Dina Boluarte, la vicepresidente de Perú, de sesenta años, abogada, muy tímida al hablar de sí misma, graduada de la Universidad San Martín de Porres, con dos hijos adultos, Daniel y David, divorciada de un señor de apellido Gómez, ocupó el puesto del maestro Pedro Castillo, quien, aparentemente, no le comunicó a su vice que pensaba dar un golpe de Estado.

Tan pronto el Congreso supo que Castillo había dado órdenes de disolver la institución, le aplicó esa extraña figura penal de “vacancia por incapacidad moral”, concebida para hacerle frente a la locura de quienes ejercen el poder, pero utilizada en Perú para quitarse de encima a los presidentes molestos. Castillo, pues, fue castigado por ser molesto (aunque un poco “loco” debía estar para enfrentarse a un Parlamento casi absolutamente hostil).

Pedro Castillo era un incapaz sin paliativos, pero no se puede echar del poder a un presidente incapaz. La democracia tiene esa ventaja. Nos concede una probabilidad de sacarlo en las próximas elecciones. No obstante, los fujimoristas no hubieran logrado los 87 votos que se requerían si Castillo, previamente, no hubiera estado dispuesto a disolver el Congreso. Efectivamente, existía un proceso de impeachment incoado por sus adversarios, pero le hubiese ocurrido lo que a los dos anteriores impeachments. Se quedarían cortos de votos.

Hay numerosos partidos (14) en un Congreso o Parlamento unicameral que cuenta con 130 miembros de acuerdo con la Constitución vigente en Perú desde 1993.

El “fujimorismo” es el mayor segmento con 24. De lejos le sigue “Perú Libre” con 15 diputados, el partido que postuló a Castillo, con el señor Vladimir Cerrón como líder e ideólogo, un médico marxista-leninista, formado en Camagüey, Cuba, donde conoció a Carmen Páez Martínez, su esposa, acusado de corrupción en el departamento de Junín del que fue gobernador. En enero de 2022 Cerrón había expulsado del seno de su partido a Dina Boluarte acusándola de traidora. Luego dejó caer a Castillo el 7 de diciembre del mismo año, diez u once meses más tarde.  

Acción Popular, la bancada creada por Belaúnde Terry, muerto a los 90 años en el 2002 tras una vida política muy fecunda, cuenta con 14 diputados. A partir de ese punto existe una dispersión del voto esencialmente preocupante.

Un partido, el Bloque Magisterial de Concertación Nacional comenzó como un desprendimiento de Perú Libre. Eran 10 diputados que acusaban a Cerrón de demasiado autoritario, pero muy pronto se dividió en 6 más 4 de otra denominación. Alianza para el progreso fundado por César Acuña, tiene también 10 diputados. Los dos que sólo tienen 9 son: Avanza país y Renovación Popular. Uno con 6 diputados: Integridad y desarrollo. De 5 hay 4: Perú Democrático, Cambio Democrático, Somos Perú y Perú Bicentenario. Uno de 4 diputados: Podemos Perú. Esos son los que cuentan con un apoyo popular de más del 5% de la votación. No están los apristas porque no sacaron siquiera un diputado.

Eso es una locura. Así no se conduce la democracia. Perú va directo a una dictadura. Eso suele ocurrir en casos como éste en el que más y más ciudadanos están pidiendo a gritos una mano dura que ponga un poco de orden en el caos y en la fragmentación de la autoridad.

Los romanos crearon la figura del dictador. Era limitado en el tiempo: apenas seis meses, si el conflicto era “fácil” de solucionar. Por un periodo se frenaban o se paralizaban las gestiones del Senado y se suspendían la mayor parte de las garantías legales que ofrecía la Roma antigua a sus ciudadanos. 

No creo que Perú sea fácil, pero me parece sensato incluir una cláusula regulada por el tiempo. Salir de las dictaduras no es sencillo. Incluso, en este caso, en el peruano, en el que los parlamentarios han decidido poner a buen recaudo al Presidente buscando un pretexto por “incapacidad moral” (léase incompetencia o corrupción, da igual porque difícilmente sería restituido en el cargo) hay que esperar del Parlamento la solución de este nuevo desaguisado.

¿Cómo? Proponiendo y aprobando cuatro medidas:

1. Eligiendo a un “hombre bueno” apto y neutral, dentro o fuera del Parlamento, para que ponga un cierto orden en ese manicomio. Por ejemplo, al secretario general de la OEA. Tiene que ser alguien que sea a prueba de toda sospecha.

2. Dividir a los partidos en centro-izquierda y centro-derecha. Hay sólo dos obediencias en todos los parlamentos del mundo y tienen que ver, fundamentalmente, con los impuestos, la propiedad y los derechos humanos. Los liberales suelen coincidir con los partidos que cuidan el dinero de los contribuyentes, como se hace en Europa y, simultáneamente, son reformistas en las cuestiones sociales.

3. Hay que crear un tipo de contrato en el Parlamento que contemple a los comunistas, fascistas y militaristas, para que cualquier maniobra que hagan fuera de las líneas maestras del Parlamento, se queden fuera de él. En rigor, todos los partidos deberían firmar ese convenio. El Parlamento y la República son instituciones liberales que fascistas, comunistas y militaristas quisieran destruir. La idea de que todos somos iguales ante la ley debe ser preservada a cualquier costo que exista.

4. En el siglo XIX ante una situación de ingobernabilidad como se vivía en España, donde eran frecuentes las guerras civiles, Antonio Cánovas del Castillo ideó una fórmula de alternabilidad en el poder para salvar la Monarquía y a la misma España. Unas veces gobernaría el centro-derecha y otras el centro-izquierda. Sé que mi amigo Plinio Apuleyo Mendoza desconfía de ese tipo de pacto, pero en Colombia no estaría mandando Petro si se hubiera mantenido una suerte de acuerdo como el Frente Nacional que puso en juego Alberto Lleras Camargo, a la cabeza del liberalismo, en la mitad del siglo XX y, como contrapartida, Laureano Gómez, con el mismo rango, pero al frente del conservadurismo. ¿Por qué no pueden hacer lo mismo los peruanos? Se están jugando la patria.

*Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor.

Carlos Alberto Montaner

Periodista y escritor

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