He sido pesimista sobre el devenir de Chile desde que se dio a conocer el programa del segundo gobierno de Bachelet. Veía que ese programa, graficado como la retroexcavadora del modelo neoliberal por el senador Quintana, iba a reducir el crecimiento, en un contexto en que además se había acabado el impulso de la bonanza del cobre. Me quedé corta, los resultados fueron peores a lo esperado. 

Tampoco me contagié del optimismo que se generó con el segundo triunfo de Piñera, porque pensaba que los daños del gobierno anterior eran bastante estructurales, y además por la posición minoritaria en un Congreso muy fragmentado y con mayor participación de la izquierda radical. Nuevamente me quedé muy corta en mi pesimismo; no me imaginaba que pudiéramos enfrentar un estallido de violencia, validado además por parte importante del mundo político y de la ciudadanía, que llevó a un cambio radical en la orientación del gobierno, y que se reflejó en la mayor irresponsabilidad y vulneraciones constitucionales por parte del parlamento en décadas. 

Lamentablemente, tampoco me logro contagiar del optimismo que ha generado en la mayoría el nuevo gobierno de Boric. Por el contrario, creo que enfrenta la situación más compleja de los últimos ocho gobiernos democráticos, y dudo que tenga la capacidad para salir airoso del desafío. A los problemas de inseguridad pública, narcotráfico y terrorismo en el sur, se ha sumado la inmigración incontrolada en el norte. En lo económico enfrenta una situación fiscal débil, junto con inflación al alza, que exige una política monetaria contractiva, con lo que las perspectivas de crecimiento de corto y mediano plazo son negativas. Por si fuera poco, se ha comprometido con un programa de reformas muy costoso fiscalmente, lo que exige implementar una nueva reforma tributaria, que volvería a caer principalmente en los dueños del capital, afectando la inversión y el empleo. Pero, sin duda, el reto más duro que enfrenta es la discusión constituyente, que es el verdadero “elefante en la cristalería”. Sabemos que la Convención y el triunfo de Boric tienen el mismo origen, y pueden arriesgar entonces el mismo destino. Es cierto que aún se conocen pocos artículos del proyecto constitucional, pero pensar que de ahí saldrá una propuesta razonable parece ser de una ingenuidad sin fundamento a estas alturas. ¿Tratará el nuevo gobierno de moderar sus contenidos? Si lo hace, ¿aceptarán los constituyentes la intervención del Ejecutivo? Muy difícil, aunque tampoco es viable pensar que el gobierno se reste de apoyar el proceso; sería una vuelta de carnero impresentable. Sin embargo, que se apruebe una Constitución inviable significa también el fracaso del gobierno, porque tendría que intentar gobernar con ella. Por otra parte, un menos probable triunfo del Rechazo en el plebiscito de salida será leído también como un fracaso del gobierno. Boric está en un zapato chino en esta materia, y se ve muy difícil que pueda salir. 

¿Va entonces el país como un camión en bajada y sin frenos, anticipando un choque inevitable? Intentemos ahora ver la parte medio llena del vaso. La agenda de reformas que busca implementar el nuevo gobierno es bastante más ambiciosa que la planteada por Bachelet II. Es de esperar entonces que aprendan de esa experiencia y busquen reformas con mayor sustento técnico, apoyo y gradualidad, para no repetir los errores que se cometieron entonces. El rol de Mario Marcel y su incuestionable seriedad técnica es absolutamente clave en este ámbito. Es de esperar que primen en materia de reformas las ideas socialdemócratas de Marcel por sobre el estatismo extremo del Partido Comunista. 

¿Y qué hacer en materia constitucional? Seguir dándole forma y contenido al discurso de los Amarillos. Es imperativo buscar una alternativa entre el muy mal proyecto que se está elaborando y la Constitución vigente. Todas las voces cada vez más preocupadas por lo que vamos conociendo, debemos dirigir ahora nuestra mirada a este nuevo Congreso, para que nos saque del entuerto en que nos metió el anterior. 

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1 comentario

  1. Promover la unidad en torno a la chilenidad es la respuesta que desalojará el odio y el resentimiento que se promueve para desprestigiar la legalidad y las instituciones y conseguir así el control político del Estado y los recursos que controla/puede controlar.

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