El convulsionado proceso de Codelco y el Gobierno de iniciar cierre de la Fundición de Ventanas ofrece la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas fundamentales del arte de gobernar y de aplicar políticas públicas que favorezcan el desarrollo económico y el cuidado del medio ambiente. ¿Fue correcto lo que hizo el gobierno? ¿Fue “apresurado”, como lo declaró la Sociedad Nacional de Minería (SONAMI), representante de uno de los grupos afectados? ¿Terminará bien todo este intento?

Mi opinión es que lo realizado es digno de admiración, y mis felicitaciones más sinceras a quienes se jugaron por esta decisión: al presidente del Directorio, directores y altos ejecutivos de Codelco y, especialmente, al Presidente Boric. También a los dirigentes sindicales, que considero que actuaron muy responsablemente. Sí, puede haber sido apresurada la forma cómo se ha avanzado hasta ahora, pero hay cosas que  no se hacen nunca si no se hacen de una sola vez, corriendo el riesgo de equivocarse y dejar algunas heridas en el camino. Este puede haber sido el caso, pero los beneficios finales a la larga compensarán los costos, si es que en verdad se termina por cerrar esa Fundición. El problema es que esto no está asegurado y puede que no ocurra, terminando todo al final en puros costos y muy pequeños beneficios.

La decisión de cerrar la fundición de cobre de Ventanas está entre 15 y 20 años atrasada, por lo menos. Se habría evitado mucho dolor y ahorrado mucho dinero si se hubiera cerrado o reemplazado por una fundición nueva cuando el año 2005 se decidió que fuera a manos de Codelco. Esto ocurrió porque Enami no tenía fondos para modernizarla. Me correspondió participar en parte de ese proceso en que se enfrentaron dos posturas:       1) Que el Estado le entregara fondos a Enami para que ésta la modernizara, y 2) Que Enami la vendiera a inversionistas privados para que éstos la modernizaran o hicieran una fundición nueva (ya sea solos o con Enami como socio), pero siempre con un Contrato que la obligara a fundir los minerales provenientes de pequeños mineros que le entregaría Enami.  Al final se optó por una tercera (no)solución “intermedia”, que fue “venderle” la Fundición a Codelco, quién no la necesitaba ni la quería. ¿El argumento y el interés que al final predominó? Que se evitara la quiebra de Enami, y que no hubiera “privatización”. Así, se sacó la castaña con la mano de Codelco.

¿Qué es lo esencial que deja toda esta experiencia? A mi juicio muestra la deficiencia fundamental que tiene el Estado como productor de cualquier bien o servicio. Ese defecto es que cuando tiene problemas, no funciona, produce muy caro, queda tecnológicamente obsoleto o cumple su ciclo, la empresa estatal nunca cierra. Sigue funcionando con pérdidas pagadas con plata fiscal, es decir, de los contribuyentes, sean ricos o pobres (como U$470 millones sólo desde 2012 en caso Ventanas). Esta es la principal diferencia entre un sistema económico estrictamente socialista (como era la Unión Soviética y sus satélites) y un sistema capitalista o de mercado (como en Europa o los EEUU). Y fue esa característica del sistema económico socialista el que llevó al fin de ese sistema en Rusia, a la disolución de la URSS y al modelo chino. Ese Estado socialista fue incapaz de producir la variedad de bienes y servicios que podían proveer las empresas privadas a sus consumidores en occidente, hasta que los rusos se hastiaron. Por algún tiempo pudieron ser eficientes en industrias de equipos grandes y armamentos, pero más allá no pudieron llegar. 

El segundo defecto fatal del Estado como productor (y que además refuerza el primer defecto de no ser capaz de cerrar cuando no entrega lo que se espera de él),  es que el Estado es siempre Juez y Parte en conflictos entre intereses netamente económicos y otros no económicos, como es el caso del cuidado del medio ambiente o el cumplimiento de estándares de contaminación máxima. La primera obligación del Estado es el cuidado de la salud y la vida de la población. Pero cuando ese mismo Estado tiene la característica o condición de ser también productor, se las arreglará para poner estándares ambientales menos  exigentes para lo que produce, se atrasará en actualizarlos o será menos riguroso en fiscalizar empresas en que tiene responsabilidad como propietario. Este fue también el caso de la Fundición de Ventanas. Véase al respecto el excelente reportaje en el diario La Tercera/Pulso del 26-6-22. Finalmente cuando hay conflictos de objetivos, se hace posible que se metan a operar otras empresas privadas al amparo de los bajos estándares que consiguen las públicas o estatales, multiplicando así el problema y dificultando su solución.

Esas mismas deficiencias que tiene el Estado como productor de bienes, también las tiene como productor de dos servicios que una mayoría en nuestra cultura contemporánea todavía supone que debe proveer directamente el Estado por obligación (y a veces sólo el Estado). Me refiero a servicios de salud y de educación. En el caso de las escuelas básicas y liceos, por ejemplo, son centenares los casos en que muchas de ellas debieran haberse cerrado hace tiempo. No se justifican. Tienen muy bajas matrículas, bajo desempeño y muchos profesores y salas por alumno. Cuestan muy caro y entregan enseñanza de baja calidad, medida ya sea con Simce o Tests Internacionales. Pero qué hace el Estado con ellas: suprimir el Simce. Casi nunca cerrar escuelas de bajo desempeño y llevar los niños en minibus a colegios mejores que sería más barato (ver ernestotironi.blogspot.com). 

Y el tercer defecto del Estado como productor es la excesiva intervención de los empleados y políticos en las decisiones de las empresas estatales, a menudo unidos bajo un Partido. Por ej., el Colegio de Profesores y el PC. A menudo para mantener el status quo, ganar poder o reservarse monopolios, como es el caso de Correos de Chile.

Y a pesar de todas estas deficiencias y evidencias históricas, la Convención nos propone un borrador de Constitución que intenta dar más preponderancia al Estado como productor directo de bienes (litio), servicios (educación y salud públicas, Fonasa) y otras. En cambio, no dice una palabra sobre modernización del Estado, renovarlo, quitarle grasa, desarrollarle musculatura. Votar Apruebo sería retroceder un siglo en la historia, y volver a las ilusiones infantiles del comunismo antes de la experiencia de la Unión Soviética, sin haber aprendido nada de las evidencias concretas de los últimos 100 años.

*Ernesto Tironi es economista.

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