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Publicado el 3 octubre, 2020

Carlos Alberto Montaner: Por qué no me gusta Donald Trump 

Periodista y escritor Carlos Alberto Montaner

El primer debate con Biden fue un vergonzoso circo. Esos no son ademanes o mensajes propios de un presidente de Estados Unidos, que es, inevitablemente, un modelo de comportamiento.

Carlos Alberto Montaner Periodista y escritor
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A mi amigo, el escritor Orlando Luis Pardo Lazo

No me gusta Trump, en primer término, porque no me gusta su carácter de persona arrogante y avasalladora (bully) que miente o exagera. Los “trumpólogos” le han contado más de veinte mil mentiras, deformaciones de la realidad o “post-verdades”.

No me gusta Trump porque en un debate civilizado no se grita o se interrumpe al adversario constantemente, sino se aportan ideas. El primer debate con Biden fue un vergonzoso circo. Esos no son ademanes o mensajes propios de un presidente de Estados Unidos, que es, inevitablemente, un modelo de comportamiento.

No me gusta Trump porque no se trata a los aliados de la OTAN a patadas, comenzando por Ángela Merkel, la líder de Alemania y acaso de Europa, siguiendo por Dusko Markovic, Primer Ministro de Montenegro, a quien empujara alevosa y ostensiblemente y luego fue incapaz de disculparse; o a Mette Frederiksen, la Primer Ministra de Dinamarca, a quien le canceló un viaje programado a Copenhague porque la señora se negó a considerar la venta de Groenlandia.

No me gusta Trump porque todo lo despótico que es con sus aliados, resulta lo contrario cuando se trata de la Rusia de Vladimir Putin o la Corea del Norte de Kim Jong-un. Creo firmemente, como sospecha el FBI, que los rusos pueden chantajearlo, no sólo con la mediación autorizada por Trump en las elecciones del 2016 y el 2020 (acaso negociada por Paul Manafort), sino por la procaz “lluvia dorada” que presuntamente le pidió a dos prostitutas sobre el lecho en que había dormido Barack Obama en una visita oficial a Moscú.

No me gusta Trump porque no respeta la Ciencia y a los científicos, como se ha demostrado en el manejo de la crisis del Covid 19, no utilizando la mascarilla, burlándose de Biden por usarla, y recomendando públicamente remedios absurdos, que espero no tome en cuenta, porque le deseo lo mejor, ahora que a él y a su mujer les han diagnosticado que padecen el coronavirus. Asimismo, esa actitud anticientífica se manifiesta en el tratamiento dado al cambio climático y en creer que el resultado de todas las acciones se mide en dólares y céntimos. Eso no es cierto.

No me gusta Trump porque yo soy un inmigrante hispano a USA y él nos rechaza. Si Trump ni siquiera siente empatía por los “dreamers”, unos ochocientos mil estadounidenses sociológicos que fueron traídos a USA por sus padres, ¿qué podemos esperar los demás? Si en los años sesenta Trump hubiera estado en la Casa Blanca, los refugiados cubanos no hubiesen sido acogidos en Estados Unidos.

No me gusta Trump porque no les extiende un permiso de residencia a los venezolanos o a los nicaragüenses, a sabiendas de que las dictaduras de Maduro y Ortega son inclementes con los venezolanos y los nicas.

No me gusta Trump porque no anuló los decretos presidenciales de Obama con relación a la reunión familiar de los cubanos; o al programa especial que admitía en territorio norteamericano a los “esclavos de bata blanca”, personal médico “alquilado” a gobiernos insensibles al dolor ajeno; o al principio de “pies secos-pies mojados” que les daba acceso a los perseguidos que se presentaban a las autoridades norteamericanas.

No me gusta Trump porque un presidente norteamericano debe ser absolutamente pulcro en sus obligaciones con el fisco y la investigación del NYT demostró que Trump no lo era. Probó, además, lo que decían sotto voce los empresarios de NY: había fracasado como negociante.

Por último, no me gusta Trump, porque el nacionalismo me parece el origen de las guerras. Porque creo que la función de un Jefe de Estado es unir a la sociedad y me parece que estamos ante un racista y supremacista blanco de la peor calaña.

Nota bene. Hace muchos años me inscribí en Estados Unidos en las filas de los “independientes”. Unas veces he votado por los demócratas y otras por los republicanos. Me hubiera encantado que el candidato de los republicanos hubiera sido Jeb Bush, pero no sobrevivió a la primaria.

Como buen liberal (en el sentido europeo del término), suelo respaldar una combinación entre el conservador en materia fiscal (un estado limitado, la menor cantidad posible de impuestos y de deuda pública), y el “liberal” americano en materia social (prochoice, pro-inmigración, y un estado suficientemente laico como para que quepan cómodamente los agnósticos).

Por otro lado, he vivido 40 años en Europa y, previamente, 18 años en Cuba, así que conozco de primera mano la diferencia entre un “Estado de Bienestar”, con sus defectos y virtudes, y una repugnante dictadura comunista. Nadie me va a convencer de que solicitar que la salud y la educación se paguen por medio de los presupuestos generales, como sucede en los países escandinavos, o, en alguna medida, en Alemania o en Suiza, es un síntoma de totalitarismo. Tal vez sea un error, pero eso nada tiene que ver con la dictadura del proletariado preconizada por Marx para armar su enloquecido y empobrecedor tinglado.

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