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Publicado el 09 de enero, 2020

Claudio Arqueros: Me llaman calle

Esa calle no valora la representación ni tiene interés en  ser representada, le basta ser observada porque es derogante. No cree en la democracia representativa, porque no valora el acuerdo ni la autoridad. Lo quiere todo y de cualquier modo.

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Se ha vuelto recurrente en algunos círculos, tanto políticos como íntimos (aun cuando lo político ha infectado últimamente todos los espacios humanos), el reclamo -y la pregunta- respecto de cómo es posible que grupos tan reducidos puedan generar tanto daño y por cualquier motivo. La respuesta supone hacer transitar la reflexión sobre los nuevos modos de expresión de eso que, ya transversalmente, llamamos “calle”.

Aquello que se denomina hoy por hoy “calle” se asocia a grupos, no necesariamente masivos como sí persistentes, que han venido dislocando las formas en que entendíamos la conflictividad. La capacidad de levantar un conflicto ya ha dejado de depender de la masividad de las protestas y de la legitimidad de forma y fondo. Desde hace algunas semanas (vertiginosamente) ha comenzado a descansar en la transversalidad y radicalidad. Y, aun cuando hablar de “la calle” supone también una categorización de grupos que se niegan a ser uniformados conceptualmente  por las configuraciones políticas aún vigentes, sí se agrupan, comparten el espacio, la indignación, y se niegan a toda representación. Esos elementos los reúne y motiva a visibilizar horizontalmente focos o (micro) conflictos políticos.

La emocionalidad doliente y su capacidad de transmisión bastan para convertirse en conflicto, por eso que la forma de afrontar la demanda da lo mismo. Por eso además debe ser radical su expresión (nunca dialogante), y basta con que sea en cadena (y no necesariamente masiva). La hegemonía y homogeneidad de los horizontes políticos entraron hoy en cuestión. Atravesamos un momento, que como ya algunos actores del Frente Amplio exponen públicamente, ha mutado de demandante a destituyente. Esa calle no valora la representación ni tiene interés en  ser representada, le basta ser observada porque es derogante. No cree en la democracia representativa, porque no valora el acuerdo ni la autoridad. Lo quiere todo y de cualquier modo. Por eso funa, quema nuestros símbolos tradicionales, le quita el transporte público a quienes más lo requieren, humilla a los conductores, y cancela el derecho de miles de  jóvenes a rendir su PSU.

La normalidad se vuelve distópica porque el orden -en tanto contenedor y orientador- es hoy lo que se pretende derogar. Un cambio de modelo parecería incluso insuficiente, porque los héroes derribados, las banderas quemadas, las iglesias destruidas y las autoridades vilipendiadas, parecen reflejar un hastío más bien con todo paradigma. Por eso la masividad y legitimidad de la protesta es secundaria, porque la conflictividad abandonó también sus propios cánones y horizontes.

De otro modo, ¿a qué orden u horizonte apunta la calle destituyente si funaron a los actores que acordaron el proceso constituyente?

En medio de este paisaje, Baquedano resiste sintomáticamente como lo hace nuestra república, es decir, sustentado por una tradición pasada antes que por una defensa actual. Pero los intentos por derribar símbolos no partieron el 18 de octubre. Del mismo modo, suponer que la calle destituyente es fruto sólo de eso que se denomina “modelo”, es también una lectura insuficiente. Esa calle, sin gramática común, huérfana voluntaria de toda representación, que acusa el daño de las instituciones fundamentales, expele también ausencia de sentido. Sin sentido resulta difícil una convivencia política. Pero sentido implica orden, la pregunta es quiénes levantarán esa bandera, y cuándo.

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