Señor Director,

Desde hace ya un tiempo, la rabia ha venido permeando todas las capas de la sociedad. Lo vemos en los improperios escuchados en las calles, en la falta de tolerancia, en las redes sociales, en los discursos públicos e incluso en los convencionales. Y es muy complejo abordar los desafíos de un país cuando sus integrantes sienten esa emoción.

Martha Nussbaum, en un fantástico libro sobre el tema, nos dice que lo que es esencial en la rabia es el deseo futuro de sufrimiento al agente que la causa, un deseo de que tal agente esté mal, generando así un sentido de retribución. Aristóteles va en la misma dirección, añadiendo la idea de que la causa de la rabia es un menosprecio imaginado realizado por personas que no tienen razones legítimas de menospreciarnos.

Esa vulneración del valor propio, que es posiblemente lo que está detrás de la noción de dignidad, ha traído un efecto problemático: exteriorizar la rabia buscando el sufrimiento del otro por el solo hecho de causarlo. Pero al hacerlo, no se elimina el mal que dicho agente ya cometió. En consecuencia, el mal termina multiplicándose. De ahí que filósofas como Agnes Callard concluyan que la rabia no es justa ya que no se traduce en un esfuerzo por resolver un problema. Lo crucial, entonces, es comenzar por ese reconocimiento, para reparar y, finalmente, perdonar.

El país requiere pasar de la rabia a la reparación y al perdón. No será posible la construcción de un proyecto común si aquello compartido sigue permanentemente roto.

Guido Larson Bosco, Director del Instituto de Humanidades, Universidad del Desarrollo 

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