A la fiesta llegaron 4 y medio millones más

No hay que perder nunca la capacidad de asombro. El país dio un nuevo vuelvo por el resultado del plebiscito, pero sobre todo por la reincorporación masiva de ciudadanos a las urnas, que es lo que más efectos duraderos va a tener.

Cuando lo esperado era una diferencia a favor del Rechazo de 6 a 10 puntos, la distancia se duplicó. Las 16 regiones se manifestaron contra la propuesta de la Convención. El Apruebo depositó su confianza en la Región Metropolitana, Valparaíso y Coquimbo, sus baluartes, y allí también perdió.

No sorprende, eso sí, que los resultados sean más malos donde los problemas son más agudos como en la macrozona sur y el norte grande, con violencia y migración descontrolada. Tampoco asombra que el mapa del Apruebo se parezca mucho al voto duro de Gabriel Boric en primera vuelta, aunque castigado. Esto quiere decir que se perdió por amplio margen el voto de los indecisos y moderados. 

Lo más significativo, sin embargo, es la histórica participación de 13 millones de votantes. Por eso, la diferencia entre Apruebo y Rechazo fue de 3 millones de electores. El Rechazo superó en un millón de sufragios a los que optaron por cambiar la Constitución en el plebiscito de entrada. 

El voto obligatorio implicó el ingreso de 4 y medio millones de compatriotas que no habían votado nunca o no lo hacían hace mucho tiempo. Fue un notable giro a la moderación, mientras que el primer plebiscito fue interpretado como una llamada a producir un cambio sin límites conocidos. 

Cuando el silencio cambia de bando

La percepción inmediata del gran cambio producido ha sido transversal. Basta constatar el silencio en que ha entrado la izquierda radical, luego de meses afirmando que la voluntad popular exigía cambios igualmente radicales.

Sostener que el resultado se explica por la manipulación mediática y comunicacional de la derecha es de una pobreza argumental inaudita.

Si la derecha tuviera semejante control garantizado, nunca hubiera perdido una elección y, sin embargo, ha tenido derrotas resonantes en el último tiempo, incluyendo, sin ir más lejos, la representación lograda en la Convención.

La izquierda radical no ha logrado producir un análisis crudo y sincero de su propia responsabilidad en la derrota del 4 de septiembre. Con un mínimo de diálogo pudo ver aprobada la Constitución, pero lo desperdició al pretender ganarlo todo, dejando a sus adversarios reducidos a la impotencia.

Fue maximalista en sus objetivos, se consideró avalada por el estallido social y mantuvo en el texto formulaciones que fueron repudiadas. Cambiaron un triunfo apabullante en el primer plebiscito en una derrota masiva como la que nunca habíamos visto.

También la centroizquierda ha tenido dificultades en hacer un diagnóstico descarnado de la realidad en la que se encuentra. La escena que puede graficar mejor la diferencia de la que hablamos se puede encontrar en las palabras que la presidenta del PS dirigió a sus pares en el ascensor en que se retiraban tras firmar el compromiso de reformas a incorporar en el texto de la constitución: “acabamos de salvar el Apruebo”. El caso es que debió tener razón y no la tuvo. 

Hubo un tiempo pretérito en el que un compromiso formal de los partidos hubiera bastado para eliminar temores en el electorado. La actual debilidad de las organizaciones partidarias hizo que las cosas quedaran como antes, tal como si el compromiso asumido nunca hubiera existido.

En un nuevo comienzo

La mayor lección que dejará el Plebiscito es que la pizarra política ha sido borrada, con sus certidumbres de antaño y las agrupaciones de siempre. Viene un tiempo nuevo para actores políticos de recambio.

Lo que fue derrotado es la idea de que Chile marcha hacia cambios radicales en continuo incremento, que permitía desechar el patrimonio histórico acumulado. 

El triunfo del Rechazo fue celebrado por el heterogéneo conjunto de sus actores. Rechazar unidos, sin embargo, no es lo mismo que proponer unidos. El cuadro político no está fijo, al contrario, se va a empezar a mover ahora con una rapidez asombrosa y la razón es que el liderazgo conductor de la nación no ha sido elegido aún. Para escogerlo hay que aglutinarse en positivo.

Lo que fue derrotada fue la arrogancia más reciente, pero las arrogancias futuras seguirán siendo derrotadas. Estamos ante un despertar de los moderados.

La conquista de los recién llegados la intentará la derecha, la centroizquierda por el Rechazo y la que se jugó por el Apruebo en su versión reformista. Lo que viene, por lo mismo, es una competencia por la atracción de un electorado moderado, cuyo contorno recién se empieza a perfilar, pero que está presente, despierto y que ha tomado conciencia de su capacidad de decidir. 

Estamos en una transición y las transiciones son una pintura de secado rápido. En la nueva selva política las especies con capacidad de sobrevivir serán las más veloces.

*Víctor Maldonado es analista político.

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