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Publicado el 06 de abril, 2019

Cecilia Cifuentes: La oposición cede a la presión frenteamplista

En el mundo real los impuestos a la renta, la inversión, el ahorro, la certeza jurídica y la simplicidad tributaria no son un tema de un grupito de ricos empresarios que sólo se relacionan entre ellos, sino que afectan a la sociedad en su conjunto, producto del sinnúmero de relaciones que nos vinculan.

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Hace algún tiempo le comenté a un ex ministro de Bachelet que a mi juicio el principal daño de ese gobierno, más allá de sus perjudiciales reformas, era cultural. Lo que está ocurriendo con la discusión tributaria parece confirmar mi postura. El gobierno anterior constituyó un claro intento de volver a vender en Chile el fracasado discurso de la lucha de clases, ahora no entre el proletariado oprimido por los capitalistas, sino entre los poderosos de siempre, los dueños de Chile, esos grandes empresarios siempre abusadores y coludidos contra la ciudadanía y los trabajadores.

Con ese discurso como telón de fondo se hizo una reforma tributaria que iba a pagar totalmente el 1% más rico y una reforma laboral cuyo fin era que los trabajadores pudieran obtener lo que les correspondía, apropiado injustamente por sus empleadores. “La huelga debe dañar a la empresa”, escuché decir más de una vez decir a parlamentarios oficialistas.

Los principales resultados de ese discurso divisionista son por todos conocidos; la reforma tributaria no la pagó el 1% más rico, recaudó mucho menos de lo esperado, y el empleo formal y las remuneraciones mostraron un comportamiento mucho menos dinámico que el de años anteriores. Afortunadamente, la mayoría de la población rechazó esa arenga de buenos y malos, no quiso “meterle la mano al bolsillo a los que más tienen” y apoyó a un gobierno que planteaba lo opuesto; “un compromiso por la unidad de todos los chilenos, con el diálogo y los acuerdos como el único camino que permite avanzar”.

La necesidad de perfeccionar nuestra legislación tributaria es más que evidente, no sólo para el gobierno y sus partidarios, sino también para líderes y técnicos de la oposición, y para importantes organismos internacionales.

Sin embargo, la discusión de la reforma tributaria, presentada ya hace ocho meses, se ha ido crecientemente acercando al discurso divisionista, de buenos y malos, y las críticas del Frente Amplio contra la reforma han pasado a ser los argumentos de toda la oposición. La necesidad de perfeccionar nuestra legislación tributaria es más que evidente, no sólo para el gobierno y sus partidarios, sino también para líderes y técnicos de la oposición, y para importantes organismos internacionales. La reforma en discusión tiene ciertamente más de un objetivo, pero sin duda el más importante es incentivar el ahorro y la inversión, condición necesaria para lograr mayores tasas de crecimiento, lo que además es la vía más directa para allegar recursos al gobierno. La integración del impuesto a la renta pasa a ser entonces intransable, pero es también la principal piedra de tope en la discusión, aunque los argumentos para el rechazo vienen todos de esa mirada miope de un mundo dividido entre ricos y pobres, malos y buenos.

#LosRicosPrimero es el slogan infantil que atribuyen al accionar del gobierno, y al que penosamente se ha ido sumando el resto de la oposición.

Los parlamentarios del Frente Amplio han llegado a argumentar que el gobierno tiene objetivos ocultos con esta reforma; beneficiar sólo a las grandes fortunas, ser un regalo directo a sus gordos bolsillos, con recursos sacados de la billetera del resto de los ciudadanos. #LosRicosPrimero es el slogan infantil que atribuyen al accionar del gobierno, y al que penosamente se ha ido sumando el resto de la oposición. ¿Resiste alguna lógica el que un gobierno cuyo objetivo central es salir reelegido busque como objetivo central beneficiar a sus ricos amigotes con el aporte de todo el resto del país? Es evidente que no, es volver a reeditar el discurso de división que les parece políticamente rentable en el corto plazo.

En el mundo real los impuestos a la renta, la inversión, el ahorro, la certeza jurídica y la simplicidad tributaria no son un tema de un grupito de ricos empresarios que sólo se relacionan entre ellos, sino que afectan a la sociedad en su conjunto, producto del sinnúmero de relaciones que nos vinculan. Un mejor sistema tributario nos favorece a todos, y principalmente a los más pobres, que no sólo necesitan el apoyo de un Estado con recursos, sino también del crecimiento económico, la vía más eficaz y directa para que mejoren sus condiciones de vida.

FOTO :PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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