El desplome en la aprobación ciudadana que han sufrido el Presidente Boric, su gobierno y la Convención Constitucional, así como la incertidumbre que causa la radicalidad del borrador de constitución que dicha asamblea redacta, esbozan un cuadro que treinta días atrás nadie pudo haber presagiado. Para unos constituye un desastre; para otros, augurio de que la sensatez y el sentido común retornan al país. 

En este marco, numerosos analistas, políticos e instituciones demandan que el gobierno trascienda su condición de no nato y asuma con eficacia, pericia y urgencia la responsabilidad que le corresponde en ámbitos tan sensibles como el desborde migratorio, la delincuencia desatada, el narcotráfico que llena los vacíos de poder, la consolidación terrorista en la Araucanía y la inserción de Chile en el mundo (modernización del acuerdo con la UE y ratificación del TPP11, entre otros) puesto que del comercio mundial vivimos. 

Lo que desperfila a la administración son las (al menos) dos almas que la conforman, tensionan y dividen. Por un lado, el alma socialdemócrata, reformista, de aires europeos, pragmática, que cree en la democracia liberal y la economía social de mercado, que desde la vuelta de la democracia ha gobernado durante más de 24 años y que valora parte de los logros nacionales de los últimos tres decenios. Por otro lado late el alma radical, refundacional, autoritaria, que alientan comunistas, frenteamplistas, voceros de pueblos originarios y fuerzas populistas, iliberales, identitarios, detractores de la sociedad abierta y el mercado, proclives a Cuba, Venezuela, Rusia y Corea del Norte, admiradores del estado plurinacional diseñado por Álvaro García Linera, vicepresidente de Evo Morales.   

Dada la dramática caída en la aprobación, Boric tendrá que decidir (quizás lo haga después del referéndum de salida) con qué alma se queda y viste, ya que es imposible construir una casa sólida empleando planos diferentes. El mandatario no puede seguir navegando con timón dañado, carta imprecisa y vientos encontrados. Es decir, debe definirse: o bien opta por una alternativa que priorice la recuperación de la seguridad, la certeza jurídica, la paz y la prosperidad, e imponga el pleno estado de derecho, brinde garantías a la propiedad privada y a la inversión, y abogue sin dobles lecturas por la unidad de la nación y la integridad territorial, o la actual deriva puede arrastrar a Chile a un aquelarre de “revolucionarios moleculares”, a la consolidación de la anomia y a un estado ya no líquido, sino gaseoso. 

En una reciente visita a Madrid en el marco de la Fundación AthenaLab, y tras reuniones con políticos e intelectuales españoles de izquierda y derecha, tuve la impresión de que nuestras críticas circunstancias han colocado a la socialdemocracia europea, en especial a la española, y sin que ella lo haya buscado, ante un enorme desafío y una gran oportunidad: contribuir a través de la persuasión a la recuperación de la estabilidad de nuestro país.

Nuestras circunstancias han colocado a la socialdemocracia internacional ante la gran oportunidad de incidir hoy como pocos protagonistas internacionales en la estabilización del país.

En pocas palabras: ¿Qué es Gabriel Boric en términos políticos, más allá de su retórica y su preferencia por lo simbólico? ¿Un izquierdista radical o un socialdemócrata? Hasta la primera vuelta presidencial, fue lo primero tanto por su historial universitario y parlamentario, por su apoyo al estallido social sin condenar la brutal destrucción de la propiedad pública y privada, y por su programa presidencial. Se impuso en las primarias de su sector gracias a que derrotó al favorito, el comunista Daniel Jadue, lo que implicó conquistar para su opción a muchos de los radicales jadueístas.

Pero tras la primera vuelta presidencial, cuando alcanzó poco más de 25% de los votos y fue derrotado por José Antonio Kast, Boric se torna -al menos en el verbo- socialdemócrata. Este giro drástico que tuvo lugar en horas, una conversión express como pocas veces vista, le permitió sumar a partidos de la Nueva Mayoría para tonificar el alma socialdemócrata que requería para alcanzar el triunfo en segunda vuelta.  Por lo tanto, no sólo en el gobierno de Boric, sino también en el propio Presidente habitan dos almas nada fáciles de conciliar y menos consustanciar. 

