Una de mis lecturas de verano fue la biografía de Pablo Baraona, escrita por la historiadora Patricia Arancibia. Hace un par de años había leído, de la misma autora, la biografía de Sergio de Castro, igualmente entretenida, y además, ambas testimonios de un período tremendamente importante de nuestra historia, en el cual estos dos economistas fueron notables protagonistas, junto a muchos otros que lideraron una profunda transformación institucional en Chile. Estoy convencida de que tenemos una gran deuda con aquellos que posibilitaron que nuestro país pudiera llevar a cabo esa tarea, que se tradujo en el reconocido liderazgo de Chile en la región en términos de indicadores económicos y sociales. 

No se trató de una tarea fácil y abarcó mucho más que roles en cargos públicos, sumando además cambios importantes en la docencia, dentro y fuera de las aulas, en la presencia en los medios de comunicación, en los gremios empresariales, y en los organismos multilaterales. No fue solamente implementar políticas públicas, sino también defender y explicar sus objetivos, y su profundo sentido ético, a pesar de que no sólo enfrentaron una fuerte oposición fuera del gobierno, sino también muchas veces al interior del mismo.

La misión fue exitosa, y así lo muestra el hecho de que los gobiernos democráticos mantuvieron con pocos cambios las reglas institucionales que se crearon en los 15 años previos, y que en lo puramente económico se pueden resumir en cuatro pilares: estabilidad monetaria, sostenibilidad fiscal, apertura comercial y financiera y desarrollo del mercado de capitales, fundamentalmente a través del sistema de capitalización.

Ahora que todo ese proceso enfrenta serios riesgos de ser revertido, con consecuencias que serán nefastas para el bienestar de la población, pienso que mi generación está en deuda con el país. No hicimos lo necesario para mantener y profundizar los cambios que lideró la generación anterior, deuda de que tiene magnitudes diferentes, dependiendo de lo que hicimos con la herencia que recibimos, aunque por supuesto, existen notables excepciones a esta norma.

La deuda más baja la tienen aquellos que, aprovechando las oportunidades que daba el país, se desarrollaron muy bien profesionalmente, lo que por supuesto es una contribución, y lograron difundir y explicar entre sus cercanos las bondades de una economía libre. Sin embargo, no cumplieron roles sociales, ya sea por ellos mismos, o contribuyendo con recursos a que otros pudieran realizar la tarea de educación y difusión de los principios de una sociedad libre. Se dedicaron en forma honesta y eficiente a sus actividades productivas, pero no vieron cómo la izquierda más radical trabajaba paciente y eficazmente en los colegios, las universidades, los medios de comunicación y la cultura. Creo que estos son la mayoría.

Después están los que se dedicaron honesta y productivamente a sus actividades profesionales, pero olvidando por completo su rol de defensa de ideas y principios, y que ahora ven con tristeza que sus propios hijos los condenan como “privilegiados del sistema”, mientras votan por la izquierda radical. A lo mejor ellos mismos no tienen muy claro por qué una economía libre es mejor, no sólo por generar mayor desarrollo económico, sino también por sus fundamentos éticos. Lamentablemente, me parece que no son pocos los que están en esta situación.

Por último, están los deudores más importantes, que son los menos, pero que han generado un daño enorme. Son aquellos para los cuales el éxito financiero es un fin en sí mismo, y no un medio para contribuir al desarrollo de la sociedad, y persiguiendo ese fin han considerado que todas las vías son válidas. Son aquellos que no han respetado la libre competencia, que se han aprovechado abusivamente de su superioridad de información frente a sus clientes y que han sido muy mezquinos para compartir los buenos resultados de sus empresas con sus trabajadores. Sabemos que este tipo de deudores existen, y han hecho un daño tanto o más grande que las malas políticas públicas de los últimos años, y que además dan pie para el discurso anti-empresa de la izquierda radical. Son los que de alguna manera han cavado su propia tumba, y no sólo la de ellos; con su falta de ética son causantes importantes del proceso de deterioro que hemos enfrentado en estos años. 

Las deudas se pagan, y mientras antes se haga, menores serán los intereses. Todavía estamos a tiempo de evitar que nuestro querido Chile vuelva a ser un caso de desarrollo frustrado por el triunfo de las fracasadas ideas del estatismo radical.

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