Si no fuera por la pésima imagen del gobierno y los prejuicios de los kirchneristas que prefieren autocracias como Rusia a las democracias occidentales, la Argentina podría estar en la mira del mundo. Está en mejores condiciones que cualquier otro país para mitigar el daño que causará en la economía internacional el hueco dejado por Rusia y Ucrania. Y aun cuando, terminada la guerra, Ucrania recuperara el lugar que tenía en el sistema comercial mundial, es probable que el boicot a Rusia dure varios años.

No se trata de un tema menor para un país que debería verse beneficiado por lo que, para muchos otros, ha sido un desastre descomunal. Se prevé que pronto haya hambrunas en los países africanos y medio-orientales que están acostumbrados a importar el trigo que necesitan del “granero de Europa”. Por lo demás, Alemania, Italia y otros países de la UE están en apuros luego de decidir, por la presión de la opinión pública y contra lo que consideran políticamente correcto, que no podrán continuar dependiendo de los hidrocarburos rusos que les cuestan casi mil millones de dólares diarios. Para Europa es urgente encontrar alternativas. Puesto que la Argentina sigue siendo una potencia agrícola, y en Vaca Muerta cuenta con una de las reservas de gas más grandes conocidas, de no ser por los problemas de raíz política e ideológica que la mantienen paralizada, estaría preparándose para ayudar a los europeos a prescindir de las exportaciones energéticas de Rusia, lo que posibilitaría la llegada al país del tantas veces vaticinado “torrente de inversiones”.

Años de degradación institucional

Pero, una vez más, la oportunidad pasará de largo. La crisis crónica del país es la consecuencia previsible de la miopía populista. Pareciera que los argentinos se han acostumbrado a vivir a centímetros del abismo.

Cristina Kirchner no oculta su voluntad de reemplazar al gobierno que engendró por otro que esté a la altura de sus expectativas, pero, al igual que muchos otros políticos, cuando habla alude a un país radicalmente diferente de aquel en que vive el resto, uno en que no hay límites al dinero que el gobierno puede repartir para asegurar la felicidad del pueblo y la suya propia. Claro que se abstiene de entrar en detalles sobre lo que a su juicio se debería hacer, acaso porque lo único que se le ocurre es duplicar o triplicar el gasto público, como viene haciendo desde hace quince años.

Para la mayoría de la clase política argentina, señalar que los recursos no son infinitos es propio de reaccionarios mezquinos que odian a los pobres, cuando no de “neoliberales”. Que un porcentaje importante de la sociedad argentina acepte esta narrativa es, en parte, consecuencia de décadas de súper producción legislativa; del abandono del principio de la división de poderes frente a una justicia que es una velada caja de resonancia de poderes fácticos, del fin de la igualdad ante la ley y de la degradación consensuada de todos los principios republicanos, arrodillados ante un mecanismo de extorsión y reparto.

Una frontera económica

Para Chile la lección no es menor. La economía es una ciencia imperfecta porque, a diferencia de las llamadas “duras”, es difícil comprobar sus premisas mediante experimentos. Pero la historia, excepcionalmente, produce laboratorios: las dos Alemanias permitieron comparar las virtudes y los defectos de la economía socialista frente a la liberal, y la separación permanente entre las dos Coreas pone de manifiesto la eficacia relativa de la economía abierta frente a la economía autárquica.

Pues bien, durante décadas, se fue creando frente a nuestros ojos, siempre que se quisiera ver, un nuevo laboratorio en Latinoamérica. Hasta hace unos pocos años la cordillera de los Andes era una frontera económica y no solo geológica, entre dos estrategias. Viajar de Buenos Aires a Santiago de Chile, un viaje de apenas dos horas, equivalía a pasar de un país crónicamente subdesarrollado a otro a punto de alcanzar el desarrollo con la eliminación de la pobreza. Chile crecía, mientras que Argentina retrocedía.

El contraste entre los dos países y sus estrategias divergentes era significativo: la cordillera separaba, cada vez más, dos visiones del continente. En la Argentina los regímenes políticos tenían tintes autoritarios, las decisiones económicas eran (y son) abiertamente anticapitalistas y hostiles al mundo, y las políticas, redistribucionistas y anti productivistas. Por el contrario, Chile se abría paso en el escenario internacional cumpliendo con los únicos requisitos que pide el mundo: un estado de derecho sólido para atraer empresarios e inversores, una moneda fiable y gobiernos previsibles. 