La interrogante lógica que emerge es ¿cuál de esas almas primará tras el baño de realidad que hoy propinan las encuestas y mañana obsequiará el referéndum? ¿Volverá el mandatario al alma primigenia, virtuosa y nívea como la tela que anhela el pintor para crear, o se atrincherará en el alma novísima que transita ya recargada de luces y sombras por haber ejercido el poder durante decenios? ¿Primará el alma de la virginal utopía o la ya experimentada alma que lleva el sabor de “las mieles del poder” en el paladar? ¿Se impondrá en Boric el alma encantada por los sueños y el buenismo, o el alma que exige la ardua gestión diaria, el duro aterrizaje en el terreno, la fatigosa labor de entregar desde los fríos salones  de La Moneda lo que se prometió entre el ardor y el fervor de la calle?

No todo depende exclusivamente del Mandatario. Sobre la mesa reposa -se agita, más bien- otra carta, chúcara y con rienda suelta, la de la Convención Constitucional, que si bien no depende formalmente del ejecutivo, lo cierto es que los sectores hegemónicos que redactan el borrador de la constitución intiman con el gobierno como la enredadera con la reja por la cual trepa. De no ser así, no zarandearían al oficialismo los tira y afloja entre hacer claque por el borrador o practicar la debida prescindencia. 

Visto todo esto, quien parece estar llamado a jugar un rol moderador en el proceso político chileno es la socialdemocracia europea, que observa con inquietud el avance en la región de las fuerzas situadas a su izquierda (en Bolivia, México, Nicaragua, Venezuela, etc.). En este sentido el expresidente Ricardo Lagos mostró una alternativa no binaria en una entrevista reciente al recordar que un triunfo del Rechazo no sería dramático ni implicaría el retorno a la constitución de Pinochet de 1980 sino a la de él, la de Lagos del 2005 (firmada en su momento en La Moneda por él y todos sus ministros), puesto que esta es la que nos rige. De este modo, y como otros políticos, mostró tranquilizadores cauces institucionales y democráticos para el caso de que triunfe el Rechazo.

La socialdemocracia europea puede contribuir así al nacimiento de un nuevo referente reformista, viable y democrático para la región, alejado del populismo y el extremismo refundacional.

Si la socialdemocracia europea también logra aportar buenas razones y argumentos para que en el gobierno pese más su alma afín, y Boric opte por imprimir sin ambages un reformismo viable y mesurado, respetuoso de la democracia liberal y la economía social de mercado, que no arroje por la borda los logros de los últimos decenios del país y descarte de plano la tentación populista, en ese caso la socialdemocracia, reitero, estaría contribuyendo a la estabilización de Chile y también a superar su propia crisis de identidad como institución. 

Basada en sus convicciones moderadas y consciente de la competencia que le hace la izquierda radical en la región, la socialdemocracia podría contribuir  a diseñar un referente fresco en un país que exhibe un respetable soft power regional y los mejores índices de calidad de vida en América Latina. No sería algo inédito puesto que tanto la transición española como su experiencia constitucional de los setenta y los pactos de la Moncloa inspiraron nuestra propia transición democrática. 

De este modo la socialdemocracia podría ayudar a proyectar no a un nuevo Rafael Correa, Evo Morales o Néstor Kirchner sino una alternativa cercana al sello del expresidente uruguayo “Pepe” Mujica, quien ya advirtió a la izquierda chilena sobre el riesgo de formar constelaciones políticas que terminan siendo “bolsas de gatos” y de confundir el delirio de las campañas con el sobrio y a ratos grisáceo ejercicio del poder en una democracia. 

La socialdemocracia europea, en especial la española, puede contribuir así al nacimiento de un nuevo referente reformista, viable y democrático para la región, alejado del populismo y el extremismo refundacional. Pero corre también el riesgo de perder esta oportunidad y que Chile derive en las manos de la izquierda radical, un escenarios que perjudicaría desde luego a Chile, pero también a la región y a la propia socialdemocracia internacional.

*Roberto Ampuero es escritor, excanciller, ex ministro de Cultura y ex embajador de Chile en España y México. Profesor Visitante de la Universidad Finis Terrae.

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