Hace un par de semanas, Axel Kaiser planteaba en una columna, a propósito de hechos recientes que han impactado a la opinión pública, que el nuestro es el país de las mentiras. Me parece que apunta a un tema muy de fondo, que tiene que ver con aspectos culturales negativos que deberíamos entonces modificar. Más allá de las mentiras escandalosas, como la de Rojas Vade, la falta de honestidad en lo que decimos y lo que hacemos es un hábito muy extendido en Chile, y que a la larga además termina perjudicando a los mismos que buscan ganancias de corto plazo en base a la deshonestidad, tal cual enseña el cuento de “Pedrito y el Lobo”.

Un claro ejemplo de lo que intento plantear es el resultado del último debate presidencial, en el cual, a juicio de la mayoría, Kast fue el claro ganador, punto que comparto. Y fue el ganador porque en todo momento dijo lo que pensaba, manteniendo siempre la coherencia de su discurso, sin importar si sus dichos eran o no del agrado de Twitterlandia. Esto contrasta con lo que suele verse en el mundo político, donde lo habitual es decir siempre lo que conviene en ese momento, que además crecientemente consiste en apoyar demandas populistas o consignas simplistas que pasan a ser trending topics. Pero no son sólo los políticos, son muchas las personas que suelen no decir lo que piensan realmente, sino lo que creen conveniente decir en determinado contexto. Entonces, si cambia el contexto, cambian también las opiniones. Sin duda, es una forma muy compleja de relacionarse con los demás, porque hace imposible la coherencia. Como apuntaba correctamente Kaiser, esto se da en todas las esferas, incluidos aquellos considerados líderes, lo que hace muy difícil para el resto formarse opiniones, si los que se supone deberían ser formadores de ideas se dejan llevar por lugares comunes y por conveniencias del momento.

Las causas de esta abundancia de lugares comunes, y de mentiras directamente, son de dos tipos: quedar bien frente a las audiencias, diciendo aquello que suena bien, la consigna de moda, y una segunda causa, desconocimiento del tema, que, en vez de reconocerse, se tapa con aquello saca del apuro del momento. Hablando directamente, las causas son cobardía e ignorancia. El problema además se ve agravado por la complacencia de los periodistas, muchas veces también contaminados de esas consignas simplistas.

Así es como nos hemos ido llenando de lugares comunes, ideas equivocadas que luego son la base de políticas públicas erradas, que nos están haciendo retroceder gravemente en la calidad de vida a que podemos aspirar. ¿Cómo corregir el problema? Lo primero es reconocerlo, y una vez reconocido, no buscarle justificaciones, ni menos victimizar a los que engañan. Lo segundo cae principalmente en el rol de los medios de comunicación, las facultades de comunicación, los periodistas y en general todos los que cumplimos roles formadores. Pero sin duda, lo más importante es que cada uno de nosotros se atreva a decir que piensa y defienda aquello en lo que verdaderamente cree. Se trata finalmente de cultivar la honestidad intelectual, junto con la suficiente humildad para declarar ignorancia cuando esta existe; eso no es pecado, la mentira sí lo es.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta