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Publicado el 29 de diciembre, 2015

Chile, el país del “copiloto”

Con los años me convencí de que Chile es la sociedad de los "copilotos" y que no soportamos la soledad en el puesto de trabajo. Somos un pueblo gregario y eso se expresa en este aspecto laboral.
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Cuando era chico, muchos buses (llamadas “micros” o “chaucheras”) de Valparaíso llevaban una leyenda en el espejo retrovisor central, que  decía: “Sólo Dios sabe si llego” o “Dios es mi copiloto”. Leer esto mientras el vehículo bajaba desbocado por las calles empinadas y sinuosas del puerto, adquiría un tono espeluznante. Si las mujeres reclamaban (los hombres hacían como que no iban en el bus), el chofer, acelerando,  respondía burlón: “Ojo con lo que dice el espejo”.

Lo del copiloto me llamó la atención porque yo no había volado entonces, pero sabía que los aviones de pasajeros llevaban copiloto. ¿La razón?, preguntaba uno, y al final la única respuesta satisfactoria era la más sencilla: por si se muere el copiloto. Eso tenía sentido: el copiloto era importante y por eso debía estar presente.

Con los años y tras vivir afuera, comencé a darme cuenta que vivimos en la sociedad del copiloto. Donde uno vaya, encuentra a una persona que realiza un trabajo determinado y a su lado otra, que está ahí de simple copiloto.

De partida, cuando uno sube a un bus encuentra a menudo al chofer con un acompañante. Antes, cuando casi nadie tenía auto, llevaba a su lado a la novia, esposa o admiradora. El chofer conducía, cobraba y, principalmente, conversaba con la copiloto. Hoy, hombres hacen más bien el rol de copiloto, y con él conversa el chofer y la plática parece ser lo central y la razón por la cual le pagan.

Algo semejante ocurre en panaderías y almacenes. Junto a la cajera hay por lo general alguien con quien conversa. Recomiendo acercarse con respeto, tratando de no interrumpir para no buscarse enemigos. Lo mismo ocurre en la caja de ciertas fuentes de soda y supermercados: junto a la cajera hay copiloto. Así, uno puede pagar e irse sin que la cajera le haya visto la cara ni haya dejado de conversar.

Cada vez que visito a algún amigo que vive en departamento, me encuentro con que el portero dispone de copiloto. Por lo general, es un hombre que se acoda en el mesón de recepción con aire inquisidor, que lo escruta a uno como si molestara y que reanuda la conversación cuando uno se aleja. ¿Quién le pagará a los “copilotos”?

En muchos buenos hoteles ocurre lo mismo, sobre todo en el restaurante a la hora del desayuno. Los mozos suelen estar en pareja, conversando o riendo, de espaldas a los huéspedes, las jarras de café enfriándose en las manos. Uno trata de no impacientarse para no interrumpir la plática matinal, pero a veces el tiempo apura y no queda más que llamar al mozo. Eso no gusta mucho, desde luego.

Al regresar de viajes internacionales he notado que los “copilotos” también aparecen a veces en las casetas de inmigración. Es una categoría especial, eso sí: son dos oficiales de inmigración que, al quedar uno frente al otro, conversan mientras chequean pasaportes. Esos son “pilotos” que al mismo tiempo operan como “copilotos”, de modo que uno a veces no sabe si están hablando entre ellos o con uno. Hace poco presencié la experiencia extrema: una oficial que, junto con conversar con su vecina, tenía encendido el IPad con un video de Lady Gaga y controlaba mi pasaporte. ¡Notable!

En fin, con los años me convencí de que Chile es la sociedad de los “copilotos” y que no soportamos la soledad en el puesto de trabajo. Somos un pueblo gregario y eso se expresa en este aspecto laboral. Ignoro cómo funcionará esto en fábricas, campos, oficinas y en CODELCO, pero me imagino que es parecido. ¿Serán pagados o ad honorem, tendrán horario y beneficios, o sólo lo hacen por matar el tiempo? ¿De qué viven?

Admirable, en todo caso, esa capacidad de muchos compatriotas para hacer dos o tres cosas diferentes a la vez. Si los choferes de mi infancia porteña llevaban a Dios de copiloto, los chilenos de hoy somos laicos: llevamos a seres de carne y hueso de copiloto. De que son esenciales, son esenciales, ¡qué duda cabe!

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO:DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO

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