de los partidos oficialistas frente a posibles escenarios de conflictividad. Avanzamos hacia expresiones políticas post partidarias y los partidos no parecen reflexionar ni sentirse interpelados. Por tanto, en último caso éstos debiesen hacer un esfuerzo por buscar un modo de convivir con el auge de los movimientos y encontrar causas que puedan domiciliarse institucionalmente, ofreciendo aquellas cosmovisiones que los movimientos no son capaces de engendrar.

A estas alturas, considerando cómo ha avanzado la pérdida de hegemonía partidocrática en materia de representación, una mixtura entre partidos y movimientos no parece un escenario tan crítico. Lo realmente grave es la parsimonia de algunos actores.

FOTO: SEBASTIAN BELTRANGAETE/AGENCIAUNO

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