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Publicado el 14 de noviembre, 2018

Carolina Mintz: MORI Building Digital Art Museum: ¿Museo o parque de diversiones?

Ingeniero, especialista en marketing en mercados audiovisuales Carolina Mintz

Puede ser divertidísimo ir a un espacio que nos sorprenda con cascadas virtuales sobre las paredes. Pero, ¿no podemos ponerles otro nombre y dejar la palabra museo en paz?

Carolina Mintz Ingeniero, especialista en marketing en mercados audiovisuales
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Recientemente se inauguró en Tokio (Japón) el primer museo de arte digital. Cuenta con una exposición permanente llamada “MORI Building DIGITAL ART MUSEUM: teamLab Borderless” y un total de 520 computadoras y 470 proyectores repartidos en 10.000 m². En su interior se encuentran espacios tridimensionales con un sinfín de luces, sonidos y efectos ópticos que invitan a recorrer de manera improvisada sus cinco plantas. Una cascada que discurre por la pared de una de las salas, un bosque de lámparas, el oleaje del mar, un arrozal, un viaje por el espacio o, incluso, tomarse un té mientras infinitas flores caen sobre la taza son algunas de las experiencias que se pueden vivir en el museo. El lugar parece muy divertido. Una oda a las sensaciones. Pero….¿museo?

 

Hace ya algún tiempo que el concepto museo se viene desdibujando, estirando como si fuera un globo. Se le van metiendo lugares adentro y estirando sus límites, a la par que pareciera se escucha un: vamos que entra, vamos que entra. Recuerda a las propuestas inmobiliarias donde basta con arañar alguna una característica para tomar prestado el título. Adjetivos como “muy luminoso” se aplican aunque entre sol solamente por una ventana, para “señorial” bastan los techos altos y “excelente ubicación” se justifica con una estación de metro cercana.

 

Antes (me refiero a si se tiene más de 40 años), un museo era un museo. Y si visitaba uno se tenía una idea bastante acabada de cómo iba a ser. Por lo pronto nadie esperaba tener sensaciones físicas (mas allá del dolor de pies por estar parado). El disfrute venía de la admiración e implicaba un esfuerzo intelectual. Eran experiencias que podían llenar de preguntas respecto a nosotros mismos como individuos y como especie. El museo era un ámbito por encima de lo banal, lo inmediato, la gratificación sensorial. Un espacio mas cercano a una experiencia espiritual.

 

No por nada todos quieren ser uno. Y no por nada a la gente le gusta decir que fue a uno. Por lo mismo, ¿cómo puede ser que ahora exista un museo del helado? ¿En qué momento todo se mezcló tanto? En el diccionario “museo” es definido como una “institución dedicada a la adquisición, conservación, estudio y exposición de objetos de valor relacionados con la ciencia y el arte o de objetos culturalmente importantes para el desarrollo de los conocimientos humanos”.

 

El problema surge a partir de la pregunta ¿quién define lo que es culturalmente importante? ¿Y el valor de los objetos para la ciencia o el arte? En esta mezcolanza parece que encontramos un ángulo para justificar cualquier cosa y la colecta de objetos de cualquier índole con un poco de historia atrás parece suficiente para autoadjudicarse la categoría museo sin ninguna culpa.

 

Estas reflexiones no implican un todo tiempo pasado en el que todo fue mejor. Esta época menos Amish y más ready made es fantástica y nos ha liberado de varios estancamientos mentales y emocionales. No obstante sobrevalorar la gratificación inmediata y poner el acento en las experiencias sensoriales por sobre las intelectuales nos aleja de nuestro potencial como individuos.

 

Puede ser divertidísimo ir a un espacio que nos sorprenda con cascadas virtuales sobre las paredes. Pero, ¿no podemos ponerles otro nombre y dejar la palabra museo en paz? Al parque de diversiones uno se va a divertir. Al museo a emocionarse y reflexionar. Y a otra cosa mariposa.

 

 

FOTO: teamLab, 2018, Interactive Digital Installation

 

 

 

 

 

 

 

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