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Publicado el 8 octubre, 2020

Claudio Arqueros: Memoria

Fundación Jaime Guzmán Claudio Arqueros

No es temerario ni reaccionario dudar que se puede llegar a buen puerto ahora con los mismos que, entre disfraces y bailes, llamaban a la desobediencia civil y avalaban a las líneas de violencia de la plaza Baquedano, sin importar la tragedia que vivieron los pequeños locatarios, los trabajadores que perdieron su sistema de locomoción y sus trabajos.

Claudio Arqueros Fundación Jaime Guzmán
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Ad portas de cumplirse un año del prematuramente llamado “estallido social” que -entre fuego, saqueos y desobediencia civil- abrió un proceso insurreccional, y a pocas semanas del plebiscito que se ofreció como dispositivo descompresor de la crisis que atravesamos, conviene hacer un poco de memoria para intentar entender qué se conmemora y qué podemos esperar.

El 18 de octubre de 2019 representa un texto aún difuso de leer, porque si bien debemos reconocer que esa tarde presenciamos una ebullición de los malestares no resueltos ni visibilizados incluso, también develó la perseverancia de algunos por romper la matriz del orden democrático. De otro modo, el intento por romper los torniquetes que sostenían teórica y fácticamente nuestra gobernabilidad venía ensayándose desde mucho antes de que los escolares irrumpieran en el metro. Ejemplos abundan: los atentados en la Araucanía desde hace años son parte de una “nueva normalidad” que aún no logran inmutar la imaginación legislativa de ninguno de aquellos parlamentarios ingeniosos en materia de pensiones; los mismos actores que prometían categóricamente un recambio pulcro de la política tenían discursos de elogio en nuestro Congreso al “legado” de movimientos terroristas, se fotografiaban con poleras de un senador asesinado por ese mismo grupo, y por si fuera poco, apoyaban desde un café parisino a los prófugos de ese crimen (crimen calificado por otra diputada como “bien muerto el perro”). Las casas de estudio también fueron sede para estos ensayos; basta recordar los sacrilegios contra figuras religiosas al interior de la Universidad Católica, y que el Instituto Nacional hace tiempo venía sufriendo la violencia que exponían en directo vía matinales -y contra la propia comunidad- los famosos overoles blancos.

En lenguaje y hechos, la violencia que se venía acrecentando en nuestro país, estalló el 18 de octubre. Después, en medio de exigencias ciudadanas por mejoras sociales que la promesa de modernización no había cubierto, fuimos observando un collage conformado visualmente por marchas, subjetividades indignadas, pero sobre todo, por una calle indómita que no quería nada más que destruir y destituir. Las veredas se transformaron en armas, los supermercados fueron saqueados, las avenidas principales se convirtieron en largas rutas peatonales debido a que no había estaciones de metro disponible. El comercio entero se tapó con latones, el país funcionaba hasta media tarde a la vista de todo aquel que corría para encontrar locomoción antes que las hordas les impidieran regresar a salvo a sus casas. En el Congreso (cómo olvidarlo) se juntaban los votos para destituir al Presidente de la República. Después, el 15 de noviembre se firmó el acuerdo sobre el cual aún no hay acuerdo, en marzo vino el paréntesis pandémico, y en eso estamos.

Transversalmente se reconoce el delicado momento que atravesamos, nadie se atreve a augurar cómo saldremos de nuestra crisis. Pero entre tanto, varios grupos del arco político (casi digo “de Izquierda”) nos intentan convencer de que podemos restituir la lógica de los acuerdos y convertir los últimos meses (y años) en un pasado impune y superado. Sin embargo, parece oportuno instalar la duda respecto de las condiciones de posibilidad de guiar un tiempo nihilista y tan esperado (ahora sí) por una parte de la Izquierda. Del mismo modo, no es temerario ni reaccionario dudar que se puede llegar a buen puerto ahora con los mismos que, entre disfraces y bailes, llamaban a la desobediencia civil y avalaban a las líneas de violencia de la plaza Baquedano, sin importar la tragedia que vivieron los pequeños locatarios, los trabajadores que perdieron su sistema de locomoción y sus trabajos. Tampoco cuesta mucho trabajo imaginar las condiciones bajo las cuales funcionará una eventual convención.

Más allá de la opción que gane el 25 de octubre próximo, y aunque nos sigan tratando de convencer que el problema de una elite es el problema de la calle (curiosa lectura), lo cierto es que el ciclo de conflictividad que atravesamos no se resolverá con una nueva Constitución. Suturar las cicatrices de nuestra sociedad es un trabajo que, a nuestro pesar, parece que no alcanzará a realizar esta generación de políticos.

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