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Publicado el 22 octubre, 2020

Claudio Arqueros: La fiesta

Fundación Jaime Guzmán Claudio Arqueros

El proceso que atravesamos está germinado por la violencia, y la democracia y los demócratas se esfuerzan a diario por ganar esta disputa.

Claudio Arqueros Fundación Jaime Guzmán
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Los medios de comunicación comenzaron a interpretar, a través de notas de prensa, analistas y comentaristas, lo que debiese ocurrir el domingo. Abundan los intentos por describir la importancia simbólica del plebiscito, por adelantar resultados aproximados, y también por situar el lugar de la violencia en el proceso que partimos el 15 de noviembre pasado. Entre tantas miradas, podemos permitirnos distinguir entre aquellos que intentan separar los actos violentos del curso plebiscitario y quienes condicionan lo uno a lo otro. Los domicilios políticos entre una posición y otra se mezclan.

Las últimas semanas se ha hecho evidente el esfuerzo de algunos analistas en distintos paneles por convencernos de que la violencia es aislada, y que el cauce constitucional caminaría por una ruta que estaría alejada de los grupos radicalizados e indómitos que aún vemos y padecemos. Es dable observar, al menos, dos problemas en este planteamiento. Primero, si consideramos que la democracia supone la deliberación racional en donde deben convivir las diferencias, claramente la violencia política que se ha tomado los diferentes espacios públicos (calles, casas de estudio), y ha pretendido tomarse otros (Congreso, ministerios, etc.), no puede entonces considerarse como una dimensión que no penetra al quehacer político, porque aquello implica obviar su radicalidad y las huellas que viene dejando. De otro lado, porque aquella descripción de un pilar medular de la democracia –mencionada hasta el cansancio el último tiempo- como es el acordar resolver pacíficamente las ideas, supone la condena estricta de los actos violentos, cuestión que, a decir verdad, ha escaseado en medio de esta revuelta. La tibieza, tal vez temor o coquetería sibilina de algunos con la violencia se oculta detrás de silencios, intervenciones confusas, acompañadas de un poquito de tos a ratos, sin parecer incomodar a conductores ni a las editoriales de algunos medios.

También hay aquellos que no separan la violencia de nuestro estadio político. Unos denuncian la gravedad de los daños que causan los grupos insurgentes que se han tomado las calles, y consideran que los resultados del plebiscito de este 25 de octubre estarán condicionados por esta realidad (falta de participación, temor, etc.). Otros, sin ningún desenfado (como ya lo han develado con más claridad y prestancia columnistas de mayor prestigio, lo admito), asumen la injusticia como sinónimo de violencia, para luego justificarla y anclarla como condición necesaria para entender el diagnóstico que hacen de nuestra crisis.  Curiosamente, estos últimos, no son sancionados como “ultras” ni “extrema izquierda” en los medios en que se han expresado.

Con todo, aseverar que este domingo asistiremos a una fiesta es –al menos- apresurado, y no porque un acto democrático no suponga serlo, sino porque el proceso que atravesamos está germinado por la violencia, y la democracia y los demócratas se esfuerzan a diario por ganar esta disputa. No sólo la preocupación por los desmanes que puedan ocurrir durante el plebiscito da cuenta de esta realidad, o las declaraciones de parlamentarios que buscan plegarse a la calle indómita. Es el mismo plebiscito, consagrado en el acuerdo de noviembre, un intento político por buscar una salida a la anomia violenta que se desbordaba -y se desborda todavía-  por nuestro país.

Dado que nadie (ni los pesimistas ni los optimistas) puede asegurar cómo saldremos de nuestra crisis, esta columna es apenas un esfuerzo por constatar algunos elementos medulares que marcan este proceso, aun cuando para algunos sean meros adornos poco estéticos al que deberíamos resignarnos.

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