Vivimos una época en muchos aspectos oscura, deriva que está estrangulando nuestra libertad. Sucede que la libertad está indisolublemente unida a la realidad, porque si no conocemos la realidad, no podemos elegir libremente. De ahí que quienes buscan imponerse pretendan también oscurecer y tapar la verdad a través de la negación de los hechos. En efecto, el ataque a la libertad de pensamiento, opinión y expresión está adoptando tintes orwellianos con la progresiva unanimidad mediática, sólo comparable a la de la prensa soviética tanto en uniformidad como en escaso respeto a la verdad, en asuntos de importancia clave para la sociedad y sobre los que prácticamente ni un solo medio ofrece un resquicio a posturas diferentes a las de la corrección política

¿Por qué no puede haber diálogo?

Hace un par de semanas el ejecutivo del HSBC, Stuart Kirk, hizo una presentación en una conferencia de inversionistas titulada “Por qué los inversores no deben preocuparse por el riesgo climático”, basado en la economía del ganador del Nobel William Nordhaus, en la que criticó a los reguladores bancarios por exagerar el riesgo financiero del cambio climático. A pesar de postular cuestiones de sentido común, y en lugar de entablar un diálogo razonable, el banco británico lo suspendió y sus pares lo cancelaron.

El Sr. Kirk simplemente dijo lo que muchos en su industria creen pero son demasiado tímidos para decir: el cambio climático representa un riesgo insignificante para la economía global y los balances bancarios. “Las advertencias sin fundamento, estridentes, partidistas, egoístas y apocalípticas son siempre incorrectas”. Añadió que los banqueros centrales tienen parte de la culpa de la crisis económica actual porque se han centrado demasiado en el cambio climático mientras ignoran riesgos más importantes e inmediatos, como la inflación. 

Y señaló otro aspecto evidente. El crecimiento del PIB mundial durante este siglo eclipsará con creces el impacto del cambio climático, y la humanidad encontrará formas de adaptarse. Porque así como Amsterdam lleva mucho tiempo viviendo varios pies bajo el agua, pese a lo cual sigue siendo un lugar muy agradable, a nadie va a importar si sucede lo mismo con Miami en cien años. 

En línea parecida se encuentra la discusión sobre el manejo del agua. Desde la época romana el tema, que evoca los espectaculares acueductos que llevaban agua a Roma y otras ciudades del Imperio fue del mayor interés. En las condiciones secas que caracterizan gran parte del mundo mediterráneo, el acceso al agua para riego fue crucial y el problema al que se enfrentaron fue el de cualquier sociedad en condiciones similares: cómo compartir el agua de manera que satisfaga las necesidades de los usuarios y al mismo tiempo la conserve para el futuro.

La Premio Nobel Elinor Ostrom dedicó el trabajo de su vida a analizar cómo las sociedades evitan la “tragedia de los bienes comunes”, una carrera hacia el abismo en la que todos tienen un incentivo para usar la mayor cantidad posible de recursos comunes. No es sorprendente que muchas de las soluciones que Ostrom consideró exitosas en las sociedades posteriores que estudió fueran adaptadas de los romanos. Una de estas soluciones fue convertir los derechos de agua en propiedad privada como hicieron los romanos en el período republicano (509 a. C. – 27 a. C.) al crear una servidumbre predial o rústica para el agua. Sin embargo, hoy en día, no se puede hablar de los derechos de agua y el gobierno se arroga todo el poder para sindicar la solución, despreciando miles de años de sabiduría. Y nadie puede opinar en contrario.

Frente a estos y otros casos cuya discusión es crítica para arribar a mejores soluciones, las élites han abandonado todo respeto a la libertad de expresión ajena y por ello resulta interesante abordar una discusión que a menudo acompaña semejantes desmanes. ¿De dónde procede este autoritarismo progre tan típico de nuestra época? ¿Por qué no puede haber diálogo, en las cuestiones más sensibles, en pos de arribar a las mejores soluciones?

Soluciones centralizadas

En primer lugar, existen personas que, por convencimiento o por conveniencia (y a menudo la última lleva a lo primero), creen que los problemas como el clima o el manejo del agua deben ser resueltos por el gobierno o por algún poder centralizado. Curiosamente, confluyen en el caso prosaicos intereses económicos y una desnuda voluntad de poder dirigida por iluminados con complejo de dios. Y es que quizás resulte obsoleto seguir confrontando poder estatal y grandes poderes económicos no porque uno de los dos bandos haya acaparado al final toda la responsabilidad, como se especulaba en plena guerra fría de parte de la izquierda y de la derecha, sino porque el poder político ha doblegado a muchas empresas, a quienes ha logrado silenciar y finalmente convertirlas en sus socios forzosos. Tanto el Estado como las grandes empresas coinciden en transmitir un único mensaje: el culpable, el que no está a la altura, el que debe modificar su vida (y a menudo hablan de “privilegios”) es el ciudadano de a pie. Por caso, en el Foro de Davos celebrado a fines de mayo y frente a decenas de jets privados allí congregados, las élites decidieron que es ya es hora de empezar a controlarnos uno a uno las “emisiones de carbono”. Tal vez mediante algún método similar al recién experimentado pasaporte covid. 