Premio a la delincuencia

La situación cambió el 18 de octubre de 2019 cuando Chile se convirtió en un campo de batalla de un solo contrincante. Aunque es cierto que el país había dejado de crecer desde el segundo gobierno de Bachelet y su política de la retroexcavadora, la situación parecía encausable, tanto que la mayoría eligió un gobierno de derecha con marcado tinte de gestión y eficiencia. Pero una puesta en escena orquestada arteramente, que esperaba un disparador cualquiera, como pasó a ser el aumento del precio del boleto del metro, cambió brutalmente el panorama. A partir de ahí, el neoterrorismo subvencionado que defendía a las clases oprimidas se encargó de destrozar los medios de transporte de esas clases, sus templos, saquear sus comercios y romper su tranquilidad. El monopolio de la fuerza que los ciudadanos ceden al Estado, y que es la razón de su existencia, no estuvo a la altura de la afrenta.

Los violentos lograron un referéndum que fue un premio a la delincuencia, al atropello y a la astucia de aplicar un método que consiste en despreciar, exitosamente, todo principio democrático. Toda la izquierda -política, intelectual y artística- dio basamento discursivo a las protestas delincuenciales, mintiendo sobre la pobreza, el acceso a la educación y la salud, mostrándose totalmente impune frente a los datos. 

Hoy, después de diez meses de trabajo, la convención constitucional que surgió de aquel engendro de violencia acaba de terminar un borrador de lo que espera pronto sea la ley suprema nacional. Esa nueva constitución va a surgir de la adscripción moral e ideológica de los grupos más violentos del país que abiertamente han despreciado la democracia; esos mentirosos, ambiciosos, impredecibles y sin escrúpulos ni temores que pretenden controlar a los demás y vivir en el mundo de privilegios que sólo el Estado es capaz de ofrecer. El miedo que implantan los ha traído a donde están y siempre están dispuestos a ir por todo. No es casual, por tanto, que estén en juego la iniciativa privada, la voluntad individual, el derecho de propiedad, el principio de equilibrio y el contrapeso entre las instituciones republicanas. También se juega la legitimidad de la sujeción a la ley. La democracia no es la panacea, pero cumple una función sanitaria al asegurarnos cierta alternancia en el reemplazo de las elites y, en tanto haya competencia política, es un seguro para la libertad de los individuos. 

Instrumentos de la tiranía

Ni la Argentina se atrevió a tanto. Aunque allí el populismo esté normalizado de hecho, los políticos no cuentan con el apoyo para encarar una reforma que dé por tierra con las instituciones republicanas que la Carta Magna del país consagra para establecer, en su lugar, instituciones castro-chavistas del corte de las que se están diseñando para Chile. Es cierto también que quizás los principios alberdianos nunca fueron asimilados culturalmente por una mayoría, pero han rendido sus frutos y siguen funcionando como un freno a la ambición de poder que muestran las clases dirigentes. 

Por ello urge en Chile enfrentar a este grupo de personas que quieren realizar una transformación radical del país con su propia agenda de poder, porque están dispuestos a saltarse a la torera la libertad, la separación de poderes y la igualdad ante la ley, elementos apreciados como “de poca monta”, y convertir las instituciones de la democracia en instrumentos de la tiranía, tal y como se hace en Cuba o Venezuela.

El filósofo Blaise Pascal, al reflexionar hace cuatro siglos sobre el relativismo, señalaba que lo que parecía verdad a un lado de los Pirineos se percibía como un error del otro. La cordillera de los Andes desempeñaba hasta hace poco la misma función significativa: ¿verdad al oeste de la cordillera y error al este? Es probable, pero, por desgracia, las víctimas de cualquier error de juicio serán más bien los ciudadanos y no sus dirigentes equivocados.

*Eleonora Urrutia es abogada, máster en economía y ciencias políticas.

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1 comentario

  1. Con una clase politica ignorante, inepta y buenista que solo piensa en salvar sus propios privilegios y que desea darse el gusto de seguir ostentando el poder para alimentar a su propio ego, no esta capacitada para salvar a Chile. Por otra parte, la Centroderecha que ya es un cadaver politico, hecho que se constato con la influencia negativa de Sebastian Piñera y los piñeristas de hacer de Chile un pais globalista y manejado por la ONU, pero, conservando sus privilegios. Y hoy se ve como estan desesperados por seguir efectuando acuerdos politicos con la Izquierda y para eso no ven otra solucion de inclinarse por la opcion Apruebo. Chile Fuimos es un grupo de traidores, antichilenos y antipatriotas. Y el unico partido que hoy va por la opcion Rechazo es el Partido Republicano. Es muy penoso ver como aquellos que debieron haber protegido, conservado y desarrollado nuestra nacion, son los peores enemigos del pais que lo vio nacer.

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