Señor Director,

Terminadas las fiestas patrias y la resaca postelectoral de la vorágine plebiscitaria, se va poco a poco avizorando el rearme de las fuerzas políticas, en aras de retomar un cauce cívico normal en lo posible y enmarcado en las extrañas circunstancias en que vivimos nuestro estado de derecho. 

No han sido pocos, y no han sido precisamente los más moderados, los que han intentado apropiarse del triunfo del rechazo a la propuesta de Constitución Política de la República redactada por la Convención Constitucional. Desde las incendiarias proclamas del senador Edwards nada más conocerse los resultados, hasta las insistentes voces de populismo doxocrático de miembros insignes del Partido de la Gente en transmisiones audiovisuales en directo (streaming, en el anglicismo propio del mundo de las redes sociales) con cientos de miles de seguidores digitales, la discursiva de ciertos sectores que apoyaron activamente la opción Rechazo dista de colaborar con la necesidad de gobernabilidad y entendimiento que, espero no estar equivocado, refleja la tan elocuente magnitud del resultado electoral del 4 de septiembre pasado. 

No me extenderé sobre la posición del Partido Republicano respecto de la defensa de la mantención de la constitución actual, dado que es un comportamiento esperable, uno de los pilares de su fundación como organización política, y corresponde –según cualquier encuesta de opinión que consideremos respetable– a una opción minoritaria que ronda el 10% del electorado. Sí observo con creciente preocupación la irrupción de ciertos conceptos que el Partido de la Gente ha buscado establecer como parte de su ideario y visión de sociedad.

Y es que ante la ausencia de corriente política o filosófica alguna que guíe los preceptos del PDG, como sus miembros suelen autoabreviarse coloquialmente, también existe una carencia de liderazgos nacionales o internacionales de prestigio en la formación de un relato político que oriente a sus bases y grupo parlamentario de cara a manifestar sus opiniones y soluciones a la ciudadanía.

En este contexto, la figura del presidente salvadoreño Nayib Bukele ha sido utilizada en más de alguna oportunidad durante el debate político para representar la idea de conducción de un país que representaría al PDG. Sin más detalle, el diputado Gaspar Rivas (electo hace dos décadas bajo los colores de Renovación Nacional, recordemos) se autoproclamaba el Bukele chileno en una entrevista con La Tercera días antes del plebiscito; entrevista en la cual dejaba entrever sus intereses por aspirar a la Presidencia de la República. Asimismo, Giancarlo Barbagelata, visible colaborador de la campaña de Franco Parisi en la pasada elección presidencial y tertuliano cuasiestable del programa de debate televisivo Sin Filtros, argüía en dicho espacio que la forma de luchar contra el narcotráfico del líder centroamericano sería la hoja de ruta para lograr una solución a dicha problemática social en Chile. No bastó con ser replicado por panelistas oficialistas y cercanos a la derecha tradicional respecto de la inconstitucionalidad y flagrante vulneración de derechos fundamentales de los ciudadanos en dichos métodos para moderar su postura. Por el contrario, la justificación estaría basada en que “la aprobación de la ciudadanía es gigantesca” y ser la respuesta a una elección binaria donde se está “defendiendo a los delincuentes o a la gente”.

Hay ciertos cordones sanitarios, como llaman en España, que quienes optamos por el camino del diálogo no debemos atravesar. Las fuerzas moderadas del Rechazo, comprendiendo a ese espectro entre Chile Vamos, el bloque de centroizquierda que hoy presenta su inscripción como partido político, y organizaciones civiles afines, tenemos que demostrar hoy más que nunca nuestra capacidad para conciliar las diferentes posturas existentes en nuestro país desde el acuerdo político en las vías institucionales y democráticas existentes para ello: hoy el Congreso, mañana probablemente sumando a algún tipo de órgano constituyente. La parapolítica de asambleas digitales bajo la consigna de “preguntarle a la gente” que propugna el PDG es un triste camino a mayorías populistas, que destruyen la institucionalidad con una rapidez y fiereza temibles como ha ocurrido en El Salvador a través de la persecución cada vez menos sutil a la prensa libre, las disidencias y el poder judicial independiente. 

Espero que desde Chile Vamos y los partidos herederos de la Concertación, tanto en la Centroizquierda por el Rechazo como en el oficialismo que impulsa Socialismo Democrático, esté muy presente este riesgo ingente a nuestra institucionalidad. Uno más que amenaza a nuestra convivencia democrática en paz y libertad. Más aún si se tiene en cuenta que el alcance digital de la política del siglo XXI ya sitúa al Partido de la Gente (en los datos del Servel actualizados a fines de agosto de 2022) como el partido con más militantes en Chile. 

Raimundo Gana

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