La cooptación de las empresas para imponer, mediante el poder de imperio, soluciones centralizadas es preocupante. Después de todo, las empresas han sido tremendamente eficientes en sus temas, y de ello da cuenta el fenomenal crecimiento que hemos tenido en los últimos doscientos años. Es esto mismo lo que representa un riesgo enorme: en aras de cumplir con los mandatos que les imponen bajo amenaza de cancelación y que son ajenos a los fines para los que fueron creados, las empresas pueden dejar de cumplir con su función. Basta considerar el largo y lento declive de General Electric, cuyo ex CEO Jeffrey Immelt fue el modelo del ejecutivo pro shareholders, posando en Vanity Fair como un portavoz contra el cambio climático y emitiendo pronunciamientos después del pánico de 2008 sobre los fracasos del capitalismo. Sin embargo, el Sr. Immelt falló en su deber de encontrar un modelo de negocio que mejorara las ganancias y el valor para los accionistas y ese fracaso no sirvió ni a clientes, ni a empleados, ni a proveedores, ni a las comunidades ni a los accionistas. 

Naturaleza intocable

Por otra parte, están quienes creen que es bueno para la sociedad que la naturaleza no se toque, como si no fuera inherente a cualquier ser vivo modificar su entorno para vivir. Desde su domesticación hace más de 400.000 años, el paulatino dominio del fuego ha determinado en gran medida la evolución de la humanidad. Así como la cocción de los alimentos condujo a una regresión de las mandíbulas y a un desarrollo del cerebro humano, las artes del fuego han dado lugar gradualmente a la civilización moderna. La cerámica, la metalurgia, los morteros de cal y cemento, las máquinas de vapor, la luz artificial, los motores de explosión y de reacción, la producción de electricidad, todos estos avances han estado indisolublemente ligados al fuego y, por tanto, a la producción de dióxido de carbono (CO2) mediante la combustión de madera, gas, petróleo u otras sustancias.

El aumento de la población mundial y el incremento del nivel de vida han provocado, por supuesto, un aumento de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Según el dogma imperante, se culpa al efecto invernadero atribuido a este gas de una alteración climática con consecuencias catastróficas de lo más variadas y, por tanto, la descarbonización en pocas décadas de las actividades humanas para luchar contra esta perturbación se convertiría en un imperativo. Sin embargo, retroceder milenios de ingenio humano es un desafío formidable, como ilustra el coste estimado por el Banco Mundial en ¡89.000 billones de dólares sólo para el periodo 2015-2030!

Vienen catástrofes

Por último, el factor miedo, que consiste en dirigir el punto de atención hacia la emergencia, la alarma, y la victimización de colectivos reales o ficticios. Con ello alcanza para desincentivar los cuestionamientos a las intervenciones estatales y a su nulo historial de éxitos. Dado el escaso miedo que produce, y con razón, un ligero calentamiento del planeta y el costo que significa “descarbonizar” la Tierra (durante los próximos años está previsto que gastemos 275 billones de dólares según la consultora McKinsey), la propaganda catastrofista se ha ido centrando en el supuesto aumento de fenómenos meteorológicos extremos. Pero esto no está ocurriendo, como reconoce el propio IPCC. Por otra parte “el análisis de las imágenes de los satélites que comenzaron a vigilar los incendios forestales en todo el mundo en 1998 mostró que la superficie quemada anualmente se había reducido en cerca de un 25%”. Más aún, un estudio publicado en Nature, basado en imágenes de satélite entre 1982 y 2016, concluyó que en los últimos 35 años la superficie forestal mundial había aumentado un 7%. 

El punto de fondo es que, negando hechos y ocultando realidades, estamos evitando una discusión real sobre la importancia de la energía proveniente de combustibles fósiles. El propio IPCC denuncia que “sólo la estabilización de la influencia humana en el clima exigiría reducir las emisiones per cápita de CO2 a niveles comparables a Haiti o Yemen”, es decir, exigiría volver a la pobreza de la que tantos siglos costó salir. 

El arma más poderosa de quienes pretenden imponer estas premisas es la “corrección política”, creación estalinista que intimida a través de la censura abierta o de la autocensura, nacida del miedo al ostracismo y que provoca que la gente se abstenga de expresar sus opiniones reales en público. En este sentido, las redes sociales son un peligroso coadyuvante de esta autocensura, pues están reeducando al individuo al exacerbar adrede la dependencia del qué dirán y del qué pensarán mediante el juego del palo y la zanahoria: el palo de la persecución inmisericorde del disidente y la zanahoria de una popularidad y de una admiración tan falsas como efímeras que conduce a la tiranía de la opinión pública tan bien fue descrita por Tocqueville hace casi dos siglos.

De este modo, se destruye la libertad de opinión y expresión, y se pueden imponer creencias aunque sean contrarias a la verdad o al sentido común, como hemos observado durante la epidemia del covid. 

Mas, allá donde prolifera el peligro crece también lo que nos salva, predijo Hölderlin, y en ese desprecio de nuestras élites por el individuo está la clave que nos debe orientar. Frente a gobiernos que se preocupan más de que usemos los pronombres correctos que de las menguantes clases medias o de eliminar la pobreza, que tienen un descomunal poder político con un gran poder económico económico domesticado, nos queda solo la posibilidad de unirnos. Y a eso que, unido, hace más difícil el ser vencido, es a lo que llamamos individuo, que está muy vigente por mucho que las elites crean que ha olvidado lo que significa libertad individual. 

*Eleonora Urrutia es abogada, máster en economía y ciencias políticas.

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