Señor Director,

El actual proceso constituyente y su resultado este 4 de septiembre nos pone frente a la dicotomía irreductible entre Estado nacional unificado o disolución. Máximo peligro, la disolución es el futuro de Chile de seguir propagándose el indigenismo (versión hispanoamericana del etno-nacionalismo), puesto al servicio de las oligarquías revanchistas locales, que envidian y apetecen la acumulación desregulada de las elites centrales. Lo anterior, y no un supuesto espíritu comunitario, diferenciado y ancestral, les motiva, con el apoyo de todos los poderes interesados, extranjeros y locales, en la descomposición de los Estados nacionales.

Ante esto, la crítica está más muda que nunca, ahogada en los miasmas retóricos de la academia euro-atlántica, brazo ideológico de la guerra irregular en marcha operada por el gran capital. Los discursos académicos han dejado de ser críticos porque no son capaces de –en realidad porque no quieren– observar sus propias condiciones de posibilidad: quién los facilita, y con qué fines. Denunciar esto supone en muchos casos el ostracismo intelectual, hacerse epígono de todo tipo de calificativos condenatorios y despreciativos (desde «fascista» hasta «fóbico», en todas sus modulaciones). Pero el compromiso es con el pensamiento y con la historia viva, real y en marcha de nuestra patria. Por eso, ser rechazado u omitido por los discursos de la élite académica hoy es un signo de estar haciendo las cosas bien, de estar diciendo lo que hay que decir.

Juan Carlos Vergara Barahona

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