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Publicado el 06 de junio, 2020

Carlos Alberto Montaner: Trump y los disturbios

Periodista y escritor Carlos Alberto Montaner

No hay duda que algunos norteamericanos coinciden con la apreciación de Trump. Por eso el estrafalario presidente de los estadounidense se ha declarado el hombre de “la ley y el orden” en el país, y ha designado al grupo “Antifa” como “anarquistas”, pese a sólo ser violentos y primitivos “anti-supremacistas blancos” que convocan y participan en los desórdenes porque sienten que la policía los adversa y la justicia no existe para ellos.

Carlos Alberto Montaner Periodista y escritor

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Éramos doce y parió la abuela. George F. Will le enfiló los cañones a Donald Trump. Esto sucedió en medio de los disturbios por la muerte de George Floyd, de la pandemia por el coronavirus y de la súbita y astronómica cifra de desempleados. Will pidió, incluso, que se castigara electoralmente a los senadores republicanos eliminando su control de la Cámara Alta. Will, estadounidense, quien obtuvo un Ph.D. en Ciencias Políticas en Princeton, New Jersey, es una especie de Edmund Burke revivido. Burke fue la más brillante cabeza del pensamiento liberal-conservador en el siglo XVIII. Will ha utilizado los periódicos, revistas y la televisión para difundir y defender los principios en los que firmemente cree. Lo ha hecho tan bien que mereció un Premio Pulitzer en 1977.

Luego le tocó el turno de golpear a Trump a Jim Mattis, ex Secretario de Defensa del gabinete del actual presidente. Lo hizo por medio de la revista The Atlantic. Mattis es un general de los marines con una magnífica fama entre sus subordinados y jefes, pese a su sobrenombre de “mad dog” o “perro loco o rabioso”. Le reprochaba a Trump que dividiera a la sociedad en lugar de unirla.

El reclamo del actual Secretario de Defensa, Mark Esper, a su jefe Donald Trump era mucho más concreto: le advertía, públicamente, que no estaba de acuerdo con utilizar las tropas del ejército regular para enfrentarlas a los desórdenes generalizados que sufría el país. Incluso dudaba que fuera constitucional semejante uso. Para eso estaban la Guardia Nacional y la policía.

El asesinato de George Floyd por parte de la policía de Minneapolis fue el detonante. Pero, mientras Trump, que cree en las conspiraciones, ve la mano peluda de los anarquistas, a los que llama terroristas, pese a que difícilmente ninguno de los saqueadores sepa quién fue Pierre-Joseph Proudhon o Mijail Bakunin, y mucho menos hayan leído una sola letra de ellos, no hay duda que algunos norteamericanos coinciden con la apreciación de Trump. Por eso el estrafalario presidente de los estadounidense se ha declarado el hombre de “la ley y el orden” en el país, y ha designado al grupo “Antifa” como “anarquistas”, pese a sólo ser violentos y primitivos “anti-supremacistas blancos” que convocan y participan en los desórdenes porque sienten que la policía los adversa y la justicia no existe para ellos.

Si Trump hubiera mencionado al Ku Klux Klan como gente peligrosa –antinegros, antisemitas, anticatólicos-, y hubiera colocado a esa peculiar banda de odiadores al mismo nivel de los Antifa, habría ganado en popularidad, pero no lo hizo por mezquinas razones electorales. No todos sus fanáticos son supremacistas blancos, pero todos los supremacistas blancos lo apoyan en las urnas.

Desde luego, no todo lo que hace Donald Trump es malo per se. Sus medidas de gobierno latinoamericanas son esencialmente correctas y están en la mejor tradición estadounidense de impedir el tráfico de drogas y la acción de los terroristas, aunque acaso sea por influencia de Mike Pompeo. Fue lo que hizo Bush (padre) cuando invadió Panamá y apresó al narcodictador Manuel Antonio Noriega. (Esta acción dio origen al Panamá democrático, próspero y sin ejército de hoy). Fue lo que hizo Bill Clinton cuando inauguró las “Listas Clinton”, o cuando firmó la ley Helms-Burton tras la artera destrucción sobre aguas internacionales de unas avionetas desarmadas de “Hermanos al Rescate”. Luego la invención evolucionó a las “Listas OFAC” y a la “Ley Kingpin”. El objetivo era cerrarles a los corruptos el santuario norteamericano para lavar activos, y, de paso, castigar a las empresas dedicadas a blanquear dinero sustraído al erario público.

Naturalmente, el Trump dedicado a defender Estados Unidos de sus dos grandes enemigos -el narcotráfico y el terrorismo internacional-, muchas veces coludidos, como sucede en la simbiosis entre Cuba y Venezuela, se da de bruces con la negativa a aceptar a los dreamers, o de no dictar, como hizo Reagan, una amnistía para los “sin papeles” que viven de su trabajo honrado, porque en sus países de origen las bandas de forajidos los matan o extorsionan.

¿Puede el establishment político estadounidense declarar loco o incapaz a Donald Trump y destituirlo aplicándole la cuarta enmienda al artículo 25 de la Constitución? Teóricamente pudiera, pero es muy improbable que suceda. Es más difícil aún que el impeachment. Afortunadamente, las elecciones están a la vuelta de la esquina.

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