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Publicado el 04 de mayo, 2019

Cecilia Cifuentes: ¿Caeremos nuevamente en la trampa del ingreso medio?

La promisoria situación que tenía Chile a principios del S.XX no se mantuvo y el país dejó de crecer. ¿Qué pasó? Optamos por una creciente autarquía, junto con un progresivo intervencionismo estatal y habituales déficits fiscales financiados por la vía monetaria, lo que generó un permanente problema de inflación. ¿Rima la historia?

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En un interesante seminario realizado en el ESE Business School, el economista Cristián Larroulet presentó las principales conclusiones de un estudio sobre historia económica de Chile, el cual, al igual como muestran otros importantes escritos, reivindica la importancia de las instituciones en el proceso de desarrollo. Se suma en el análisis el rol clave que cumplen los liderazgos políticos para realizar estos cambios institucionales que permiten a los países mejorar en forma significativa las condiciones de vida de la población.

A este respecto, me sorprendió constatar que durante el siglo XIX nuestro país fue el que más creció en la región, permitiendo que se cerrara en forma significativa la brecha que nos separaba de Estados Unidos. Durante ese siglo el PIB per capita registró en Chile una tasa de crecimiento promedio anual de 1,4%, en comparación con 1,2% en Estados Unidos, lo que posibilitó que nuestro ingreso por persona pasara de un 48% del norteamericano, a un 60% a inicios del siglo XX. Hoy equivale a un 41%, por lo que en términos relativos efectivamente estuvimos mucho mejor hace más de un siglo.

En la primera mitad del siglo pasado nuestro país fue uno de los de menor crecimiento de América Latina, situación reflejada por Aníbal Pinto en su libro “Chile un caso de desarrollo frustrado”.

Los estudios de Larroulet y Couyoumdjian muestran que este éxito histórico chileno no se explica, como se suele plantear, por el boom del salitre, sino por las instituciones y liderazgos que se generaron durante ese período. Sin embargo, la promisoria situación que teníamos a principios del S.XX no se mantuvo, el país dejó de crecer, cayendo en la llamada “trampa del ingreso medio” relativo a los niveles de ingreso mundiales en ese momento. ¿Qué pasó? Optamos por una creciente autarquía, junto con un progresivo intervencionismo estatal y habituales déficits fiscales financiados por la vía monetaria, lo que generó un permanente problema de inflación. Es así como en la primera mitad del siglo pasado nuestro país fue uno de los de menor crecimiento de América Latina, situación reflejada por Aníbal Pinto en su libro “Chile un caso de desarrollo frustrado”.

“Nuestra clase dirigente se siente muy tentada por las medidas efectistas y estridentes y es muy proclive a invocar los peores demonios de cada lado del espectro”, mencionó el economista Oscar Landerretche.

¿Rima la historia? Fue la pregunta central del seminario mencionado, y a raíz de lo expuesto en el párrafo anterior, yo respondería la pregunta en forma afirmativa. Desde mediados de la década del 70 hasta el primer decenio de este siglo, nuestro país contó con los liderazgos políticos para implementar profundas reformas económicas e institucionales, que no sólo permitieron que Chile fuera el país que más creciera en Occidente durante ese lapso, sino que nuevamente nos pusieron frente al umbral del desarrollo. ¿Lograremos entonces que nuestros hijos vivan en un país desarrollado? Larroulet se mostró optimista, tenemos las condiciones necesarias; nadie discute la integración del país al mundo, el Banco Central es independiente y existe un amplio consenso sobre los equilibrios macroeconómicos básicos. Reconoce, sin embargo, la necesidad de seguir avanzando en reformas económicas e institucionales. Muy cierto, y es ahí donde no logro contagiarme del optimismo.

Para no volver a caer en la trampa del ingreso medio, necesitamos el concurso del parlamento, necesitamos que el mundo político sea capaz de volver a hacer buenas políticas públicas, en pro del bien común, y que se deje de buscar la ganancia política de corto plazo fomentando la polarización. En el mismo seminario el economista Oscar Landerretche, quien no compartió el optimismo de Larroulet, mencionó que “nuestra clase dirigente se siente muy tentada por las medidas efectistas y estridentes y es muy proclive a invocar los peores demonios de cada lado del espectro”. Viendo lo que ha sido el proceso de discusión de las necesarias reformas durante el primer año de este gobierno, tiendo a coincidir con Landerretche, y temo que no evitaremos caer nuevamente en la trampa. Por el bien del país, espero que nuestros parlamentarios, que tienen en sus manos el futuro de nuestros hijos, logren demostrar que estoy equivocada.

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